REENCUENTRO CON MI INFANCIA

Arlindo Luciano Guillermo

El domingo 25 de enero fui al mercado para hacer las compras de la semana. En la sección de verduras me detuve. Los simúlidos, a las 7:30 de la mañana, atacan como vampiros famélicos. Vendedores y compradores hablan al mismo tiempo y se entienden con claridad. Una jauría de perros chuscos se disputa restos de huesos y carne desechada. Alguien llamaba con voz constipada. Me hice al desentendido. Pensé que debe ser alguien a quien conozco. “¡Laloooo!” Abrió sus brazos efusivamente. Lo reconocí de inmediato. Era él: adulto, envejecido, canoso, con esa sonrisa pícara, carcajada estridente. “¡Berríos!”, respondo. Ahí estaba: erguido, nariz aguileña, vientre abultado, sandalias exhibiendo sus pies trajinados, anteojos oscuros, huellas visibles de sus acnés que lo martirizaron en la adolescencia, labios morados, rechoncho, vestido con su mandil percudido por el negocio. Vende especias a granel. Le compro canela, clavo de olor y anís. Su padre vendía abarrotes en el mercado modelo de Huánuco. “Don Alcides no debió morir de ese modo tan trágico”. A Berríos le decíamos Ojitos Lindos. En una pelea memorable, en el sexto grado, la Chola Abad, el abusivo de la sección, le dio un ramalazo de sauce llorón, que le rozó el ojo izquierdo y lo dejó tuerto para siempre. No protestó para demostrar que era un varón. Desde entonces fue el protector de indefensos a cambio de un refrigerio en el recreo. Otros lo llamaban el Pirata. Se acerca, lo dejo hablar sin interrumpir. En unos segundos, me reseña su vida familiar. Es viudo, sus seis hijos no lo visitan, trabaja solo para él, vive en la casa paterna. “Estuve preso dos años allá arriba”, susurra. Lo escucho sin interpelar ni interrogar.

Mi memoria me ubica entre los 10 y 12 años, en mi barrio de Abancay, en Paucarbamba, adonde llegaron mis padres, a los pocos años de la toma de tierras que ocurrió el 28 de agosto 1963. Yo llegué a los cinco años. La casa era de material rústico, pero había mucho alivio económico porque ya no se pagaría el alquiler mensual de la vivienda en el Jr. Independencia, cuadra 3, donde nací, en 1966, con la atención de la obstetra Bertha Reyes. En mi nuevo hábitat, no había agua potable, velas y lámparas alumbraban las noches oscuras, letrina de uso común, calles polvorientas y muchedumbre de niños jugando en la calle con el auspicio generoso de la luna llena. Allí viví hasta los 28 años. Hubo una sucesión generacional rápida. Por alguna razón, fui a pie al seguro social. En el trayecto, grupos de adolescentes y jóvenes charlaban y reían ignorando deliberadamente la realidad cotidiana. Pasé por el barrio de la infancia y la juventud, nadie me saludó. No me conocen. Soy un transeúnte más, un caminante que recorre territorio ajeno. Son otros vecinos, los que nacieron cuando me fui hace más de 30 años. La casa familiar es un almacén de chatarra y reciclaje. El viejo zaguán de lata ha sido reemplazado por una puerta metálica. A dos cuadras, en la avenida Túpac Amaru, vivía Berríos. Tuvimos mil aventuras, picardías y audaces incursiones a la ciudad. Nos unía un gusto irresistible por comer pan con gaseosa; costumbre que conservo hasta hoy.

Llegamos fatigados al puente Calicanto. Nos hicimos espacio entre la multitud para ver lo que sucedía. Esa mañana, nadie se interesaba cómo los matarifes -entre ellos el célebre Capcha, alquilador de bicicletas y corochano pendenciero- sacrificaban y destazaban reses en el matadero municipal. De las diez palabras que la gente hablaba, la mitad era sirena. Fuimos por satisfacer una curiosidad, sin saber qué era una sirena. Nos quedamos varias horas para ver dónde estaba la ninfa que decían había aparecido en el islote que se había formado caprichosamente con la creciente del invierno frente al puente. “Mira, mira, ahí está. Mira cómo se arrastra, quiere volver al agua, pero no puede”. Escuché que los bomberos estaban en camino. Por las ramas de los pájaros bobos, plantas erguidas que se mecían con el más ligero viento, algo que no podía distinguir se movía. “Dime, dónde está”, le suplicaba. Apuntaba con su dedo índice y yo en el afán de descubrir a la criatura mitad mujer y mitad pez. Con esa incertidumbre regresamos a casa. Contamos que habíamos visto con nuestros propios ojos a una mujer hermosa que se parecía a un pez gigante. Nos miraban, gesticulaban, se reían. “Mentirosos de mierda”. En la universidad, con Borges, Rulfo, García Márquez o Cortázar, descubrí que no eran mentiras piadosas ni vulgares falsificaciones, sino ficciones, relatos que se cuentan con verosimilitud: el gran truco de la literatura. Pasados los años, supimos que no era ninguna sirena, sino un perro callejero que no se supo cómo había llegado hasta esa porción de material no metálico. Cuando leí la Odisea supe que las sirenas no existían. Pienso en Odiseo, atado al mástil de su embarcación y la tripulación con los oídos taponeados con cera. Fue el primer mortal que no sucumbió al canto ni encanto de las sirenas. En el curso del río Rin, la sirena toma el bellísimo nombre de Lorelei. Cuando escuchamos que en las cuevas laberínticas de Cayrán se escondían marcianos, no fuimos. “Los ovnis y las sirenas son cuentos chinos”, dije. Habíamos crecido un poco. El interés giró hacia las muchachas de los colegios de Huánuco, el deseo de arreglarnos, aceitar el cabello con Brillantina o Glostora, desodorante Old Spice, vestirnos elegantemente. La inocencia se enturbió cuando vimos a una gitana desnuda que se peinaba cantando frente a un espejo circular.

Sin la infancia feliz o desdichada jamás se hubiera escrito “A mi hermano Miguel” de Vallejo, “El hermano ausente en la cena de pascua” de Valdelomar, Un mundo para Julius de Bryce Echenique, Los ríos profundos de Arguedas, Cien años de soledad de García Márquez. Tengo aún lucidez para evocar hechos, circunstancias y personajes impregnados en mi memoria. A Berríos le gustaban los versos de Neruda (“Me gustas cuando callas porque estás como ausente / y me oyes desde lejos y mi voz no te toca.”) Le contaba la historia de “Los gallinazos sin plumas”, “Los tres jircas” o “Cara de ángel” con voz de actor de radionovela. He recordado deliberadamente algunos episodios de mi lejana infancia para demostrar que la nostalgia emborracha cuando es digna de merecimiento, que el Alzheimer -mortal en el escritor- está distante. Cuando terminamos la primaria, tomamos rumbos diferentes, pero nos veíamos en el barrio. Aprendimos a transitar por los extramuros de la ciudad: Las Moras, Los Carrizales, las Siete Cuevas, la capilla del cerro San Cristóbal, las huertas de Cayhuayna. Mi infancia no fue traumática ni de maltrato, sino feliz, alegre, aventurera, instintiva, vivaz, con carencias, privaciones y ansias por poseer el juguete costoso, opípara Navidad o fiesta de cumpleaños con regalos y torta de chocolate, jean Lee, reloj. Berríos y yo fuimos uña y mugre. Shapingo, el cura de San Sebastián, nos esperaba a las 6:30 a.m., de algunos domingos, para ayudarlo en la misa por un puñado de monedas que extraíamos de la bolsa de la limosna, sin santiguarnos, cerrando los ojos, mientras él se quitaba la casulla.