Por Dustin Rubina Montoya
Desde el año 2023 que empecé un proyecto que, temporalmente, se encuentra dormido a espera de vientos mejores. Estoy hablando del blog Leer para Vivir, una especie de canal de Facebook de reseñas de libros. En este pequeño espacio, he reseñado no solo a autores nacionales o internacionales, sino que también he brindado espacio a reseñar a autores locales, tanto huanuqueños como huanuqueñistas.
Hasta la fecha lleva ya casi una cuarentena de libros reseñados, aunque lamentablemente por factores laborales y personales no he podido darle el seguimiento que se merece. Aunque, por increíble que parezca, pese a mis múltiples ocupaciones, aún logro llevar un ritmo regular de lecturas al mes.
Y es que el motivo por el cual llegué a ponerle ese nombre es justamente porque pienso, y estoy seguro de haberlo escuchado o leído en ensayos o entrevistas de varios reconocidos escritores, que leer es de alguna forma u otra una manera de vivir más de una vida a la vez. No solo estás encerrado en la tranquilidad o conflicto de tu cotidianidad, sino que puedes vivir miles de aventuras o conocer otras épocas en las que ni siquiera viviste.
Y es que, en un momento en donde el capitalismo y la imagen de la marca publicitaria parecen haberse metido en cada aspecto de nuestra vida a través de las redes y los medios de comunicación, el sentarse a leer es de alguna forma para mí el negarse a ser parte del juego. Aun si existen lecturas que asimilan el sistema o status quo de una forma u otra, el cerrar la pantalla del teléfono o la computadora y encerrarte en la imaginación de las palabras ya es de alguna forma un acto revolucionario en varios sentidos.
Eso sí, desde hace un tiempo ha estado surgiendo un debate interesante en redes sociales respecto a si la lectura como costumbre o pasatiempo puede llegar a impactar en tu ser como persona, y hay una de esas tantas opiniones con la que en particular estoy bastante de acuerdo, pero que por alguna razón incomoda a más de uno. Esa aseveración reza lo siguiente: leer no te hace buena persona. El que cualquier figura en cualquier espacio diga eso, de por sí ya es algo que genera encendidos debates.
Hace ya un buen tiempo, allá por el 2017, un extinto programa en redes que por ese entonces conducía la comunicadora y actriz Rosa Paola Reynaga Huiman, llamado Rapsodia Cultural, en una oportunidad entrevistó al escritor huanuqueño Alex Gines y recuerdo bastante bien una de sus tantas respuestas que rezaba en esencia que un asesino o alguien que pudiera apuñalarte por la espalda era también igualmente capaz de conmoverse con un poema de César Vallejo. Y eso, aunque pueda parecer una reflexión sacada desde el mismísimo sentido común, pues en estos últimos años desata más de una rabieta virtual.
A veces, conviviendo en el mundo de la promoción de la lectura, he podido ver cómo los padres creen que porque sus hijos leen, eso los vuelve automáticamente superiores a otros niños que no tienen esa misma costumbre. Y desde ahí, creo yo que empieza el problema. Pensar que la búsqueda de conocimiento debe ser para sentirse superior y creer que eso te pone en un pedestal intelectual por sobre los demás.
Tristemente, muchos padres son los primeros en colaborar en ese pensamiento nocivo, terminando por alejar a mucha gente nueva del mundo de la lectura. Deberían ser los lectores experimentados y versados quienes inicien a aquellos potenciales nuevos lectores, pero lamentablemente terminan espantándolos con su pedantería, como en algún momento fue mi caso.
Ahora, particularmente, aunque no pueda poner nombres ni mucho menos dar muchos detalles, conozco algunos personajes de la coyuntura local, muchos de los cuales son respetados en ámbitos artísticos, que personalmente son, como mencioné líneas más arriba, gente que no dudaría en pisarle la cabeza a los demás o apuñarla por la espalda para lograr sus objetivos. E incluso he oído cosas peores de algunos de estos personajes, algunos de ellos metidos a candidatos políticos, que jamás se podrían ventilar en público ante el riesgo de acciones penales.
En cualquier caso, no tengo que darle misterio al asunto. Alan García, expresidente de la república y uno de los últimos caudillos del aprismo peruano, fue, hasta antes de su suicidio, uno de los políticos más leídos y con mejor labia de la historia, fruto, por supuesto, del conocimiento adquirido por sus lecturas y experiencia política desde joven. Eso, desde luego, no evitó el desastre de su primer gobierno ni mucho menos lo convirtió en alguien limpio y honorable; por el contrario, es quizás de lejos uno de los personajes más oscuros, abyectos y corruptos que la política y el pueblo peruano tuvieron el infortunio de conocer.
Y es que bien la ética y los valores son cosas que se pueden aprender desde la filosofía o incluso la autoayuda; cosas como los valores, la educación y ser buenos con los demás son algo que se aprende desde casa y socializando. De poco les servirá a las nuevas generaciones el adquirir conocimiento si no lo comparten y se encierran en sus torres de marfil, aislados del mundo real. Es menester que la lectura, en todas sus variantes, nos dé eso que tanto temen las élites, que es justamente el pensamiento crítico.
Recuerdo que cuando empecé en esto de la lectura, un primo muy querido me recomendó llevar un curso de lectura rápida. Era uno de esos cursos en donde te enseñaban a cómo acabarte un libro en un día o en cuestión de horas. Pese a su entusiasmo, jamás me llegué a meter en el susodicho curso, porque soy de los que piensan que una buena lectura es como un viaje. Nadie viaja para llegar más rápido al destino, sino que viajamos justamente para disfrutar el camino. Así que nada, viajen, amen y disfruten del camino; como dice la canción de Bad Bunny, la vida es una fiesta que un día termina y fuiste tú mi baile inolvidable.




