La danza de los Negritos de Huánuco es, sin discusión, una de las expresiones culturales más emblemáticas de la región. Desde el 25 de diciembre hasta el 19 de enero, la llamada “Navidad más larga del mundo” convierte a la ciudad en un espacio de encuentro, devoción y alegría popular. Durante décadas, esta festividad ha sido motivo de orgullo, identidad y atracción cultural. Sin embargo, hoy esa imagen empieza a resquebrajarse.
En los últimos días, una serie de hechos lamentables viene empañando una celebración que debería ser ejemplo de orden, respeto y tradición. Enfrentamientos entre integrantes de cofradías, episodios de embriaguez, actitudes propias del pandillaje y un uso irresponsable del espacio público se han vuelto escenas cada vez más frecuentes. No se trata de hechos aislados, sino de señales claras de un problema mayor: la pérdida de control y de respeto por la esencia misma de la fiesta.
A ello se suma el progresivo abandono de los elementos tradicionales. La vestimenta ya no siempre respeta los patrones históricos, la música se distorsiona o se reemplaza, y los rituales centrales de la festividad se reducen o se alteran. El baile en honor al Niño, seguido del ingreso ordenado y el recibimiento en las mayordomías, está siendo desplazado, en muchos casos, por el cierre arbitrario de calles para prolongar el consumo de licor y la comida, sin ningún criterio ni control.
Y aquí surge la gran pregunta: ¿quién pone orden? Porque autoridades hay, aunque no parezca. Está la Dirección Desconcentrada de Cultura, está la Gerencia de Desarrollo de la Municipalidad de Huánuco, está el propio alcalde. Todos existen, todos cobran, pero ninguno parece ver, o querer ver, lo que ocurre en las calles. El desgobierno no siempre se anuncia; a veces simplemente se nota.
Basta mirar otras festividades del país para entender que el orden no es enemigo de la tradición. En carnavales y danzas reconocidas a nivel nacional, las cuadrillas deben estar registradas, censadas y cumplir requisitos estrictos. No cualquiera forma una comparsa y sale a las calles. Existen periodos de prueba, reglas claras y sanciones. Eso no mata la fiesta; al contrario, la protege y la dignifica.
En Huánuco, en cambio, la permisividad ha abierto la puerta a excesos que desnaturalizan una celebración histórica. La pregunta es inevitable: ¿hasta cuándo se permitirá que una de las principales expresiones culturales de la ciudad se degrade por falta de autoridad? ¿Cuándo tendremos un alcalde y funcionarios que entiendan que gobernar también es poner límites?
Defender la fiesta de los Negritos no es cerrar calles ni mirar a otro lado frente al desorden. Defenderla es cuidar su tradición, garantizar seguridad, respetar a los vecinos y preservar su valor cultural para las próximas generaciones. Si no se actúa ahora, lo que hoy es orgullo puede convertirse, mañana, en un recuerdo distorsionado de lo que alguna vez fue una verdadera fiesta del pueblo.




