Las lluvias intensas que afectarán la selva de Huánuco durante casi dos días continuos no son un fenómeno inesperado ni extraordinario. El Senamhi ha emitido un aviso claro, con cifras, plazos y zonas específicas bajo riesgo. Sin embargo, año tras año, la región enfrenta el mismo problema: una alarmante carencia de cultura y política de prevención tanto a nivel local como regional.
En Huánuco, la prevención sigue siendo un discurso ocasional y no una práctica sostenida. Las alertas se emiten, pero no siempre se traducen en acciones concretas. Las autoridades reaccionan cuando los ríos ya se han desbordado, cuando las carreteras están cortadas o cuando las viviendas han colapsado. La gestión del riesgo continúa siendo vista como un asunto secundario, y no como una responsabilidad permanente del Estado.
Esta falta de previsión tiene raíces profundas. No existe una planificación territorial seria que considere la realidad climática de la selva. Se permite la ocupación de zonas ribereñas y de laderas inestables, se posterga el mantenimiento de drenajes y defensas, y se improvisan respuestas cada vez que la naturaleza recuerda sus límites. El resultado es una población expuesta, especialmente en áreas rurales, donde la precariedad de las viviendas y la lejanía de los servicios agravan cualquier emergencia.
A nivel regional, los centros de operaciones de emergencia suelen activarse tarde o con recursos limitados. Los planes de contingencia existen en el papel, pero rara vez se ensayan o se actualizan con seriedad. La prevención no genera réditos políticos inmediatos, no se inaugura ni se fotografía, y por ello suele quedar relegada frente a obras más visibles, aunque menos urgentes.
La ciudadanía tampoco está exenta de responsabilidad. La escasa cultura de prevención se refleja en la indiferencia frente a las alertas oficiales, en la normalización del riesgo y en la idea equivocada de que los desastres son inevitables. Sin embargo, esta conducta es, en gran parte, consecuencia de la falta de educación continua y de una débil presencia del Estado en materia de capacitación y orientación comunitaria.
Las lluvias que se avecinan ponen nuevamente a prueba a Huánuco. No deberían sorprendernos los deslizamientos, los caminos interrumpidos o las pérdidas materiales si nada cambia. La verdadera tragedia no es que llueva, sino que, sabiendo que lloverá, sigamos actuando como si no pasara nada.
Mientras la prevención no sea una política pública prioritaria y sostenida, y mientras la cultura del riesgo no forme parte de la vida cotidiana de autoridades y población, Huánuco seguirá contando daños en lugar de evitarlos. La naturaleza avisa; la negligencia, lamentablemente, persiste.




