Jorge Farid Gabino González.
Las tecnologías de la información y la comunicación han llegado para quedarse. Y lo han hecho, en no pocos casos, sin que siquiera nos diéramos la más mínima cuenta de su irrupción. Hace no pocos años, de hecho, que forman parte ya de nuestra vida cotidiana, independientemente de que lo asumamos o no como una realidad contra la que, valgan verdades, ni a duras penas podríamos luchar. Las consecuencias de ello, como es perfectamente previsible, son no pocas. Se manifiestan en todos los niveles de nuestra vida. Para bien o para mal, están ahí; y no nos queda otra opción que subirnos al coche, si no queremos, claro, que este nos deje.
Difícil saber en qué momento con exactitud nuestra vida cambió para siempre gracias al advenimientos de las nuevas tecnologías. Pero lo cierto es que esta no volverá jamás a ser la misma. Y no lo será, entre otras cosas, porque el mundo tampoco es ya el mismo. Desde luego que no.
Tiempos aquellos, por ejemplo, en que los amigos se contaban con los dedos de las manos, y lo cierto es que estos nos sobraban. Hoy, casi está de más decirlo, nadie se atrevería a mencionar que sus amigos se cuentan, como mencionamos, con los dedos de las manos. Por supuesto que no. ¡Faltaba más! ¡A quién se le ocurriría! Y es que hoy nadie que se precie de ser medianamente “normal” podría reconocer que sus amigos no pasan de la decena. ¡No! ¡De ninguna manera! Hoy se es alguien si y solo si los amigos de uno se cuentan por cientos, por millares, por millones. ¡Mejor si por millones!
De lo contrario somos no más que unos pobres diablos. Un montón de mierda con la que nadie, pero nadie, tiene la mínima intención de interactuar. ¡Ay de aquel cuyos únicos amigos sean su padre, madre y hermanos! ¡Más les valdría no haber nacido!, dirían no pocos. Así de jodidos estamos.
¿No es acaso para alarmarse? Desde luego que sí. Sobre todo porque las consecuencias de pensar como se acaba de decir pueden ser a veces poco menos que catastróficas. Ahí está, sin ir lejos, los cientos de casos que se registran a diario, respecto del acoso de que son víctimas quienes no calzan con lo que manda “lo establecido”.
Y no hablamos, claro, de simple pataletas ni, mucho menos, de berrinches de adolescentes. Hablamos de severos cuadros depresivos que, las más de las veces, pueden llegar incluso a derivar en suicidios (los hay ya no pocos), por parte de quienes consideran que no calzan con lo que manda el sistema. Y no se trata de ponernos dramáticos. Se trata, simple y llanamente, de comenzar a considerar que es este un mal social al que si no le ponemos un urgente alto, corremos el riesgo de sucumbir ante él.
Nuestra dependencia de lo que digan de nosotros en las redes sociales ha llegado a tal punto, de hecho, que prácticamente nos hemos vuelto incapaces de dar un paso si antes no recibimos la aquiescencia de nuestros “contactos”. Dependemos tanto del qué dirán en las redes sociales, que si no recibimos likes por las cosas que publicamos, por las cosas que comentamos, por las cosas que mostramos, nuestra vida se convierte en un infierno. ¡Ay de aquella mujer, por citar un ejemplo bien conocido, que después de haber subido a las redes una foto cualesquiera donde se supone que aparece “bonita” no haya recibido comentario ninguno! ¡No es ni mierda! ¡Más le valdría morirse!
Es tal el poder de demolición que se puede llegar a realizar a través de las redes sociales, que si quien resulta víctima de las pullas, de los denuestos, de las diatribas, no es capaz de afrontarlos con entereza, con hidalguía, con resolución, lo más probable es que termine sucumbiendo ante el peso de las bajezas, al punto que difícilmente podrá recuperarse luego de los daños sufridos.
Ejemplos los tenemos no pocos. Y no se salva nadie. Políticos, personajes públicos, figuras del espectáculo, intelectuales, incluso; todos, pero sin excepción, hoy acaban sucumbiendo ante el peso de las redes.
Lo peor del asunto es que raras veces nos damos siquiera el trabajo de reparar en que quienes nos hacen víctimas de sus denuestos son, casi siempre, pobres diablos a los que ni siquiera les alcanza la vida para esgrimir un nombre propio. Y la razón de ello es simple: en el fondo no son nadie. Si ni de hideputas califican.



