Corea del Norte pone el foco en México: el país latinoamericano que Pyongyang ve como clave con EE.UU.

En medio de su prolongado enfrentamiento con Estados Unidos por el programa nuclear y de misiles, Corea del Norte ha buscado ampliar su margen de maniobra en la política internacional. Aunque sus vínculos con América Latina han sido históricamente limitados, Pyongyang ha intentado sostener contactos ideológicos, culturales y —sobre todo— diplomáticos con países de la región, como parte de una estrategia para reducir su aislamiento en foros globales.


Investigaciones académicas publicadas por Cambridge University Press han documentado cómo el régimen norcoreano cultivó relaciones con actores latinoamericanos desde la Guerra Fría, especialmente en conexión con redes políticas y antiimperialistas del siglo XX.


Hoy, en un escenario internacional marcado por sanciones y bloques geopolíticos, ese interés se reconfigura: Corea del Norte identifica a México como un interlocutor potencialmente útil en espacios multilaterales, no tanto por su comercio, sino por su peso diplomático y por su tradición de política exterior.


Por qué México está en la mira
Dentro de esta lógica de diversificación, México destaca por su presencia en instancias internacionales donde las posiciones sobre sanciones y seguridad global pueden convertirse en herramientas de presión o respaldo. Analistas señalan que, en la arena de la ONU, cada voto y cada postura cuentan cuando Corea del Norte busca resistir la narrativa de aislamiento impulsada por Washington y sus aliados.


México mantiene relaciones con ambas Coreas desde 1980, un rasgo poco común que lo coloca en un espacio diplomático particular. Esa conexión, aunque moderada, permite que Pyongyang observe oportunidades para sostener canales de diálogo y, eventualmente, amortiguar el cerco internacional que enfrenta por sus ensayos nucleares.


Además, la política exterior mexicana ha sido históricamente asociada a la no intervención y al respeto a la autodeterminación, principios que, en contextos de polarización global, pueden abrir márgenes de comunicación incluso con actores altamente sancionados. Para Corea del Norte, México no sería un aliado económico, sino un actor con capacidad de incidencia política indirecta en foros internacionales.


Tensión de fondo
La estrategia norcoreana no se limita a contactos diplomáticos aislados. Diversos especialistas describen su actuación como una forma de “guerra híbrida”, donde se combinan diplomacia, propaganda, cooperación militar indirecta y alianzas estratégicas para resistir presiones externas. En este tablero, el fortalecimiento del vínculo con Rusia se convirtió en un factor decisivo.


En junio de 2024, Corea del Norte y Rusia firmaron un Tratado de Asociación Estratégica Integral, que incluye compromisos de asistencia mutua en escenarios de ataque. El acuerdo fue interpretado como una señal de realineamiento frente al bloque liderado por EE.UU. y como un intento de consolidar un frente de resistencia ante sanciones occidentales.


Este tipo de alianzas amplifica el interés norcoreano por mantener puntos de diálogo en regiones donde Estados Unidos tradicionalmente ha ejercido influencia. América Latina aparece allí como un espacio de disputa simbólica y diplomática: no por volumen económico, sino por su valor en legitimidad política y posicionamiento internacional.


Relación económica mínima
A pesar del interés geopolítico, el intercambio comercial entre México y Corea del Norte es muy reducido. Este contraste refuerza una idea central: lo que Pyongyang busca no es un mercado, sino oxígeno diplomático. En escenarios donde las sanciones se negocian, se respaldan o se cuestionan en organismos multilaterales, incluso vínculos pequeños pueden aportar señales políticas.


En ese marco, México representa un país con relevancia regional y trayectoria internacional suficiente para ser observado por Pyongyang como una pieza útil en su narrativa: la de un régimen que intenta demostrar que aún tiene canales de comunicación y espacios de interlocución, pese al cerco global.


Por eso, aunque el vínculo sea limitado, la lectura norcoreana apunta a lo estratégico: no se trata de comercio, sino de posicionamiento. Y en el pulso con Estados Unidos, cada contacto, cada foro y cada voto puede convertirse en parte del tablero.