La festividad de Los Negritos de Huánuco no es solo una expresión cultural ni un atractivo turístico que se repite cada diciembre. Es, ante todo, una manifestación profunda de fe, identidad y memoria colectiva que ha sabido resistir el paso del tiempo y las transformaciones sociales. El reciente Te Deum celebrado en la Catedral de Huánuco, como antesala de la Navidad y del día central del 25 de diciembre, ha recordado con claridad ese origen espiritual que da sentido a toda la celebración.
En medio de comparsas, música, danzas y recorridos por las calles, resulta oportuno detenerse a reflexionar sobre lo esencial. La adoración al Niño Jesús es el eje que sostiene esta tradición, y no debería diluirse entre el ruido, el desorden o la simple lógica del espectáculo. El acto religioso marcó, con sobriedad, que antes de la fiesta está la fe, y antes del orgullo cultural está el respeto por aquello que se celebra.
Los Negritos representan también un punto de encuentro comunitario. Cofradías, familias, barrios enteros y generaciones distintas se reconocen en una tradición compartida. Esa cohesión social es uno de los mayores valores de la festividad y explica por qué Huánuco se autodefine como escenario de “la Navidad más larga del mundo”. Sin embargo, ese reconocimiento implica responsabilidades. A mayor convocatoria, mayor necesidad de orden, cuidado y compromiso ciudadano.
El crecimiento de la festividad y la llegada de visitantes obligan a mirar más allá de la emoción del momento. La seguridad, la organización de las actividades, el respeto por el espacio público y la convivencia pacífica no son asuntos secundarios. Vivir la tradición con fe e identidad también significa hacerlo con responsabilidad, evitando excesos que terminen opacando su verdadero significado.
Huánuco ya vive la Navidad, y lo hace desde una herencia cultural que lo distingue en el país. Preservarla no es solo tarea de las autoridades o de las cofradías, sino de toda la ciudadanía. Honrar a Los Negritos es entender que esta celebración no se sostiene únicamente en la danza y la música, sino en valores que, cada diciembre, deberían renovarse: respeto, comunidad y espiritualidad.




