LA LAGUNA VIÑA DEL RÍO

 Jacobo Ramírez Mays

La Laguna Viña del Río no es cualquier charco ni un hueco con agua estancada. Es un espacio vivo, un pulmón que Huánuco heredó gracias a la visión de un alcalde con nombre y apellido: Gustavo Soberón. Un día, ese hombre decidió darle otra cara a un rincón olvidado de la ciudad, tomó las aguas del río Higueras y las direccionó para que corrieran dentro de un espejo que reflejara árboles, aves y niños. Así nació la laguna; un respiro verde en medio del polvo y el ruido.

Muchos crecimos ahí. Yo, con mi hermano, la miraba como si fuera un mar lejano y misterioso; con mis patas, todos galasiquis, nadamos ahí. Corrí entre sus árboles como si fueran columnas y me creí atleta, guerrero y navegante. Años después, regresé y la vi distinta, con ancianos haciendo ejercicios a su alrededor, niños sacando pececitos para criarlos como si fueran joyas, aves descansando como si hubieran hallado un santuario en medio del cemento. Esa laguna no es un parque cualquiera, es memoria, pulmón, risa y vida.

Hoy quieren matarla y lo peor, con un disfraz perverso llamado «mejoramiento». El gobernador regional ha anunciado un proyecto de casi 30 millones de soles, sí, amigos lectores, treinta millones, para levantar lo que en realidad sería un ataúd de concreto. Con el cuento de «ponerla bonita» se pretende enterrar árboles, callar aves y ahogar la vida bajo un piso de cemento que servirá para la foto oficial, para el TikTok de campaña y para el anuncio hipócrita en las redes sociales.

Por si alguno cree que exagero, los medios informaron que la licitación la ganó un único postor. Uno solo, qué conveniente, ¿no? Como si treinta millones fueran propina, como si la laguna estuviera en subasta privada y no en el corazón de la ciudad.

Los técnicos que saben de agua ya lo advirtieron; esa obra no solo amenaza árboles y aves, también puede colapsar el ecosistema entero. ¿Qué quedará? Un charco de mosquitos, calor y olor a sumidero disfrazado de modernidad. Porque donde manda cemento no crecen ni flores ni recuerdos.

Y aquí viene lo más podrido: no hay consulta ciudadana, no hay transparencia, no hay diálogo. Todo a la espalda de la gente, todo armado en oficinas con aire acondicionado donde se reparten planos y comisiones como si fueran tajadas de polladas bailables. Los que deberían cuidar se convierten en ratas de corbata: roen presupuestos, mastican futuro y se cagan sobre la memoria huanuqueña.

Para mí y para muchos, este proyecto no es un mejoramiento, es un crimen ambiental con sobreprecio. Si dejamos que avance, mañana no habrá árboles donde sentarse a conversar, ni pájaros que alegren el amanecer, ni carreras mañaneras alrededor de la laguna. Solo quedará cemento caliente, mosquitos en bandada y la sonrisa fingida de los que se llenaron los bolsillos. Y cuando todo esté muerto, vendrán las placas de bronce: «Obra inaugurada para el desarrollo de Huánuco». Qué sarcasmo más doloroso.

La Laguna Viña del Río no necesita maquillaje de concreto, necesita agua limpia, cuidado, vigilancia y respeto. Necesita que los huanuqueños la defiendan como se defiende a una madre; porque esa laguna es madre, nos dio aire, sombra y juegos cuando no teníamos nada. Si dejamos que la maten, seremos cómplices del crimen y peor aún, cuando nuestros hijos pregunten qué hicimos, no podremos decir que luchamos; solo bajaremos la cabeza como perros avergonzados.

Que esta herida nos sirva de memoria y que la próxima vez que aparezca un candidato con sonrisa de actor barato prometiendo cuidar el medio ambiente, no le aplaudamos. Bajémosle el pantalón ahí mismo para ver si tiene cola de rata; porque a los regalones que se disfrazan de Papá Noel les encanta esconder tijeras detrás del saco rojo: con una mano reparten juguetes, con la otra cortan árboles. La Laguna Viña del Río nos pertenece y quien la toque con fines de lucro, que cargue en su conciencia el peso de haber matado un pedazo del alma de Huánuco.

Las Pampas, 25 de setiembre del 2025