Arlindo Luciano Guillermo
Los partidos de fútbol se ganan con goles. Eliminado fácticamente del mundial 2026. Tres a cero en el Centenario de Uruguay, Ibáñez (nunca fue a un mundial) y Bielsa (estuvo dos veces), 11 a 11, con gigantes ventajas para los celestes y una realidad que revienta en la cara de la blanquirroja. ¿Alguien creyó que empataríamos o ganaríamos a Uruguay? Ni un solo gol de visita, tres entrenadores, sin Cueva, por indisciplina, Guerrero con cuatro décadas encima. Es entendible que el repechaje hubiera sido agonía o estrés al borde de la cornisa. A Rusia no clasificamos directamente, tuvimos que ganar a Nueva Zelanda en la repesca.
El problema no es el cambio de entrenador. Con los mismos jugadores, sin relevos idóneos ni oportunidades para los jóvenes (16 a 20 años), la clasificación a EE. UU. estuvo tan lejos como la distancia de la Tierra al Sol. Seguiremos así, si no surgen jugadores de talento, actitud responsable, sin narcisismo mediático, con “visión de competencia mundial”, mentalidad de ganador, resiliencia y alta autoestima. Un jugador peruano no puede asustarse cuando aparece Messi, Neymar o Lautaro Martínez. Solo talento no basta para ser exitoso, también equilibrada salud mental. Talento sin gestión de emociones es fracaso o resultado precario. Cueva, en el 2030, siguiente mundial, tendrá 39 años. Jairo Concha, jugador de Universitario, frisará los 31. Los adolescentes jugadores de la sub 17 tendrán 21, en la plenitud de desarrollo de su talento y fortalecimiento de su personalidad para competencias internacionales. José el Tunche Rivera gozará 33; Paolo Guerrero, 46. Perú no está en dos mundiales consecutivos. La historia dice que regresó al mundial después de dos largas ausencias: una de 40, otra de 36. Perú campeonó en 1975 en la Copa América. Óscar Ibáñez recibió no un equipo agónico, sino un cadáver listo para ser introducido al ataúd; en Uruguay se firmó el acta de defunción. Ante el caos político e instituciones vulnerables, el repechaje hubiera sido una antalgina necesaria.
Reinoso, Fossati ni Ibáñez son magos ni chamanes. Una vez más, los dirigentes de la FPF vendieron humo, con notables incompetencias, performance pigmea e improductividad. En 17 partidos jugados, Perú solo acumuló 12, por encima de Chile, que tiene 10. Ibáñez es un mártir cristiano en los tiempos de Nerón en Roma. No se podía esperar milagros, alquimia ni hazañas homéricas. Le dieron una selección de fútbol sin chances de ganar partidos fuera del Perú, sin opciones para ir al mundial. Hizo lo que tenía que hacer: jugar con dignidad y esperanza. El último partido con Paraguay en Lima será una cuestión de honor. Ganarle es una victoria aritméticamente innecesaria. Al 2030, faltan 5 años, un quinquenio para identificar, seleccionar honestamente, preparar para competencia y disciplina a los jóvenes de las divisiones menores. Es la solución a mediano plazo. De ahí deben salir los Cubillas, Cueva, Cueto, Guerrero, Sotil, Uribe. Lo ideal es que la sub 20 de hoy sea el eje; ellos tendrán 25 años, la plenitud de la juventud futbolística para las eliminatorias del mundial 2030. ¿Dónde está otro Gallese o Paolo Guerrero? Es cuestión de paciencia y sensatez para encontrarlos. No solo es Alianza Lima, Universitario o Sporting Cristal. Perú únicamente ganó en Lima a Uruguay y Bolivia. Vivimos -como después de la guerra contra Chile, repleto de dignos héroes que no ganaron batallas decisivas, pero inmolaron sus vidas- de febriles nostalgias, de ídolos y épocas de gran fútbol, que terminaron en cuartos u octavos de final en un mundial. Méjico 70, con el brasilero Didí, Cubillas y Sotil, fue el mejor momento internacional del fútbol peruano. En Brasil y Argentina aparecen jugadores de competencia, altísima cotización en el mercado deportivo, que juegan de titulares en ligas de Europa. Después de Hugo Sotil, que jugó en el Barcelona de España, qué otro jugador peruano integra la oncena que dirige hoy el alemán Hansi Flick. Claudio Pizarro (46) jugó en Bayern de Múnich; Nolberto Solano (50), en Boca Juniors de Argentina; ninguno de ellos fue a un mundial. Es un indicador de exportación de talento futbolístico. En el fútbol, no se gana con sentimientos, sino con goles, estrategias y liderazgo inspirador. Los “cuatro fantásticos” y la polca Perú campeón son memoria histórica; Aladino canta feliz en conciertos el Cervecero.
Solo paciencia y decisiones correctas y responsables. El mundial 2030 está a cinco años. El recambio generacional es un imperativo impostergable. El trabajo oportuno en las divisiones menores, localizar talentos, no solo en clubes de Lima, sino también en provincias, donde existen jóvenes que juegan, que pueden estar a la altura de una selección de fútbol competitiva y efectiva para ganar un cupo para el siguiente mundial, no en repechaje, sino en el proceso de eliminatorias. Si va a persistir tercamente la “atávica argolla de técnicos y dirigentes deportivos” y la desidia por las canteras deportivas de niños y jóvenes el fútbol seguirá siendo una ilusión perdida o un debut y despedida de cualquier certamen sudamericano e internacional. Soy testigo de la macrorregional de futsal de los Juegos Deportivos Nacionales. Veo a estudiantes con talento y habilidades futbolísticas. ¿Llegarán a algún club de fútbol profesional o ser convocados a la selección de fútbol? De Huánuco son pocos los futbolistas que integraron la selección: Irving Ávila, Anderson Santamaría, Johan Fano; dejamos de contar. Nilton Ramírez (19), de Alianza Universidad, fue convocado por Chemo del Solar, pero no asistió al sudamericano sub 20 en Venezuela (2025). ¿Por qué se le desconvocó? Perú fue a los mundiales de Uruguay (invitado, sin eliminatorias, 1930) Méjico (1970), Argentina (1978), España (1982) y Rusia (2018); Uruguay fue 15 veces. Eso es competitividad y resultados medibles; lo demás es fantasía y sahumerio de octubre.
El fútbol es un buen momento para vivir en comunidad, gritar un mismo eslogan, exhibir los colores nacionales, no hay distingos políticos e ideológicos. Las derrotas justas o inmerecidas y expectativas hechas trizas provocan frustración y enojo popular. Es la segunda vez continua que no iremos al mundial. Hay que levantar cabeza, asumir responsabilidades, poner los pies sobre la tierra y diseñar la ruta para el 2030. Tenemos cinco años para trabajar, planificar, organizar y ejecutar el plan de acción sin apasionamiento, sin corrupción, con alternancia en el poder directivo, sin preferencias personales. Las próximas eliminatorias nos deben encontrar con un equipo técnico sólido, efectivo y sostenible, capaz de enfrentar desafíos y asumir responsabilidades. El fútbol acaba en 90 minutos, se disputa con 11 jugadores y un estratega. Sin Perú en el mundial, no queda otra que ver a otros equipos y jugadores con resignación y estoicismo, sin renunciar a la alegría y entusiasmo deportivos. A Rusia 2018, ingresamos por la ventana del repechaje; quisimos hacer lo mismo para EE. UU., pero el tiro salió por la culata.




