PEDRO NARVAJA

Jacobo Ramírez Mayz
Pedro Narvaja tenía una forma de caminar que parecía que el suelo se le quedaba mirando, preguntándose si iba a aguantar el peso de tanto paso lento. Todos en Las Pampas lo conocían porque, en cada fiesta, siempre estaba allí, con su violín bajo el brazo, su rostro arrugado de tanto sol y su chaccha como fiel compañera. Nunca hablaba mucho, pero su presencia decía más que cualquier palabra. Cuando tomaba su violín y comenzaba a tocar un huayno, parecía que el mismo viento le pedía permiso para danzar.

“Yo trabajo bonito, no como si huera pasao burro”, siempre decía cuando trabajaba los y lo hacía a su ritmo, sin prisa, como si tuviera todo el tiempo del mundo. Así trabajaba en los huertos, recogiendo las verduras, sembrando las semillas, como quien prepara el futuro sin apuro; como quien sabe que no hay atajos para que algo crezca bien.

Pedro nunca se desbordó por las cosas del tiempo. Cuando los jóvenes del pueblo se quejaban por el calor o por la prisa que traía el mundo, él siempre estaba allí, con su café caliente y su pan amasado, sacudiendo la cabeza y mascando su coca. “Si huera pasao burro, ni mi violín sonaba”, repetía con una risa que solo los viejos sabían escuchar, una risa que se colaba entre las notas de su música, haciendo que hasta las piedras se quedaran quietas a su alrededor.

Es difícil saber si Pedro Narvaja había nacido en Las Pampas o si la tierra le había dado la bienvenida después de muchos años de viaje. Nadie sabía de dónde venía, ni cuándo había llegado, solo sabían que su violín siempre estuvo ahí, en las fiestas, en las celebraciones, en los días de lluvia cuando la gente se amontonaba, abrazándose bajo el mismo techo de calamina, mientras él tocaba como si no hubiera mañana.

Pero el tiempo, ese que Pedro nunca apuró, también lo alcanzó. Nadie sabe el día exacto en que la vida de Pedro empezó a deshacerse, como las cuerdas de su violín gastado, pero lo cierto es que, al final, el cansancio de sus viejos huesos se hizo evidente. Pedro ya no se veía tan erguido, ni tan seguro, su violín empezó a sonar más bajo, con un tono triste, como si él mismo supiera que había tocado su última canción y así fue. Un día de esos en que el sol brilla, pero sin calor, y el viento no tiene ganas de soplar, Pedro Narvaja se fue, sin hacer ruido, como solía hacer en vida, nadie le vio partir, lo encontraron dormido, con su violín sobre el pecho, como si esperara que alguien lo despertara para la siguiente fiesta.

Cuando lo enterraron, mientras la tierra caía sobre su cajón, un violín triste sonó en el cementerio, alguien lo tocaba y su melodía se perdía en el espacio santo, fue la despedida, como si Pedro estuviera dando su último huayno a todos los que lo acompañaron en vida.

Las Pampas nunca fue la misma después de eso; las fiestas, sin el violín de Pedro, perdieron un poco de su alma y aunque aún se toca huayno, siempre se escucha un silencio en el fondo, como si el viento, el mismo viento que Pedro conoció, lo estuviera extrañando.
Las Pampas, 5 de febrero de 2026