Un nobel para el vagabundo

Por: Clider Luis Marchand Laureano
Sería extraño que un vagabundo reciba un Nobel, pero sucedió en 1962. La academia sueca, en una decisión polémica (bueno en ese tiempo no imaginaron que en 2016 se lo darían a Bob Dylan y eso generaría más polémica aún), decidió hacerle justicia a John Steinbeck. Han pasado más de cincuenta años y fue un gran acierto. Es que son pocos los literatos que han defendido una causa tan vehemente como Steinbeck, siempre pensó que el escritor tiene la necesidad de decir cuánto siente, y si algo le afecta profundamente, le es imposible dejar de tomar partido, so pena de dejar de ser él mismo y, sobre todo, de dejar de ser escritor”. La crítica en 1962 consideró que era discutible el premio para él por sus tendencias socialistas. Dos de sus novelas: Las uvas de la ira y Tortilla flat expresan, cada una a su modo, su sentimiento de humanidad y ternura hacia el proletariado rural norteamericano tratando de sacudir la conciencia social de su país y tal vez del mundo en plena Guerra Fría y casi en los inicios de la famosa cacería de brujas que iniciaría Mc Carthy. Creo que junto a Faulkner y Hemingway representa lo mejor de la literatura estadounidense. Steinbeck escribió obras tales como Las praderas de Dios, A un Dios desconocido, Batalla Incierta, La luna se ha puesto… muchas más pero todas ellas cargadas de sensibilidad e identificación con la humanidad.
Por afición se consideraba un vagabundo pues en alguna ocasión viajó desde Monterrey hasta Nueva York, más tarde regresó a California dando vuelta por el Canal de Panamá en un barco de carga trabajando como mozo. Viajó por el mundo en 1943 como reportero de guerra para el Herald Tribune estando en el frente de batalla con las tropas aliadas en Argelia, Túnez, Sicilia e Italia.
Así era este hombre nacido en Salinas, California, un lugar apacible en las costas del Pacífico, un lugar donde algunos de sus personajes más enternecedores, sentados a la orilla del mar, lloran sin lágrimas porque se les ha terminado el camino; un lugar donde se relacionaría con obreros, campesinos, mendigos y, desde luego, pescadores. Precisamente su mejor novela corta –a criterio de este humilde soñador– está inspirada en un pueblecito pesquero: La Perla.
La Perla.
Haremos un esfuerzo intelectual intenso para tratar de resumir en pocas líneas lo que merecería cientos de ensayos para describir esta novela.
Es pues, La Perla, casi casi una continuación de las parábolas que narraba el Maestro. Es una historia amarga, casi hiriente, donde la pobreza, aplastaba cada rincón del pueblo y donde los pescadores sobrevivían sus día a día obsesionados con una sola idea: encontrar una perla para “ser felices”. De la novela afirma el mismo Steinbeck: “En ella, como en todos los relatos eternos que viven en los corazones del pueblo, sólo hay cosas buenas y malas, blancas y negras, santas y perversas, sin que se hallen jamás a medias tintas”. Kino, el padre, que al despertar cada mañana podía oír la “Canción Familiar” encuentra la perla más grande y valiosa que pescador alguno había encontrado jamás, Juana, su mujer, en lo recóndito de su ser sabía que semejante noticia traería, más que paz, una tragedia tal que sólo el corazón y la ambición del hombre puede provocar. La Perla se trata de un relato tan real y tan humano que es difícil no identificarse con la tragedia de esta familia. Y Steinbeck lo plasma con una genialidad que solo es explicable porque él conocía de primera mano cómo se compone el alma del pueblo y más aún el alma del pobre.