97 PÁGINAS DE LECTURA, 97 POR CIENTO DE DESAPROBACIÓN

Por: Arlindo Luciano Guillermo
No le echo maldiciones ni desgracias a la presidenta Boluarte; eso empeoraría más la situación del Perú, de las 24 regiones y de miles de distritos y caseríos. Es peligroso que el pueblo no le crea a “su presidenta de la república”. Cuatro horas y 11 minutos de discurso. ¿Existe un peruano, prendido del televisor o del celular, que haya escuchado atentamente o distraído 251 minutos a Dina Boluarte? A un estudiante se le diluye rápidamente el interés y la atención de las clases. El docente tiene que activar motivación creativa. ¿Por qué el afán de hablar cuatro horas? En 30 minutos se puede comunicar al país lo que debe hacer la presidenta en los siguientes 12 meses cuando deje palacio de gobierno. Cifras más, inventario de logros, rendición de cuentas. Mucho ruido, pocas nueces. La realidad del Perú es otra: feroz, despiadada, que solo se alivia con un desfile militar en la avenida Brasil, abarrotamiento de gente en las tribunas y pasacalle folclórico; luego regresamos a la triste situación de inseguridad ciudadana y zozobra habitual de ciudadanos, comerciantes y empresarios. Callar deliberadamente es complicidad y solipsismo.

Lo mínimo que hace un gobernante, que sabe de su desaprobación, es la autocrítica y la indulgencia, un mea culpa sincera, poner las barbas en remojo. Qué genial hubiera sido si Dina Boluarte dijera cosas concretas: “Renuncio a los 35 mil soles de sueldo porque no me lo merezco, les pido disculpas por mi actuación errática y una oportunidad para corregir mis desaciertos y prometo responder las preguntas de los periodistas sin despreciarlos ni desairarlos. Lo de mi hermano Nicanor, mis frivolidades, las 50 muertes en el sur y la captura de Vladimir Cerrón es trabajo de la PNP, Ministerio Público y Poder Judicial”. Yo sería el primero en aplaudir esos gestos políticos. La soberbia es pésima consejera. ¿Qué impacto habría tenido en la opinión de los ciudadanos? Seguro que se valoraría ese acto de rectificación y humildad. Un político está a leguas de la práctica de estos valores éticos. Reconocer errores no es cobardía ni colocar mansamente el cuello en la guillotina, sino una ocasión para admitir que somos imperfectos, perecibles y aves de paso en el poder. Empatía y comunicación efectiva son pilares estratégicos para los gobernantes; nadie gobierna con los labios cosidos, tuerto ni con corazón de piedra.

Para tirios y troyanos -excepto allegados y cortesanos de Dina Boluarte- el discurso de Fiestas Patrias ha sido vacío, tedioso, intrascendente. Esperar un giro político de timón, de gestión y comunicación gubernamental es una ilusión. A Boluarte solo le queda gobernar con el apoyo del parlamento y en piloto automático hasta el 28 de julio de 2026. Qué sucederá el 29 de julio con ella, no lo sabemos. Eso sí, debe garantizar elecciones transparentes, sin interferencia ni fraude electoral. Leyó 97 páginas, sin un ápice de introspección. Dijo que, sin ella, el Perú sería un caos, con vacío de poder e ingobernabilidad. Es la presidenta del 3% de aprobación ciudadana. ¿La gestión de Boluarte es perfecta, inmune al error, vacunada contra la equivocación? Ni el jalón de orejas del cardenal Carlos Castillo la ha conmovido. Fuera de la catedral, el contexto es otro: policías y manifestantes en batalla campal. Cuando en política no se escucha activamente, la ruta es el despeñadero y la crisis. Es inadmisible un gobernante mudo, preso en palacio de gobierno, sin conversar con periodistas ni el aprecio del pueblo. Democracia es libertad de expresión. Comunicar es deber del gobernante. Las encuestas miden el desempeño. El control de la inflación y la estabilidad monetaria es un éxito plausible del BCR y no del gobierno ni del MEF. Un político sin escrúpulos se adueña de resultados ajenos. La victimización y considerarse chivo expiatorio son estrategias de doble filo; a veces se convierte en un búmeran. El derecho a la información no se restringe. El ciudadano que ejerce un cargo público se somete al escrutinio de la prensa y del cuestionamiento ciudadano. La crítica ciudadana es un derecho y una necesidad. La tolerancia permite aceptar la diferencia, no el exceso ni la tropelía.

La esperanza es que el 28 de julio de 2026 tendremos otro presidente de la república y bicameralidad. Si elegimos con vendas en los ojos, tendremos más de lo peor. Es momento de asumir una responsabilidad cívica y votar por un candidato responsable, que no mienta compulsivamente, que ofrezca lo que va a poder cumplir. Creo que sí es posible. Algunos miles de jóvenes van a sufragar por primera vez. Los que hemos emitido voto varias veces ya sabemos de qué pie cojean los candidatos. Para Dina Boluarte, el Perú es el país de las maravillas, todo “paz y felicidad”; aquí no pasa nada. Cuando salimos a las calles, la realidad es horrorosa, sin saber si vas a regresar vivo a tu casa. El sermón en la catedral de Lima ha girado en torno a la reflexión política -¿”cardenal Castillo es un caviar”?-, la ética y la vocación de servicio. La presidenta ha escuchado atentamente. “El pueblo percibe que son pocos los que actúan por vocación de servicio y observa con claridad que el espíritu mafioso se ha apoderado de nuestros corazones”. ¿Tomará en cuenta esta exhortación la presidenta Boluarte y los políticos de turno y los que vendrán?

No deseo sinceramente que al Perú le vaya mal ni sea una anarquía. Quisiéramos vivir en paz, trabajar dignamente, ver a nuestros hijos crecer y hacerse adultos, atender nuestras urgencias, envejecer serenamente. Abuchear, pifiar o insultar es comprensible, pero injustificable; la desilusión, frustración e indignación son mayúsculas, a veces descontroladas, pero no resuelven problemas ni proponen soluciones. Un gobernante tiene que demostrar que es falible, que se puede equivocar. El gobierno de Boluarte tiene serias carencias, debilidades de gestión y habilidades políticas, desconexión con la ciudadanía, desaprobación, soberbia e incompetencia para asumir responsabilidades. La única autora de lo que ocurre en el Perú es la presidenta, no los periodistas, los caviares, los protestantes, la oposición congresal ni las instituciones autónomas; sus decisiones tienen consecuencias legales en la historia y en la memoria colectiva. ¿Qué dirán sobre el gobierno de Boluarte los estudiantes en la escuela y en la universidad? ¿Cómo la recordarán los libros de historia? La realidad aplasta al discurso de Boluarte, sus palabras no tienen crédito ni reconocimiento. El cardenal Castillo hizo escuchar a Dina Boluarte: “Ser dirigente no es actuar como un simple y triste funcionario lleno de criterios superficiales, frívolos y banales, ni distraerse en cosas de poca monta”. Los gobernantes pasan, el poder es ilusión momentánea, la ebriedad política se convierte en menosprecio; lo que hace un gobernante por el bienestar de los ciudadanos queda para siempre. Saber elegir correctamente a los gobernantes es una tarea personal del ciudadano. ¡Dos o más veces no debe patear el burro!