HILARIO y LUCHITA

Jacobo Ramirez Mayz

En Las Pampas hay paredes que no se levantan con planos ni con reglas, sino con paciencia, pulso y silencio y ahí están, firmes, derechas, paradas como viejos que ya no corren, pero tampoco se caen; esas paredes llevan la firma invisible de Hilario, maestro de la piedra, hombre de pocas palabras y mucha mano.

Don Hilario no aprendió el oficio en escuela ni con ingeniero encima, sino que lo hizo mirando, cargando, equivocándose y volviendo a poner la piedra donde debía ir. Su herramienta principal no era la plomada, era el ojo y para ello usaba una piedrita que dejaba caer de rato en rato, como si estuviera conversando con la gravedad, preguntándole si todo iba bien.

Don Hilario trabajaba despacio, nunca fue apurado; sabía que la prisa es enemiga del muro. No maltrataba al material, tocaba la piedra, la giraba, la acomodaba, la escuchaba; porque la piedra, según él, también habla y él las entendía. Sus paredes no buscan lucirse, aguantan lluvias largas, soles que parten la tierra, años que pasan sin pedir permiso, muchas seguirán paradas cuando ya no está quien las mandó a hacer o quien las hizo y ahí seguirán como diciendo: «Aquí hubo alguien que sabía su trabajo».

Mientras Hilario afirmaba la tierra, doña Luchita cuidaba lo sagrado. Siempre se la ve por ahí, caminando despacito, con su balde, su trapito, sus flores. Se le ve rezando en esas pequeñas capillitas de la Virgen que hay en todo el camino por Las Pampas y limpia con devoción, especialmente la que está cerca a su casa, acomoda flores, lo barre, enciende velas con cuidado, como si cada gesto fuera importante. Luchita no hace ruido, pero su presencia se nota, porque la capillita que ella cuida, siempre está bonita, ordenada, un poco más en paz. Ella reza limpiando, su fe no está en las palabras grandes, sino en el detalle: que la imagen esté limpia, que la vela no se apague, que la flor no esté marchita y eso también es oración. Don Hilario y doña Luchita son distintos, él trabajaba en la tierra, ella acomoda el cielo; él acomoda la piedra; ella el detalle, él levantaba muros; ella ánimos.

Rupico es uno de sus hijos, serio como su padre, trabajador desde muchacho. Gallito, más inquieto, más risueño, con esa chispa que a veces desordena, pero también alegra la casa. Tiene otros hijos más, cuyos nombres a veces se pierden en la memoria, pero no en el corazón porque, aunque los nombres se borren, el cariño no.
La casa de Hilario y Luchita no es grande, pero siempre estaba abierta y ahí se comía lo que había, se compartía lo poco sin hacer cuentas. Doña Luchita servía la comida sin preguntar si alcanzaba, don Hilario escuchaba más de lo que hablaba, asentía con la cabeza, daba consejos cortos pero precisos.

Recuerdo cuando don Hilario trabajaba en la casa de retitos Betania, aparecía temprano, con sus herramientas y su bolsita de coca. En esa casa levantó un muro de casi dos metros de altura sin usar una sola regla ni plomada, solo piedritas cayendo desde lo alto. Doña Luchita, le llevaba comida, agua, y por la tarde, cuando el cansancio apretaba, prendía una velita en la ermita «Para que aguanten», decía.

Don Hilario volvía del trabajo con las manos cansadas, llenas de polvo, de cortes pequeños, de historia, se sentaba, se limpiaba despacio; doña Luchita seguía acomodando cosas, como si siempre faltara algo por cuidar y sin decirlo, se acompañaban. No eran de abrazos grandes ni palabras dulces, su cariño era tranquilo, sólido, como las paredes que él levantaba.

Hoy todavía caminan por Las Pampas, despacio, sí; ya que el tiempo les está marcando el cuerpo, pero siguen ahí, a veces caminado, otras sentados como dos tortolitas en la puerta de su casa y eso ya es bastante; son de esas personas que no hacen bulla, pero cuando faltan, se siente el hueco.

Las paredes que levantó don Hilario siguen paradas, la capilla que cuida doña Luchita sigue limpia; sus hijos, nietos, sus recuerdos siguen caminando por el pueblo y Las Pampas, sin saberlo del todo, sigue apoyándose un poco en ellos.

Las Pampas, 12 de febrero del 2026