Alberto Melián Ortiz
Desde hace décadas, uno de los diagnósticos más frecuentes en fisioterapia, medicina del deporte y atención primaria es el de las contracturas musculares. Prácticamente todos hemos sentido alguna vez esa molesta sensación de “nudo” o de músculo agarrotado en el cuello o la espalda. Tradicionalmente, estas molestias se han atribuido a sobreesfuerzos, malas posturas, estrés o debilidad muscular. Sin embargo, en los últimos años han surgido investigaciones que invitan a replantear esta explicación clásica.
Durante mucho tiempo, la contractura se definió como una contracción muscular involuntaria y mantenida que disminuye el flujo sanguíneo y provoca dolor. No obstante, esta interpretación no ha sido confirmada de forma sólida por la investigación actual. Cada vez existe más evidencia de que lo que interpretamos como una contractura podría ser un fenómeno más complejo, en el que intervienen el sistema nervioso, la percepción del dolor y el contexto emocional del paciente.
Cuando el sistema nervioso “se pasa de rosca”
Arturo Goicoechea, neurólogo español y divulgador en neurociencia del dolor, es uno de los principales referentes que cuestionan el modelo tradicional. Según explica, las contracturas no existirían como entidades estructurales o mecánicas en el sentido clásico, sino como expresiones de programas de protección del sistema nervioso central que pueden modificarse mediante un abordaje adecuado del dolor.
Esta afirmación se apoya en los avances de la neurociencia, que han demostrado que el sistema nervioso puede generar sensaciones de dolor y rigidez como respuesta protectora, incluso cuando no existe daño real en el tejido muscular. En la misma línea, el investigador australiano Lorimer Moseley, especialista en dolor crónico, sostiene que muchos dolores atribuidos a contracturas se deben en realidad a la sensibilización del sistema nervioso. En estos casos, el cerebro interpreta una amenaza y produce una sensación de rigidez, aunque el músculo esté estructuralmente sano.
Desde esta perspectiva, los síntomas que el paciente percibe como contractura no serían decisiones del propio músculo, sino del sistema nervioso que lo regula. Esto explicaría por qué personas con dolor lumbar, por ejemplo, describen una intensa sensación de rigidez sin que exista una mayor dureza mecánica del tejido en comparación con individuos sin dolor. La rigidez sería, por tanto, una percepción subjetiva ligada a mecanismos de protección ante una amenaza percibida, no necesariamente real.
Evidencia científica y cuestionamiento del paradigma clásico
Este planteamiento tiene implicaciones relevantes. Si la contractura es principalmente una percepción del cerebro, los tratamientos centrados únicamente en “deshacer nudos” mediante masajes, calor o estiramientos podrían no ser suficientes. De hecho, varios estudios de imagen y análisis funcional del tejido muscular no han encontrado alteraciones estructurales claras que justifiquen el dolor referido por muchos pacientes.
Técnicas avanzadas como la elastografía por ondas de corte, que permite evaluar la elasticidad muscular en tiempo real, han mostrado que las diferencias en la viscoelasticidad de zonas consideradas “contracturadas” suelen ser mínimas y, en muchos casos, no guardan relación directa con la intensidad del dolor. Otros trabajos no han hallado diferencias significativas entre músculos doloridos y músculos sanos, reforzando la idea de que no siempre existe una alteración física observable.
Si realmente hubiera una contracción muscular sostenida, esta debería reflejarse en una mayor actividad eléctrica del músculo, medible mediante electromiografía. Sin embargo, revisiones sistemáticas indican que esta hipótesis no se sostiene de forma consistente, ya que no siempre se detecta actividad anormal en los puntos dolorosos. En muchos casos, los patrones neuromusculares son similares entre personas con y sin síntomas, lo que sugiere un componente perceptivo más que puramente fisiológico.
¿Y qué ocurre con los puntos gatillo?
Un concepto estrechamente relacionado con las contracturas es el de los llamados “puntos gatillo”. Aunque han sido ampliamente aceptados en la práctica clínica, su existencia como entidades anatómicas específicas también ha sido cuestionada. Una revisión publicada en la revista Rheumatology en 2015 concluyó que no existen pruebas concluyentes de que los puntos gatillo sean estructuras patológicas identificables, proponiendo en su lugar un modelo basado en la sensibilización del sistema nervioso.
Esto no significa que nunca puedan existir alteraciones musculares reales. En situaciones concretas, como fibrosis o contracturas patológicas tras lesiones neurológicas graves, sí se producen cambios estructurales evidentes. Sin embargo, estos casos no representan la mayoría de los cuadros de dolor muscular que se diagnostican como contracturas en la práctica diaria.
Reeducar la forma de entender y tratar el dolor
La evidencia actual obliga a abandonar explicaciones simplistas. El dolor y la rigidez que se perciben como contractura no siempre se corresponden con una anomalía visible en el músculo. Se trata de un fenómeno complejo en el que el sistema nervioso, la memoria del dolor y el entorno emocional del paciente desempeñan un papel clave.
Por ello, muchos expertos proponen revisar no solo el diagnóstico, sino también el abordaje terapéutico. Hoy se aboga por estrategias que incluyan educación en dolor, reducción de la hipervigilancia, fomento del movimiento activo sin miedo y comprensión de los mecanismos que lo generan. En muchos casos, entender el dolor es el primer paso para aliviarlo.
El lenguaje también importa. Hablar de “contractura” puede reforzar la idea de que el músculo está dañado o atrapado, alimentando el miedo al movimiento y la pasividad del paciente, que espera que alguien “deshaga el nudo”. Este enfoque puede favorecer la cronificación del dolor. Por ello, algunos profesionales sugieren utilizar términos más ajustados, como “dolor muscular”, “sensación de rigidez” o “respuesta adaptativa del cuerpo”.
El dolor es real, aunque la contractura no lo sea
Que las contracturas musculares, tal como se entendían clásicamente, puedan no existir en términos mecánicos no significa que el dolor del paciente no sea real. Al contrario, ese dolor exige respuestas eficaces, empáticas y basadas en la evidencia científica.
La neurociencia invita a mirar más allá del músculo, a cuestionar conceptos arraigados y a avanzar hacia una atención más informada y humana. Si el dolor es una señal de alarma, quizá el tratamiento más eficaz no consista en actuar únicamente sobre el músculo, sino en calmar al sistema nervioso que permanece en alerta.




