Arlindo Luciano Guillermo
Hace algunos años, un “amigo director” de un colegio religioso prohibió tajantemente que mis columnas de opinión periodística fueran leídas por los estudiantes de cuarto y quinto de secundaria, quienes debían ejercitar el pensamiento crítico, intentar la escritura de textos argumentativos y la toma de decisiones. Cuando el profesor del curso pidió una explicación, le dijo: “Porque son de Arlindo Luciano”.
Al “líder pedagógico”, lo veo esporádicamente en la calle o en un evento cultural y lo saludo cortésmente como debe ser. ¿Cuáles fueron las razones de la censura? No lo sé, tampoco me interesa. Yo sigo haciendo lo que debo hacer: leer y escribir con responsabilidad y necesidad de comunicar lo que pienso, veo, supongo, creo, siento y sé. Lo demás es tarea del lector.
El tantas veces nombrado Autopsia de Huánuco de Esteban Pavletich apareció hace 88 años. Huánuco no es el mismo. Esa “hoja de ruta” o “programa de políticas regionales” aún reclama demanda. Huánuco tiene 11 provincias, presencia de instituciones del Estado, tres universidades licenciadas, variopinta demografía, asociación de empresarios, inversiones económicas y centros comerciales. La columna periodística La filosofía del mashcullo de Roel Tarazona se publicó, hace 39 años, en la revista Perú de Hevert Laos Visag, el 6 de junio de 1986. Los textos revelan defectos éticos y comportamientos socioculturales muy particulares de los huanuqueños. En el primero, se advierte una parálisis económica y la indiferencia ciudadana para fomentar desarrollo y bienestar. En el segundo, se tipifica una actitud deleznable en el ciudadano huanuqueño: la envidia perniciosa como tara moral, que se compara con un insecto depredador: el mashucullo. ¿El ciudadano huanuqueño sigue siendo como lo percibieron Pavletich y Tarazona Padilla? Las respuestas dependerán de la perspectiva personal y la investigación sociológica y antropológica. Huánuco no es ni será nunca más una aldea provinciana, sino una ciudad cosmopolita que crece desproporcionadamente por los cuatro puntos cardinales. Nací en Huánuco, la quiero a mi modo, aquí vivo, me reproduje y moriré.
El viernes 3 de octubre se presentó, en la municipalidad provincial, el libro Historia del periodismo en Huánuco de Manuel Nieves Fabián. Yo asistí por tres razones: reservé un par de horas de mi rutina cotidiana para involucrarme en actividades culturales que nunca faltan en Huánuco, la curiosidad por conocer la sistematización de la historia del periodismo en Huánuco y mi “incursión advenediza” en el periodismo escrito. Al finalizar la jornada cultural, Lincoln Díaz Marcellini, director y editorialista de Página 3, me dijo: “Este año me has abrumado con elogios y reconocimientos”. Sonreímos. “Lo que me vayan a dar, que me lo den en vida”, le respondí como el Gran Combo de Puerto Rico. Recuerdo lo que siempre les digo a Hevert Laos y Rubén Valdez: “Ahora es el momento”. Los muertos no sienten, no escuchan elogios, no tienen olfato para rosas, no ven multitudes ni ausencias. Aún la cultura del reconocimiento -a veces plasmada en hoja de bond A4, medalla de latón, resolución, tarjeta, etc., que no necesita ingente presupuesto, sino voluntad y actitud de desprendimiento- es mezquina, carente de decisión, con cataratas en los ojos, oídos taponeados con cerumen y cacosmia enajenante. Lo que se evidencia en Huánuco es el desprecio por el mérito, el talento y la libertad de opinión. Cuando Omar Majino me informó que debía recoger una resolución de felicitación, en la UNDAR, por haber publicado en la revista Rodolfo Holzmann, le escribí: “¡Aún no he muerto!”.
