Por: John Cuellar
Tengo la misión (la obligación, el trabajo) de llenar el espacio cedido para decir si no incoherencias, necedades, adjetivos usuales en prácticos, realistas, objetivos o como quiera que se denominen o autodenominen esos Tomases que recorren el mundo en búsqueda de algo en qué creer pero teniendo la predisposición de lo tangible.
En mi corta vida, en mi poca existencia, he podido leer, cada vez menos, textos últimos, de ahora, de momento (libros, librillos, opúsculos, revistas, revistillas, folletos, folletines, mensuarios…) y me he dado cuenta, no soy el único, de que hay impulsos de publicación: necesidades, sean éstas culturales, vanidosas, monetarias, ilusas, incomprensibles, autodestructivas, vacías y cuanto uno pueda imaginarse.
No estoy en contra de una publicación, no de una que tenga maduración, revisión y cuidado. Tampoco tengo la autoridad (me parece necesario eso) para opinar que un escrito, antes de publicarse o de idearse, necesariamente tiene que pasar la prueba de fuego, ya sea en un fogón, una vela o una cerilla encendidos (así ahorramos disgustos, malas inversiones y lamentaciones por parte de los lectores o consumidores).
Ernesto Sábato pone en el discurso de Juan Pablo Castell, el personaje principal de “El túnel”, una verdad suficiente que refuerza la “falta de autoridad” del que les habla. Él dice:
“Sin embargo, de todos los conglomerados detesto particularmente el de los pintores. En parte, naturalmente, porque es el que más conozco y ya se sabe que uno puede detestar con mayor razón lo que se conoce a fondo. Pero tengo otra razón: LOS CRÍTICOS. Es una plaga que nunca pude entender. Si yo fuera un gran cirujano y un señor que jamás ha manejado un bisturí, ni es médico ni ha entablillado la pata de un gato, viniera a explicarme los errores de mi operación, ¿qué se pensaría? Lo mismo pasa con la pintura. Lo singular es que la gente no advierte que es lo mismo y aunque se ría de las pretensiones del crítico de cirugía, escucha con un increíble respeto a esos charlatanes. Se podría escuchar con cierto respeto los juicios de un crítico que alguna vez haya pintado, aunque más no fuera que telas mediocres. Pero aun en este caso sería absurdo, pues ¿cómo puede encontrarse razonable que un pintor mediocre dé consejos a uno bueno?”
Un amigo, un examigo, me decía: “Lo importante es que se publique, que no se deje de publicar, que se dé cabida a escritores nuevos”. Ante esta opinión yo silenciaba porque descubría que frente a mí tenía a uno de los más grandes sepultureros de la humanidad. Me explico: Para mí, el acto de publicar es como el acto de cavar un pozo, un hoyo, una fosa. El que desea cavar su tumba, necesariamente debe tener la propiedad de crecer siquiera un centímetro por segundo, de modo que tarde o demore en ser enterrado en el pozo. Algo parecido sucede cuando uno publica un cuento (no cuentito), un poema (no poemita) o una novela (no novelita). La primera publicación (un libro o una página) necesariamente es el primer decímetro cavado y las publicaciones siguientes serán decímetros que irán ahondando el pozo que construimos. De allí que muchos han sido sepultados en el primer decímetro cavado y pese a ello (a estar muertos y bajo tierra) siguen cavando más y más, como si pretendiesen que ese pozo (su publicación continua) llegue hasta el infierno, el purgatorio o el paraíso dantescos.
Alguien seguramente pretenderá decir que dé ejemplos cercanos (recientes y accesibles) de escritores y obras que pasarían la prueba de fuego aunque esto se realizare en un horno para ladrillos. Pues bien, es suficiente tomar a tres escritores (creo que no son los únicos) para dar los ejemplos exigidos: Andrés Cloud y ¡Ay, Carmela! (2003); Samuel Cárdich y Malos tiempos (1986); Mario Malpartida y Además del Fuego (1999); por citar solo una de las muchas obras de calidad de estos Tres en Raya.
Hace mucho, la frase es una exageración, yo tenía la necesidad de publicar; sin darme cuenta poco a poco ha aparecido uno que otro escrito mío en una que otra revista y libro; y me siento mal porque veo que esos escritos no me gustan; no me gusta porque en ellas veo oraciones, frases, sonidos, signos antiliterarios, antirítmicos, antiestéticos; no me gusta porque necesariamente me veo obligado a hacer una edición (un libro o dos) en donde se plasme las correcciones no consideradas; y pese a eso no me gustará esa nueva edición porque siempre hallaré algo que no me agrade.
Todo esto me lleva a la conclusión: La creación no es un juego (con “j”) porque quema.
Servido, y buen provecho.



