LOS TRES EN RAYA

Jacobo Ramírez Mayz

En Huánuco hay nombres que no se pronuncian, se susurran, porque decirlos muy fuerte es como interrumpir un recuerdo; porque cargan en sí la memoria de toda una generación que supo vivir entre letras, boleros y una nostalgia que no pedía permiso.


Mario Malpartida Besada, Samuel Cardich, Andrés Cloud; los tres, los inseparables, los de siempre; los que cuando caminaban juntos por el jirón Dos de Mayo, era como si el tiempo también se detuviera a saludarlos. Los conocen como “Los tres en raya”, como aquel viejo juego de infancia donde se alineaban las fichas en diagonal, horizontal o vertical. Ellos se alinearon en la vida y ganaron todas las partidas.


No fueron un trío musical, pero tenían ritmo, no fueron poetas de escenario, pero hablaban con versos. No necesitaron de títulos, ni aplausos, ni fama, bastaba estar con ellos cinco minutos para sentir que uno había leído un libro entero.


Mario, con su bolero callado, con esa mirada que siempre parecía conversar con el pasado. El que escribe como quien salva la infancia de la desaparición, como quien abraza sin manos, con memoria.


Samuel, con su voz profunda y su sabiduría de árbol antiguo. El que puede citar a cualquier poeta o a los Rolling Stones en la misma conversación, sin que cruja. El que te presta un libro, pero más aún, te prestaba su tiempo, su escucha, su postura de hombre culto.


Andrés, con su alma errante y su risa que lo salvaba de la tristeza. El que sabía más que el mismísimo diablo, el que parecía venir de otra época.


Los tres eran eso: una complicidad que no necesitaba explicarse, eran amigos, eran una forma de mostrar otro mundo. Una resistencia contra el olvido, una trinchera contra la frivolidad, un susurro que decía: «Aquí estamos, aquí seguimos».


Se reunían sin plan, sin agenda, sin protocolo, bastaba una cerveza, un libro viejo, un bolero desde la radio de fondo. A veces no hablaban, solo se dejaban estar; porque sabían que la verdadera amistad no se grita, se comparte.


Los tres cargaban la ciudad sobre los hombros, la conocían de memoria; sabían dónde había sonado por última vez un bolero, un tango o un huayno. Sabían qué casa guardaba todavía una carta sin abrir, sabían que la nostalgia no es tristeza; es una forma de amor.


Hoy ya no caminan juntos por las mismas calles, pero si cierras los ojos y te sientas en cualquier banca de la Plaza de Armas, los puedes ver. Mario, con su nostalgia; Samuel, con un libro bajo el brazo; Andrés, sintiendo calor.


Dicen que la historia la escriben los vencedores, mentira, la historia la escriben los que recuerdan y, mientras existan quienes pronuncien sus nombres con un nudo en la garganta, Los tres en raya seguirán vivos en cada bolero, en cada libro olvidado, en cada lágrima que no cae, pero que arde. Ellos me han hecho entender que en este mundo hay amistades que no mueren, hay memorias que no se archivan y hay hombres que no se van; se quedan en cada vaso de cerveza que se levanta, en el silencio que se respeta, en la última línea de un cuento bien contado. Mario, Samuel y Andrés; Los tres en raya, los tres eternos.

Las Pampas, 20 de noviembre del 2025