El ciudadano huanuqueño tiene una etiqueta que exhibe en el carácter y la actitud: “mashcullo”. Se usa cuando alguien formula una crítica -fundada o, en realidad, solo para dar la contra- sobre algo o alguien. También se interpreta como un acto envidioso, de oponerse deliberadamente para que el proyecto o la iniciativa no prospere; si fracasa, mejor. El huanuqueño es criticón, abyecto, egoísta, que vive pendiente a quién “le sale bien las cosas” para cuestionarlo con vileza y maledicencia. Así -de ser cierto-, con esta personalidad caminamos por las calles, asistimos a fiestas, misa y al trabajo. ¿Merecemos este adjetivo infame y desagradable? La envidia es universal. Aquí, en Kichki, en Londres, en Macondo o Comala y en la Cochinchina existen envidiosos que se camuflan de chistosos y cuentacuentos, asolapados y encubiertos con traje sport. La envidia no es un pecado capital, pero es pecado. Los envidiosos no están en ningún círculo del Infierno, sino en la segunda cornisa (o nivel de la montaña escalonada) del Purgatorio de Dante Alighieri. “Estaban cosidos sus ojos con alambres de hierro, como a los halcones, porque en vida miraron con envidia el bien ajeno”. En el Libro II de Metamorfosis de Ovidio, la Envidia (con mayúscula) vive en un “palacio sucio de negra sangre”, se “oculta en las profundidades de un valle, su casa privada de sol, no accesible a ningún viento, triste y repleta de un frío entumecedor y que siempre está vacía de fuego y siempre llena de brama”, come “carne de víbora, alimento de sus venenos”, “nunca es recta su mirada”. Minerva le pide que envenene a la princesa ateniense Aglauro por haber intercedido el romance entre Hermes y Herse y haber envidiado a su hermana. Quedó convertida en una roca. Los casos de Abel y Caín, José y Saúl, en el Antiguo Testamento, son emblemáticos sobre la envidia. José Ingenieros, en El hombre mediocre, dice: “Envidiar es una forma aberrante de rendir homenaje a la superioridad”. El envidioso mira de reojo, no se atreve a mirar de frente, ataca disimuladamente, no avisa, es cobarde. La envidia es la celebración del mérito ajeno que no se podrá alcanzar; el elogio que se murmura, en silencio y entre dientes, del triunfo diario. Quien envidia el talento de otro reconoce furtivamente limitaciones intelectuales. En Huánuco, es evidente la mezquindad con el reconocimiento de ciudadanos que aportan con su actitud personal y profesional.
Quien envidia es un roedor del éxito, del mérito y de los triunfos. No existe “envidia sana”, esta sutilmente anhela el talento y la virtud que no posee ni exhibe ni disfrutará. Envidiosos, chismosos, soberbios y practicantes compulsivos de los “siete pecados capitales” existen aquí y en todos los lares del mundo, excepto en el Paraíso donde dicen que la felicidad es perfecta. Es tiempo de sacudirse seriamente de la imputación pública de mashcullo. En una oportunidad, antes de la pandemia del Covid-19, en el bar El Galeón del Gran Hotel, con la atención de Mashico, Hevert Laos, Eriberto Sacha Sánchez y yo bebimos harta cerveza. Antes de perder la razón y la consciencia, cogimos una hoja de papel y un bolígrafo negro y redactamos un acta. Nos pusimos de pie y empeñamos el honor. Solo había una cláusula: “Juramos matar todos los días al mashcullo que llevamos dentro”. Estampamos nuestras firmas. El acta se extravió como nosotros ese sábado de gloria. ¡Promesa de borrachera! Yo me esfuerzo por ser cada vez menos envidioso, “menos mashcullo”. No sé si los otros dos hagan lo mismo. Cuando los veo, me dicen: “¡Ahí vamos, compadre shucuy!” La clave personal para superar eficientemente el “trauma psicológico de la envidia” es la práctica consciente de la asertividad, la cultura del reconocimiento, la valentía para reconocer que alguien puede hacer mejor las cosas y la resiliencia.




