La poesía puede hacerme carcajear (M.Cordero).
Cada último texto de estos años cerraba con uno dedicado a los quehaceres de Miguel Cordero Velásquez (Arequipa, 1966) un personaje que hace mucho tiene enredados los límites de la visualidad, del arte, así que, con cualquier apelativo se corre el riesgo de errar. Este final de año atípico ha pospuesto el cierre hasta esta primera semana de enero. Importa el cierre en estos casos, es pues parte de un corpus anual y como en toda obra, lo que apropiadamente se inicia, cierra con excelentes pronósticos. Más allá de las precisiones cronológicas, como en el horóscopo chino que tiene su propio ciclo, termina el 2025 con este texto.

Por la plaza blanca arequipeña, un hombre camina como si llevara algo a vender al mercado, como si buscara un lugar donde aposentarse y mostrar el curioso artefacto. Se detiene y junto a él los transeúntes se detienen, ambos lados se miran, uno saca el iPhone, le filma y saca fotografías, el otro, el que carga el curioso objeto, posa, sonríe y mira, está sorprendido por la reacción del público ambulante. Camina hacia otros lados, como un vendedor ambulante, como alguien escapado de un manicomio. Posa nuevamente, esta vez sobre la pared de sillar, mira a ambos lados de la calle y cruza entre la gente, esta vez con el sol proyectando una sombra en el piso empedrado, una sombra ondulada como el de un objeto que vuela bajo mostrándole la calzada.

En una cómica fotografía, donde en una secuencia de seis escenas, un hombre se regodea con una botella, una guitarra y una carta en mano, el autor que detuvo esa porción de tiempo, Juan Manuel Figueroa Aznar (Caraz, 1878 – Paucartambo, 1951) actor, fotógrafo, pintor y político asentado en Arequipa, antes de quedarse en Cusco hasta el final de sus días, vuelve a la memoria gracias a un objeto sonoro ideado y paseado hace poco por Miguel Cordero en algunas calles de su natal Arequipa.

Por temporadas, a veces continuas y otras intermitentes este orate personaje se deja ubicar en las redes, Miguel tiene un cuerpo que debe estar constantemente persiguiendo a su cabeza, con el riesgo de ser en un tiempo no muy lejano una cabeza voladora. Sus ideas, para la buena expectación de sus seguidores, siempre llegan a concretarse.

Una caja de resonancia de guitarra, con cuatro bocas y cuatro brazos, veinticuatro cuerdas, una guitarra con la forma de una chakana es el instrumento ideado por Miguel Cordero y realizado magistralmente por el señor Abarca, con que cierra el año. El magnífico objeto recuerda por momentos con sus cuatro brazos a un dios hindú (Brahma, Vishnu o Shiva), en su versatilidad formal, su guitarra señala los puntos cardinales tanto así que puede leerse en tres sentidos: verticalmente una constelación como la chakana; horizontalmente, un astro recorriendo en la oscuridad del universo tentando armonías y cuando se inclina, una nave que viaja como un James Webb por el cosmos interminable. Este objeto que propaga las posibilidades de las guitarras acrecienta los relatos de una tradición arequipeña en torno a este instrumento de madera.
La idea no concluye en la construcción formal del instrumento, sino que cierra su aparición con la interpretación de un Yaraví. Como su joven paisano Mariano Melgar (1790 – 1815): “¡Ay, amor!, dulce veneno, ay, tema de mi delirio, solicitado martirio y de todos males lleno”. Miguel Cordero, a quien le queda poco tiempo, debe componer un yaraví. Terminada la composición juntará las manos de cuatro artistas para su interpretación, como dice: “los músicos que deseo intervengan son: Marco Antonio Anglés, Pedro Rodríguez, Aureliano Lecca y Raúl Montañez (el “montaña”)”.
Esta vez se unen un ciclo de tradición arequipeña, la creatividad en las manos de los luthiers, la fotografía, la poesía, los yaravíes y lo inesperado: una séptima escena para la fotografía de Figueroa Aznar, Miguel con guitarra en mano y un yaraví tomando las calles blancas de su ciudad (Huácar, enero 2025).




