Por: Yeferson Carhuamaca Robles
Los días de diciembre, los días de navidad y año nuevo, eran tiempos eran oleadas de alegría con tan solo ver las luces de aquel árbol en medio de todos los sueños y todos los recuerdos entrañables que surcan la mente mientras un silencio es invadido por la música cotidiana de las luces… hay en este lugar tiempos en donde todo sabía a navidad.
Solía en estas épocas visitar las parroquias de la ciudad, cada año había como una competencia no declarada en cada parroquia, era que cada una representaba mejor sus nacimientos, estos no son nada más que una tradición que consistía una forma de representación por medio de adornos y figuras en forma de pastores y animalitos que reflejaban el momento y ambiente donde nació Jesús. Las calles con ilimitadas luces de colores en las ventanas, en las puertas en los autos, en los lentes de los caminantes, en los ojos de aquellos niños de la calle que solo reflejaban que de alguna manera las luces siempre tratan de guiarte a casa.
Había por aquel entonces uno de los nacimientos más innovadores de la ciudad, ella se podía apreciar en la iglesia la Catedral, el templo más importante de la ciudad. Los feligreses de aquel templo y guiados por un sacerdote, armaban un enorme nacimiento, que trataba de reflejar los más realista posible al pueblo de Belén, lugar donde nació Jesús en un pequeño y sucio establo, lugar sencillo rodeado de animales como burros, ovejas y aves de corral. El nacimiento de la Catedral era una importante decoración donde se podía observar figuras de pastores que emulaban ciertas acciones de la vida cotidiana de un pueblito, como por ejemplo figuras de cerámicas con la forma de pastores o aldeanos saliendo de sus casas, trabajando en el campo, caminando por las calles empedradas o trabajando en alguna actividad matutina del antiguo pueblo de Belén, además encontrábamos figuras en forma de casitas, establos, huertos. Al llegar la noche se veía como las luces prendidas en las ventanas cual si fuera real que en cada casa vivía gente. Ello era lo más llamativo de aquel nacimiento de la Catedral, que podía ponerse de día y de noche, era una dicha visual, observar como de manera coordinada una luz se encendía lentamente asemejándose a un amanecer sorprendente que iluminaba todo acompañado de sonidos de pájaros.
También se observaba como se oscurecía y llegaba la noche, pero por ello no quedaba oscuro del todo ya que a la par se prendía una luz que simulaba a la luna y pequeñas estrellas en el cielo que daba mucho realismo a dicho nacimiento, todo ello ambientado por caminos de tierra, montañas muy realistas que dejaban su sombra según la luz del sol y la luna, como también se podía apreciar un pequeño río que mantenía un cauce controlado que desembocaba en un pequeña laguna donde nadaban patitos, un real atractivo para la vista y la imaginación.
Ahora no hay más que nacimientos comunes, sin mucho brillo, estatuillas que representan y son son meras imágenes sin vida. Ahora hay navidad con pocos brillos, luces que alumbra tenuemente al ser humano, hay más cosas flemáticas en que comprar, pero menos personas a quienes agradecer sus presencias, hay panetones y lechones en las tiendas que amor y caridad en las manos de los que las compraban, hay más gente, pero menos humanidad. Sin embargo, aún hay gente humana que siente, que se junta para hacer sonreír a los niños, hacen una junta, compran panetones, juguetes ropa, utensilios y van por el camino regalando a los niños, aquellos locos que hacen una chocolatada, que brindan con vasos llenos de chocolate y rezan y agradecen, todavía existen actos pequeños y significativos para que nuestro nacimiento no sea uno más. Como diría John Lennon: «Puedes decir que soy un soñador, pero no soy el único», soñemos con hacer un nacimiento de alegría y fraternidad para todos.




