Según el reportaje de El País, lidiar con un talento como Vinicius Júnior presenta una dualidad intrínseca. Por un lado, comprender sus motivaciones y gestionar su autoestima podrían ser suficientes. Se rememora el caso de Johan Cruyff, a quien se le permitía fumar en el vestuario, ejemplificando un trato diferencial basado en su rendimiento excepcional. Sin embargo, “las dinámicas actuales” impiden tales distinciones, especialmente en plantillas como la del Real Madrid, donde la competencia por el protagonismo es feroz y la igualdad de trato se erige como un pilar fundamental para la cohesión grupal.
El desafío principal para Xabi Alonso radica en equilibrar la individualidad de Vinicius con las exigencias del equipo. El incidente protagonizado por el brasileño el pasado domingo, que incluyó llegar tarde al entrenamiento y mostrar una actitud displicente, demandaría medidas correctivas inmediatas en la mayoría de los contextos. En un entorno familiar estándar, podría acarrear una reprimenda. En el mundo laboral, “supondría el despido fulminante”. Un futbolista ordinario, en un club modesto, quedaría relegado al banquillo.
Sin embargo, la ecuación se complejiza al tratarse de Vinicius Júnior y el Real Madrid. Dos entidades excepcionales en el panorama futbolístico que desafían las soluciones convencionales. El Real Madrid, como “dinastía aristocrática” disfrazada de club deportivo, está condenado a revivir conflictos generacionales. Periódicamente, emerge un jugador estrella dispuesto a desafiar el orden establecido y demostrar que el liderazgo no es un derecho colectivo, sino una conquista individual. Aunque la leyenda proclama que nadie está por encima del club, la historia del Real Madrid está plagada de figuras que intentaron reescribirla, con resultados diversos. El artículo de El País destaca que Vinicius Júnior se inscribe en una larga tradición de jugadores inconformistas, donde también figuran Cristiano Ronaldo y Sergio Ramos, este último convertido en símbolo de resistencia. Todo apunta a que Xabi Alonso deberá asumir un rol dual, ejerciendo tanto de técnico como de figura paterna, tarea para la que nadie está completamente preparado. A veces, más que domar al caballo salvaje, es más efectivo acompañarlo sin caerse, o al menos aparentar que se tienen las riendas.



