J. Miguel Vargas Rosas
¿Estamos frente a una crisis de la democracia burguesa? La respuesta es más que obvia, pues a simple vista todo marcha patas arriba, salvo para los autodenominados neoliberales quienes ignoran hasta los principios más básicos del neoliberalismo que, por cierto, no ha innovado en nada la economía ni la política, sino que ha precipitado vertiginosamente al sistema capitalista en la crisis actual, presionando enfermizamente la aplicación de sus postulados, aunque estos atenten contra la realidad social. Lejos de reconocer sus errores, los neoliberales “modernos”, muy al estilo de Hayek, hilvanan calumnias y esgrimen grandes falacias, pues afirman que las crisis se las debemos al “comunismo”, mas no al libre mercado ni al capitalismo; que en todo lo malo hay que ver “comunismo” y si hay alguna teoría o política que ha ingresado al declive es el “comunismo”. Con este proceder buscan inculcar en las masas una especie de paranoia esquizofrénica en contra del comunismo y, sobre todo, en contra del marxismo. Esta publicidad malsana por parte del capitalismo internacional, sin base ni sustento, se debe al pavor que le profesan al comunismo como idea de transformación social y conducente de las mayorías sociales al poder (le temen al “Gespenst geht um in Europa”, aunque ahora es más exacto señalar que le temen al “Gespenst geht um in mundo”; es decir, le temen “al espectro que recorre el mundo”). Por tal motivo, en esta nueva secuencia de artículos deberemos especificar qué es lo que en verdad está en crisis, por qué y en qué se ve reflejado, sin dejar de lado nuestro objetivo de reivindicar como vigente el pensamiento de Mariátegui plasmado en su libro La escena contemporánea, donde ya hablaba sobre la crisis de la “democracia” y la subsecuente lucha entre capitalismo y comunismo, entre burguesía y proletariado.
Es más que correcto hablar sobre una crisis actual de la “democracia burguesa” —y no del “comunismo”—, de la pérdida de vigencia de sus instituciones internacionales (mismas que deberían garantizar los derechos humanos, la justicia, el equilibrio y la paz internacional) y inutilidad en sus supuestas funciones. Del viejo lema con que la burguesía asaltó el poder ya no queda sino solo discursos y proclamas vacíos con los cuales tratan de revestir su sistema de producción y engañar a las nuevas generaciones y a las clases trabajadoras de hoy; si inmediatamente después de las revoluciones burguesas, la burguesía olvidó aquel lema y la liquidó al explotar a la clase proletaria naciente, hoy la dinamitó y la ocultó a sangre fría en una fosa común. La «liberté, la igalité y la fraternité» dentro del sistema capitalista es un lema borroso estampado en un letrero mohoso de una tienda abandonada en algún lugar deshabitado. La opresión asalariada y el dominio económico de las superpotencias sobre los países del tercer mundo demuestra fehacientemente la inexistencia de tan cacareada libertad (liberté), mientras que la creciente secularización de la sociedad y, por ende, del agigantamiento porcentual de la pobreza y de los pobres en el mundo nos dan un ejemplo claro de que la igualdad (igalité) solo fue un entramada de palabrerías que siguen utilizando para engañar a las clases trabajadoras. Esa falsa igualdad que prometió la burguesía internacional, suele ser confundida con la “justicia social” que tampoco quieren perseguir ni les importa alcanzar (tal como lo plantean los neoliberalistas), salvo que sea aquella justicia que ellos establecen, consistente en la creciente pobreza y el aumento porcentual de pobres en el mundo. Todo esto conlleva una contradicción irresoluble en el intestino de la clase burguesa y la nula fraternidad (fraternité) que se ve reflejada en los constantes enfrentamientos bélicos y en la necesidad urgentísima de las superpotencias por mantener el dominio sobre sus semicolonias, a las cuales someten a una vida cada vez más humillante y a un estancamiento en sus desarrollos internos, mientras se arremeten golpes contundentes de manera mutua. Esto viene a confirmar lo que Lenin (1981) enfatiza: «La democracia burguesa es la democracia de las frases pomposas, de las palabras solemnes, de las promesas liberales, de las consignas grandilocuentes sobre libertad e igualdad, pero en la práctica, todo esto oculta la falta de libertad y la desigualdad(…)» (Obras completas, T. 3, pp. 285 – 286)
En los siguientes textos demostraremos que el sistema basado en la esclavitud asalariada ha entrado en una nueva crisis y que esta no es más que la continuidad de las anteriores; por eso ha sido necesario que el capitalismo, sobre todo las superpotencias, saque a relucir su esencia fascista, expuesto por nosotros en los textos anteriores. Esta crisis, a la que llamaremos Crisis de la Democracia Burguesa, debe ser examinada estructuralmente en toda su complejidad, pues involucra tres aspectos o tres crisis interconectadas o relacionadas entre sí: La crisis económica, la crisis política y la crisis sociocultural. Este mismo enfoque fue el que utilizó José Carlos Mariátegui en su libro La escena contemporánea, leal siempre a la dialéctica marxista. Esto, a nosotros, como a Mariátegui en su momento, nos impele a hablar de una nueva crisis del capitalismo y de la “democracia burguesa”, aunque nosotros no contemos con un sistema similar a los soviets rusos o a la República Popular de China en ningún país, pues nos atrevemos a afirmar, sin miedo a equivocarnos, que actualmente no existe en la orbe un país socialista, mucho menos comunista, tal como nos quieren hacer creer nuestros “neoliberales” y sus medios masivos de comunicación con el fin de achacar la crisis a otros y evitar hacerse cargo de sus propios horrores. Sin embargo, hay que recalcar que el que hoy no exista un país netamente socialista, no implica que dicho modelo político-económico haya fracasado, sino que es muestra clave del proceso de restauración y contra restauración constante apreciado en todo proceso de transe histórico, debido a que cierta clase social en agonía (la burguesía en nuestra época) se rehúsa a perder el poder y a morir y, con ello, se niega a aceptar que su modelo de producción (en nuestra época, sucede con el capitalismo actual) se ha convertido en un sistema obsoleto y en destrucción. «…otros hechos, más hondos, extensos y graves revelan desde hace tiempo, que la crisis mundial es una crisis de la democracia, sus métodos y sus instituciones» (Mariátegui. La escena contemporánea. 1981, p. 64)




