Tras la captura de Nicolás Maduro en Caracas a inicios de enero, la administración del presidente Donald Trump habría activado una nueva fase de presión contra el Gobierno cubano: contactos con exiliados, redes cívicas y posibles “informantes” dentro del aparato estatal para explorar un escenario de cambio de poder en La Habana antes de que termine el año, según un reporte de The Wall Street Journal (WSJ).
El enfoque, de acuerdo con el diario, se apoya en dos diagnósticos que circulan en Washington: la fragilidad económica de la isla —marcada por apagones y escasez— y el debilitamiento del sostén energético que por décadas fluyó desde Caracas. Aun así, WSJ señala que no hay un plan público ni un cronograma oficial, y que el intento se movería, por ahora, en el terreno de contactos y presiones económicas.
Reuniones en Miami
El reporte indica que funcionarios y aliados de la Casa Blanca se han reunido con exiliados cubanos y organizaciones en Miami y Washington con un objetivo concreto: identificar personas con acceso privilegiado en el gobierno cubano que pudieran facilitar una negociación o una ruptura interna.
En paralelo, medios internacionales han descrito que la captura de Maduro —presentada como una operación con apoyo de inteligencia local— ha sido leída por sectores del exilio venezolano y cubano como una señal de determinación y un cambio de tablero regional.
Sin embargo, el mismo WSJ advierte que Cuba es un caso más complejo: un sistema altamente centralizado y con controles internos más rígidos, lo que dificultaría reproducir el libreto aplicado en Venezuela.
En este contexto, Trump lanzó un mensaje directo hacia La Habana: aseguró que Cuba no recibirá “más petróleo ni dinero” y sugirió que el Gobierno cubano debería “llegar a un acuerdo” con Washington “antes de que sea demasiado tarde”, en una escalada verbal que fue replicada por varios medios.
La presión se apoya en un punto sensible: el combustible. Cuba ha dependido históricamente de acuerdos energéticos y de cooperación regional; por eso, el corte —real o potencial— de flujos asociados a Venezuela tiene impacto inmediato en transporte, generación eléctrica y servicios. En reportes recientes, la crisis de abastecimiento y los apagones aparecen como parte del cuadro de vulnerabilidad que Washington estaría buscando explotar.
Respuesta
Desde el lado cubano, la reacción pública se ha alineado con un mensaje de resistencia. En declaraciones recogidas por distintos reportes, el presidente Miguel Díaz-Canel ha rechazado la idea de concesiones políticas frente a presiones externas.
Además, según información atribuida a fuentes citadas por WSJ, Cuba habría activado medidas de emergencia y planes de preparación ante escenarios de escalamiento, en el marco de su doctrina de defensa.
En paralelo, el Gobierno cubano ha acusado a Estados Unidos de buscar un cambio de régimen, una narrativa que La Habana ha sostenido históricamente cuando se intensifican sanciones o acciones de presión desde Washington.
Efecto dominó tras Caracas
El giro hacia Cuba ocurre mientras Venezuela atraviesa una transición altamente sensible tras la captura de Maduro. Reportes recientes señalan que actores del poder venezolano habrían mantenido contactos discretos con intermediarios para garantizar estabilidad y evitar un vacío de poder.
En ese escenario, la administración Trump estaría intentando convertir el caso venezolano en precedente disuasivo para la región. WSJ describe que, aunque no se plantee abiertamente una operación militar contra Cuba, la captura en Caracas funciona como advertencia dentro de su estrategia hemisférica.
A la vez, analistas consultados por agencias internacionales han advertido que la presión política se cruza con intereses energéticos: mientras Venezuela debate reformas para reactivar su sector petrolero, crece la disputa por quién controla los flujos de crudo y quién financia la reconstrucción institucional.
Lo que se sabe y lo que no
Hasta ahora, el elemento central es este: WSJ sostiene que Washington busca “insiders” y explora un cambio político en Cuba antes de fin de año, pero no hay un plan oficial divulgado ni confirmación pública de una hoja de ruta.
Lo que sí es verificable en la esfera pública es el endurecimiento del discurso y la amenaza de asfixia económica —especialmente por la vía energética— como herramienta de negociación o presión.
Con ese telón de fondo, el próximo capítulo dependerá de tres factores: capacidad real de Cuba para sostener su suministro, nivel de cohesión interna del poder y hasta dónde Washington está dispuesto a llevar la escalada sin convertir la crisis en un detonante regional de mayor envergadura.




