Jacobo Ramírez Mays.
Recuerdo que una tarde de abril estaba sentado en una de las carpetas del aula de Lengua y Literatura, esperando al profesor de Interpretación de Textos. Para ese entonces, tenía cabello, y unos cuantos libros leídos, aunque no entendidos.
Estaba a punto de salir del aula para prender un cigarrillo y fumármelo en el pasillo, cuando apareció mi profe. Estaba shucapeando y llevaba entre sus manos unos papeles y un libro. Entró al salón, puso sus cosas sobre la cátedra, se paró al centro y comenzó a explicarnos la poesía.
Mi profe en ese entonces, y hoy mi pata del alma, era flaco; y me había enterado por las malas lenguas que ya tenía kilómetros de recorrido tomando cervezas, que amaba la poesía, que había ganado un concurso y que con lo obtenido por ese premio se había casado, que su padre le daba permiso para ver jugar al León de Huánuco en el estadio Heraclio Tapia faltando cinco minutos antes de que empezara el partido, y que corría como flash desde Las Moras hasta el otro lado de la ciudad para gozar de su deporte favorito.
Después de clases me acerqué y le pregunté sobre el libro que llevaba, me dijo que se titulaba Oasis, cuyo autor era el poeta cubano José Ángel Buesa, y me explicó que era un libro con poemas de amor. Le puse interés y se lo pedí por un instante para darle una hojeada. Quise decirle que me lo prestara y que después se lo iba a devolver (siempre y cuando me acuerde), pero me chupé, me “vergoncé”, como diría a mi abuelita.
Algún tiempo después, en una reunión de confraternidad, le escuché recitar poemas completos del libro y me enteré de que andaba con él como un crucifijo en un sacerdote o una Biblia en un pastor evangélico.
Pasaron los años hasta que, coincidentemente también una tarde de abril, gracias a la generosidad de otro amigo, llegó el libro a mis manos y recuerdo que cuando lo abrí saltó ante mis ojos el poema titulado «Poema del renunciamiento» que dice: Pasarás por mi vida sin saber que pasaste. / Pasarás en silencio por mi amor y, al pasar, /
fingiré una sonrisa como un dulce contraste / del dolor de quererte… y jamás lo sabrás. / Soñaré con el nácar virginal de tu frente, / soñaré con tus ojos de esmeraldas de mar. / soñaré con tus labios desesperadamente, / soñaré con tus besos… y jamás lo sabrás. / Quizás, pases con otro que te diga al oído / esas frases que nadie como yo te dirá; / y, ahogando para siempre mi amor inadvertido, / te amaré más que nunca… y jamás lo sabrás. / Yo te amaré en silencio… como algo inaccesible, / como un sueño que nunca lograré realizar; / y el lejano perfume de mi amor imposible / rozará tus cabellos… y jamás lo sabrás. / y si un día una lágrima denuncia mi tormento, / el tormento infinito que te debo ocultar, / te diré sonriente: «No es nada…ha sido el viento». / Me enjugaré una lágrima… ¡y jamás lo sabrás!
Y, mientras transcribo estos versos, fumo un cigarro y contemplo el humo que forma corazones que se pierden en la soledad de mi cuarto, y entiendo que la poesía es vida, que es ensueño, que lo es todo,… y que jamás lo sabrás.
Las Pampas, 15 de noviembre de 2018



