El planeta atraviesa una etapa de redefinición histórica, presidida por Estados Unidos y China, que imponen su dominio y desafían la forma en que se concibe el poder en el siglo XXI. Mientras la fuerza y el pragmatismo desplazan a la diplomacia multilateral, el escenario se torna cada vez más polarizado, dejando al resto de países ante la disyuntiva de someterse, resistir o reinventarse. La reciente escalada, con Donald Trump impulsando una agenda sin precedentes de “América Primero” y la tecnología china empujando el límite de la innovación, pone de relieve una realidad tan cruda como determinante: las dos mayores potencias mundiales dictan hoy el ritmo del nuevo orden global.
Guerra arancelaria convertida en revulsivo global
En los primeros meses de 2025, la rivalidad comercial alcanzó proporciones inéditas. EE. UU. impuso aranceles universales del 10% a todas las importaciones y luego un 145% específico para China, mientras que Pekín respondió con aranceles del 125% a productos estadounidenses y limitó el acceso global a minerales estratégicos esenciales. Esta cadena de sanciones y contrasanciones ha trastocado las cadenas de suministro, la manufactura global y el precio de bienes básicos y tecnológicos, afectando severamente a consumidores y productores alrededor del planeta. No obstante, la presión internacional llevó a la mesa de negociación un acuerdo histórico: ambos países decidieron a mitad de año recortar los gravámenes, EE. UU. del 145% al 30% y China del 125% al 10%, reduciendo tensiones pero consolidando el poder de ambos como jugadores insustituibles.
Dominio militar y tecnológico: Dos formas de liderazgo
El músculo de estas potencias no solo es económico; abunda también en logros militares y tecnológicos. Estados Unidos ostenta su hegemonía a través de un gasto militar insuperable y la supremacía de consorcios tecnológicos como Nvidia y Microsoft, superando cada una el umbral de los cuatro billones de dólares en bolsa. China no se queda atrás: su industria, subsidiada masivamente, moderniza a toda velocidad el complejo militar-industrial, mientras su vanguardia tecnológica –como el modelo de lenguaje DeepSeek o los avances en vehículos eléctricos, chips y ciudades inteligentes– amenaza con igualar e incluso superar el liderazgo occidental en campos críticos.
El más reciente índice del Belfer Center de Harvard señala que, en biotecnología, inteligencia artificial y semiconductores, el pulso es cada vez más parejo. China lidera ya en producción industrial avanzada y toma el control sobre la cadena de suministro global de componentes vitales, mientras que EE. UU. sigue al frente en ciencia biomédica y satélites, aunque se advierte que la brecha se acorta mes a mes.
El impacto mundial: De Europa a América Latina
El paso firme de EE. UU. y China deja a la Unión Europea, India, Rusia y América Latina en posiciones de reactores más que de actores centrales. Europa, aunque suma un PIB similar al de China, carece de cohesión política y de poder disuasivo propio, dependiendo todavía del paraguas de la OTAN y las directrices de Washington. Rusia resiste solo gracias al apoyo comercial chino; la India progresa a nivel demográfico y económico pero su dependencia tecnológica persiste; y América Latina, liderada políticamente por Brasil, sigue fragmentada e incapaz de proyectar un frente común ante la nueva bipolaridad global.
El futuro: ¿Bipolaridad permanente o multipolaridad emergente?
Expertos como Manuel Muñiz y Rafael Dezcallar advierten que el mundo enfrenta no solo una nueva era de realpolitik, sino también un duelo de modelos. Para China, el reto es cambiar el orden internacional, moldeando reglas propias que compitan con las occidentales. La perspectiva dominante actual dibuja un “G-2”, pero a mediano plazo podría emerger una arquitectura de cuatro polos, incorporando a la India y la Unión Europea, siempre que logren forjar una integración real y sostenida.
Dicha evolución dependerá, sin embargo, de variables de largo alcance: el envejecimiento chino, la resiliencia de alianzas estadounidenses, la innovación estrictamente nacional, y las eventuales crisis internas en ambos países. Así, la supremacía actual es contundente pero no irreversible. El escenario está abierto, y aunque Estados Unidos y China encarnan hoy las dos vigas maestras del sistema internacional, los próximos años definirán si el mundo asume finalmente un nuevo diseño multipolar, o si la competencia –económica, militar y normativa– entre Washington y Pekín seguirá marcando el pulso planetario.




