El fútbol, a menudo considerado un espejo de la sociedad, rara vez refleja historias tan singulares como la de Jorge de Frutos. Su ascenso a la selección española absoluta, desde un pueblo de apenas 92 habitantes, Navares de Enmedio, en Segovia, desafía las estadísticas y se convierte en un relato de perseverancia. La velocidad del extremo del Rayo Vallecano, determinante en el inicio de la temporada, no pasó desapercibida para Luis De la Fuente, seleccionador nacional. Su debut como internacional representó un hito para su comunidad y para la llamada **España vaciada**, territorios a menudo olvidados por los focos mediáticos. El propio jugador expresó su orgullo al representar a su pueblo y a Segovia, consciente de la dificultad que implica llegar a la élite desde un entorno tan pequeño.
El caso de De Frutos es una excepción estadística, según el reportaje de El País. La probabilidad de que un jugador alcance el nivel internacional desde una localidad tan reducida es ínfima. De Frutos, sin embargo, logró superar esta barrera gracias a su trabajo, constancia y, como él mismo reconoce, una dosis de suerte. En su infancia, las opciones para practicar fútbol eran limitadas: apenas cinco niños en el pueblo para formar un equipo. Los torneos de verano, con la llegada de visitantes desde Madrid, eran la única oportunidad de disputar partidos de fútbol sala.
La vida en Navares de Enmedio moldeó su carácter y le proporcionó una “formación atípica”. Mientras sus padres atendían el bar del pueblo, De Frutos se desenvolvía entre fogones y partidas de cartas con los mayores. Esta experiencia le inculcó valores como el trabajo y el respeto, fundamentales en su trayectoria. Su camino hacia la élite no fue lineal. Hasta los 14 años, se dedicó exclusivamente al fútbol sala. Su incorporación tardía al fútbol 11, en el Sepúlveda, y posteriormente en el Cantalejo, le obligó a acelerar su aprendizaje. Una prueba en el Rayo Majadahonda le abrió las puertas de la cantera, donde su velocidad y conducción llamaron la atención de Antonio Iriondo, entrenador del primer equipo. Iriondo, clave en su desarrollo, le proporcionó las herramientas tácticas y conceptuales que le faltaban, transformándolo en un futbolista completo. La “paciencia en el área” fue uno de los conceptos más importantes que aprendió, gracias a métodos poco convencionales como sesiones de yoga y música clásica.
Tras su paso por el Rayo Majadahonda, De Frutos fichó por el Castilla, filial del Real Madrid. Aunque no llegó a debutar con el primer equipo, considera su paso por el club blanco como un aprendizaje valioso. Posteriormente, jugó cedido en el Valladolid, en Primera División, antes de consolidarse en el Levante y fichar por el Rayo Vallecano. La llamada de la selección española le sorprendió en casa, junto a su mujer y su hijo. La noticia, comunicada por David Cobeño, director deportivo del Rayo, desató la emoción familiar y le impulsó a viajar inmediatamente a Las Rozas, centro de entrenamiento de la selección. A pesar de los nervios, se integró rápidamente en el grupo, gracias a la presencia de compañeros conocidos como Porro, Morata y Olmo. Su debut como internacional llegó jugando de falso nueve, una posición en la que ya había demostrado su capacidad para generar espacios y marcar goles. Su polivalencia táctica, desarrollada bajo las órdenes de Iñigo Pérez en el Rayo, le ha convertido en un jugador valioso para Luis De la Fuente. La confianza en la “filosofía de juego arriesgada” del entrenador, basada en la presión alta y la salida de balón desde atrás, ha sido clave en el éxito del Rayo y en su propia convocatoria a la selección. La capacidad de Iñigo Pérez para analizar a los rivales y transmitir sus ideas al equipo ha generado una confianza mutua que se traduce en resultados sobre el terreno de juego.




