Cronica De Mi Pelada
Cronica De Mi Pelada

CRÓNICA DE MI PELADA

Por: Jacobo Ramiréz Mayz

No sé si fue un domingo de resaca o un lunes de esos en que la vida te quiere enseñar humildad, pero ahí empezó todo. Estaba leyendo un libro, cuando de pronto cayó un cabello sobre la página. Uno solito. Minúsculo. Insignificante. Como esas señales del destino que uno elige ignorar. “Nada grave”, pensé, soplándolo como quien espanta una mala idea. Pero no, amigos. Ese fue el principio del Apocalipsis Capilar.


Cada página que pasaba, otro cabello se despedía con la solemnidad de quien ya sabe que no hay retorno. En la ducha, la tragedia se intensificaba: mis cabellos desfilaban hacia el cernidor como mártires sin causa. Y mi frente, antes modesta y recatada, comenzó a expandirse ganando territorio, pero perdiendo habitantes. Un genocidio capilar, pues.


La cosa se puso densa cuando mi cabeza, sin consultar a nadie, decidió rendirle tributo a los frailes medievales con una tonsura natural tan explícita que ya no podía ocultarla ni con el viejo peinado “p’al costado” que había heredado de los peinados que me hacía mi madre cuando era pequeño.


En casa, el golpe fue fuerte. Johan, mi hijo mayor, me miró una tarde mientras almorzábamos, yo con mi dignidad aún a medio pegar, y me lanzó un sopapo sin anestesia: «Papá, creo que te estás quedando pelado». Diego, el menor, no dijo nada, pero su tenedor cargaba un fideo que colgaba en forma de pregunta filosófica: ¿Papá será el próximo Buda? Angélica, mi esposa, fue más brutal: «Eso te pasa por comprar tu champú en el mercado. ¡Eso es detergente para ropa, no para cabeza humana!». Y esa misma noche, en un acto que aún no sé si fue amor o sarcasmo, me tejió un gorrito verde. Decía que era para protegerme del frío. Yo sabía la verdad: era un intento desesperado por evitar que nuestros hijos se rieran frente a mi calvicie incipiente.


Desde entonces, vivía acosado. Veía cabellos en todas partes, menos donde debían estar: en la almohada, el mueble, el teclado. Incluso soñaba con mi cabello, pero al despertar, seguía siendo un campo de batalla devastado. Entonces me rebelé. ¡No iba a dejarme vencer sin pelear! Me froté la cabeza con sábila (me dejó los pelos duros como alambres y aun así se caían), espuma de cerveza (los cabellos se emborrachaban y se tiraban al abismo), jugo de cabuya (me dejó la cabeza como pescuezo de gallo galacunca), y hasta sangre de murciélago (no preguntes cómo la conseguí). Al final, lo único que logré fue quedar apestando como drenaje de nuestra ciudad mal limpiada.


Despechado, fui a ver a don Teodomiro, peluquero y amigo del barrio. Le dije con la solemnidad de un condenado: «Déjeme sepla completamente». Él suspiró, como quien pierde un cliente, y me soltó una lista de recetas milagrosas dignas de un chamán frustrado. Pero ya era tarde. Mi destino estaba sellado. Salí de su peluquería con mi cabeza reluciente, brillante, glorioso. Como foco nuevo.


En casa, la reacción fue una mezcla entre ovación y risa contenida. Mis hijos me miraban con lentes oscuros, y Angélica, en vez de abrazarme, me sacó brillo con un trapo de cocina. Los vecinos, como siempre, metiches, me preguntaban: «¿Te cortaste el cabello?»


No, se escondieron al verte, les respondía, como todo pelado con autoestima fortalecida a punta de burlas.


Un día, un tipo desubicado, de quien no quiero recordarme, me dio un lapazo en la calva, así como quien toca campana de iglesia, pero terminó buscando sus dientes en el suelo. Después, los apodos llovieron como bendiciones: “Cabeza de rodilla”, “Don Foco”, “Cabeza de poto sin raya”, etc. Ante eso, uno aprende a sobrevivir con humor y bloqueador.


Hoy, ya sin un solo cabello que contar, quiero fundar el «Club de los Seplas». Donde no haya clases sociales, solo grados de brillo. Nos saludaremos con respeto, y compartiremos tips para evitar el reflejo del sol directo.


A veces entro a tiendas donde venden champús solo para joder y digo: «Disculpe, ¿tiene champú sin sal, con pH balanceado, para cabello rizado y débil?». Y cuando me miran confundidos, saco el detergente con puntitos azules. Porque yo ya no busco regenerar el pasado: lo acepté, lo abracé, y lo volví bandera. Mi calvicie no es una tragedia. