Israel Tolentino
En Irán hay crisis ¿caerá el régimen de los ayatolás? El gobierno masacra a su juventud. Gaza en ruinas permanece tomada por las tropas israelíes. Estados Unidos de Norteamérica, consumada su intervención en Venezuela, pretende en seguida arrebatar Groenlandia.

Es una tremenda mentira creer que se pueda recordar con el paso de los años las impresiones, menos los sentimientos, uno dice: esta vez no olvido. El tiempo que sabe pasar, hace un amague y te deja fuera. Las ocupaciones distraen y hacen olvidar las particularidades del primer encuentro. Con esta historia, desde la última gamba, ha pasado un año, queda la recuperación de la memoria. El sosiego en la cabeza para lograr dormir.

En una vitrina cuadrangular y elegante, en la exposición: “En busca de algo perdido. Perú… Un sueño” en el inaugurado Museo Nacional (MUNA) el 2021 se expuso el fallido descuartizamiento de Túpac Amaru II. Tema poderoso, el artista ha recreado a pura intuición, uno de los crueles episodios de la historia nacional. El héroe sin cara, como le llamaba Pablo Macera, se presenta jalado por cuatro caballos que se ven enormes frente al héroe empequeñecido, el autor de este conjunto de imágenes escultóricas es Domingo Germán Gonzales Alfaro (Aza, 1942) hijo de Pedro Abilio Gonzáles Flores y Matilde Alfaro Peña. Cuenta el investigador Juan Peralta: “a los 12 años había aprendido el oficio de imaginero de su padre y a tocar la guitarra, mandolina, violín, rondín y quena. Casado desde los 26 años con Antonia Salome Aliaga tuvo por muchos años que trabajar de yuntero, agricultor y peluquero, hasta que en el 2014, motivado por su sobrino Antonio Paucar, hijo de su hermano Abilio, retoma el arte”.

Cuando se tiene la oportunidad de estar cerca a un maestro, queda sacar la cámara, filmarle, tomarle fotografías. Escucharle y hacerle preguntas intentando sean interminables, Germán Gonzales es un creador excepcional, cálido, con la amabilidad de un hombre sabio, desenrolla cada historia con que ha hecho las figuras que se exhiben permanentemente en la casa de Antonio; frente a algunas ríe, en otras se acerca con detenimiento y te señala curiosos detalles que no están anotados en los títulos ni las reseñas. Estar atento en ese fugaz paseo que no se desea termine llega a su fin, una voz llama: es hora de almorzar. Uno se pone a su lado, camina con la ayuda del bastón elaborado por Antonio, como quien se cuida de alguna caída, la abertura entre los jardines de la casa se colorea de evocaciones. Cada paso un adiós.

Antonio Paucar hacía la siguiente pregunta: ¿qué hubiera pasado si Germán Gonzales, hubiera vivido en Lima? Silencio, todas las posibilidades escapan del devenir que Germán Gonzales con 84 años ha erigido, preservado en Aza, en el distrito del Tambo en Huancayo. Su voz silba, señala con su dedo índice de la mano izquierda a sus personajes tallados en maguey y acabados con yeso y tela encolada: “ahí está Santiago, es tayta el cantor con su violín, el que reparte coquita, este es el patrón, está repartiendo su champán, su vino especial. Mira esta figurita, está quipichado con su chiquito poronguito de chicha. El pavo guardián nos sigue por el pasillo… Germán agrega: ¡Celoso es!
En la sabiduría de Germán vive la voz de su hermano Julián (1934-2017), de su madre Matilde y su padre Pedro Abilio, remontarse al pensamiento que el arte hace de las generaciones una vida continua, una concreción de tiempos vivos en el que queda y continúa contando la historia. Nada hay más extraño que los artistas de los pueblos andinos, nunca huyen de nada, enfrentan los temores y para ello usan los medios que la naturaleza les provee, inventan así sea imposible, los insumos que les pueda servir: “Conseguir maguey es difícil, algunos cerros son jodidos, para raspar es bien fastidiosos, sale torcido. El que crece en el cerro no es como el que crece en la chacra, ese blanquito es el mejor. El otro cuando le pones color, le vence, le pasas una, dos a cuatro veces y le vence al color”. El artista de los pueblos tiene la perfecta herramienta en sus manos, prepara sus materiales, fabrica sus brochas, si es necesario sus colores, busca entre el canto rodado las piedras para bruñir lo pintado, inventa herramientas, dándole otro uso por ejemplo a un clavo, a un cuchillo de cocina, a un trozo de lata, inventan todo.
La pregunta insulsa de si un artista nace o se hace, se desvanece en su presencia, se está frente a un apresador de tradición, con la sabiduría de un monje que sabe en el silencio escuchar a sus ancestros, leerles en la invisibilidad del tiempo y asirlos en las formas talladas en cada pedazo de maguey (Huácar, enero 2026).




