Israel Tolentino
Hay algo de mágico en la historia que se tiene con los libros, con objetos similares. Los libros son contenedores mágicos que se descubren en algún momento de la madurez mental. Revistas como Kalimán, Orión, Águila solitaria… Fueron las primeras que leí estando en primaria. En casa del abuelo Miguel, había una biblioteca inmensamente rica para un colegial que se inicia en la lectura, hermosos ejemplares de pasta dura, buen papel, fotografías e ilustraciones a color. Abriendo muchos de ellos encontraba el sello de la abuela Olga, maestra y directora en la escuela de mujeres del pueblo, a ella, que nunca conocí, la experiencia de abrir cada ejemplar era encontrarla, viajar en el tiempo y acercarnos por intermedio de ese objeto: la Enciclopedia británica, Biografías de personajes que forjaron el siglo XX, El tesoro de la juventud.
Recuerdo a mamá comprando diccionarios y literatura hispanoamericana de la editorial Oveja negra y la biblioteca de tía Juanita, con una completa colección de Grandes aventuras, en esa editorial, con títulos negros sobre fondo dorado y las imágenes con efecto cinematográfico. La tía abuela Nadab, coleccionaba la revista “selecciones. Reader´s Digest”. Este acercamiento, me llevó a coleccionar el diccionario “Espasa Calpe” que salía con la revista Gente, viajando de Ambo a Huánuco para comprarlos. Cuando hace años regresé al lugar del puesto de la viejita que me guardaba la revista, ella ya había fallecido.

En el primer gobierno del APRA salía un diario llamado La Tribuna, donde haciendo malabares, compraba uno y guardaba el flaco regalo que traía. Guardo “El caballero carmelo y otros cuentos”, por esos inexplicables caminos de la vida, el cuento La psicología del gallinazo quedó prendada en mi cabeza, muchísimos años luego, escribiría una monografía. “El gallinazo limeño: iconografía pictórica”.
Acabo de recordar que la historia de la primaria se cerró con la visita al Convento de Ocopa, códices mostrados por un prior con larga barba y traje blanco, recuerdo el calor del ambiente y los millares de códices y, el regalo de mi profesor Eliseo, fallecido injustamente hace poco: Pecos Bill.

Estando en secundaria, cierta mañana, me buscó el escritor Andrés Cloud, era amigo de tía Nadab y colaborando con su campaña de donación para la biblioteca de Ambo, trajo algunos libros. Me regaló: “Usted comadre debe acordarse” y “Don Julián de los gentiles”. Amargamente, me acerco a la biblioteca personal y no encuentro estos ejemplares y un nudo se forma en la cabeza, pequeñas joyas que me han acompañado siempre, extraviadas en las múltiples mudanzas. En esos días, pedir autógrafos no era parte del protocolo.
Vacacionando en Huánuco, viendo a Samuel Cárdich, le perseguí varias cuadras, parándole en seco le pedí autografiara una publicación donde él era parte. En Huánuco aprendí a buscar la revista “Kotosh” y en esa búsqueda, una vez le compré a un viejito “Portentos del Ande”, al preguntarle sobre el libro, dijo: soy el autor. Conversamos un poco más, le pedí un autógrafo, nunca más volví a encontrar a don Eleazar Romero Ronquillo.

Lima fue un inagotable develamiento libresco, sobre todo el “Bazar suelo”, gastarme la semana comprando un catálogo sobre Gerardo Chávez (1995) o una publicación universitaria sobre el centenario de César Vallejo al valor de un sol (1992). Por esos años, encontré “Malos tiempos” y “Hora de silencio”. De esa intensa juventud, el autor del libro se convirtió en compañía. Sin darme cuenta, pedir dedicatorias se volvió ritual; debo poseer muchos libros firmados por don Pablo Macera.
Vivo hace tres años en Pozuzo y vuelvo a encontrar el calor de hogar que una biblioteca proyecta; descubrir que las bibliotecas, por sencillas, son santuarios. En el caso de la biblioteca del colegio Túpac Amaru de Pozuzo, la señora Norita Bottger es la persona maternal, quien con vocación ha hecho de ese sencillo espacio el corazón para los estudiantes; su gentileza mediadora ante el encuentro con un autor.

Cuida cada libro, numerosos estudiantes se acercan a pedir préstamos; anilla cuadernitos con hojas recicladas, muestra una pequeña colección de objetos de las familias del pueblo, alberga maquetas realizadas por los estudiantes, hace el papel de “extra” cuando su Biblioteca, sirve de locación, sobre todo, para rondar el espacio.
Una biblioteca tiene la personalidad de su bibliotecaria, en ese menester, momento en que un estudiante descubrirá su vocación literaria. Norita Bottger vino desde Oxapampa a estudiar a Pozuzo, ella recuerda, que desde el 29 de mayo de 1999 custodia este espacio. (Pozuzo, octubre 2025).




