Dustin Rubina Montoya
A horas de enviar esta columna, se ha suscitado un hecho que ha sacudido la política nacional, aunque la verdad ya no es tan inesperado como antes. Estamos hablando, claro está, de la censura del ahora expresidente y congresista José Jeri. Atrapado por los chifas y las mujeres que visitaban palacio y se iban a la hora del lobo, acabó la presidencia ficticia de un títere que jamás tuvo realmente ningún poder más que el de arremangarse la camisa y jugar al Bukele de Temu.
Ahora, vista la coyuntura, voy a esperar un poco a que baje la marea y veamos quién es el nuevo presidente para hacer un análisis realista al respecto y ver cuál es la particularidad de esta caída, comparada con las de otros presidentes. Y es que el Perú ya no es solamente famoso por su gastronomía, sino por el talento que tenemos en poner y sacar presidentes, así como en cerrar congresos por las buenas o por las malas.
Por el título de la columna, uno podría pensar que ha pasado ya 14 de febrero y, si hay algún soltero leyéndome por ahí, lo último que quiere ver, oír o leer es justamente sobre este tema. Pero en esta oportunidad quisiera abordarlo desde un punto de vista particular como es el del mundo del cine. Un ambiente artístico que, a diferencia de la literatura o la música, ha llegado con más fuerza a las nuevas generaciones.
Las consecuencias del amor es como tal el nombre de una película del año 2004 del director italiano Paolo Sorrentino, famoso por otras cintas como La Gran Belleza o La Juventud. Ahora, en esta película, conocemos la historia de Titta Di Girolamo, un corredor de bolsa que pierde mucho dinero de unos mafiosos y por ello se ve forzado a vivir atrapado en un hotel, donde, si bien es cierto, puede llamar a su familia y convivir con la gente, se rehúsa a hacerlo, atrapado en su monotonía y atormentado cada noche por el insomnio.
Todo marcha así hasta que conoce a una mujer llamada Sofía, con la cual llegan a entablar una relación de afecto mutuo y amor sin llegar al acto sexual. En una de esas, Titta, harto de su situación y con ganas de huir, asesina a un par de mafiosos y con el dinero mal habido le compra un auto a Sofía, con la promesa de que llegue a su cumpleaños y puedan estar juntos, acabando todo, al final, en una tragedia para ambos personajes.
Y es que el amor, idealizado muchas veces a través de años de música y televisión, es en realidad quizás el acto de sacrificio y entrega más grande que pueda afrontar un ser humano. Si es difícil el hecho de aceptarnos a nosotros mismos con nuestros demonios y arrepentimientos internos, es aún más cuando tienes que aceptar a otra persona con todo lo que eso representa. El amar, pese a que el mundo nos dice que las relaciones no duran y que el amor es algo que, como si fuera una mercancía más, se puede vender y comprar.
Ahora, particularmente, si tuviera que buscar otro ejemplo en el cine, tendría que dirigirme al clásico Efecto Mariposa, también del año 2004, de los directores Eric Bress y J. Mackye Gruber. En esta historia, Evan, el protagonista, tiene un poder con el que muchos quisieran contar. Estoy hablando de la capacidad de, a través de un diario o fotos, poder retroceder en el tiempo y cambiar cosas de su pasado, viviendo, casi al instante, los cambios en el futuro. Es en ese camino donde se da cuenta de que, hagamos lo que hagamos, tomemos la decisión que tomemos, siempre haremos daño o perjudicaremos a alguien de una forma u otra. Es, como se podría inferir, algo inevitable a la condición humana.
Otro ejemplo de esto es la película Mr. Nobody, del año 2009, del director Jaco Van Dormael, en donde nos ponen otra perspectiva interesante. ¿Qué pasaría si tuviéramos la posibilidad de ver cómo habría sido nuestra vida si hubiéramos elegido a alguien diferente para estar? ¿Quiénes seríamos al final del día si tuvimos que escoger, por ejemplo, en el caso de los hombres, a tres amores de la infancia o, en el caso de las mujeres, situación que no es el caso de este filme, a tres amores diferentes? Hay relaciones que acaban en tragedia y uno se terminará preguntando el resto de su vida si hubiera sido feliz con otra decisión. Cómo habría sido mi vida con esta persona.
Es ahí donde va mi reflexión. El amor, tengamos pareja o no, implica inevitablemente un riesgo emocional. El sufrir, dañar, amar, sentirse solo y perdonar es algo para lo que no nos prepara nadie. Es en el camino y cometiendo errores donde aprendemos a cómo afrontarlo. El amor no es solo una emoción, es algo más grande que, en tiempos en donde las redes han convertido el afecto femenino o masculino en algo que se puede conseguir con likes e interacciones, siempre habré de volver a esa frase del libro “El arte de amar” del psicólogo Erich Fromm que dice lo siguiente: “Si el amor fuera solo un sentimiento, no habría fundamento para la promesa de amarnos para siempre. Un sentimiento viene y puede irse. Cómo puedo asegurar que durará para siempre si mi acto no implica juicio ni decisión”.
Hace poco se estrenó en cines la película “Cumbres Borrascosas” de la directora Emerald Fennell, inspirada en el clásico de la literatura de la escritora Emily Brontë. La fui a ver con mi pareja y, particularmente, si bien me encantó la música, vestuario y actuaciones, es el perfecto ejemplo del amor tóxico en pantalla. A nadie le desearía un amor como ese, aunque debo admitir que son muy atrapantes ese tipo de historias. Sin hacer ningún tipo de spoilers, esa película es un claro ejemplo de cómo dos egos llevados al extremo hacen que un amor pueda acabar en tragedia. Los lectores de la novela, que no he tenido el gusto de leer, dicen que es una adaptación completamente infiel a la obra, pero aun así las invito a verla, con todas sus extravagancias. Y así como los invito a ver la película, también los invito a amar, decir lo que sienten y equivocarse, porque de eso se trata la vida, de amar lo más que se pueda mientras se esté con vida, sobre todo si sientes que tienes a la persona correcta a tu lado.




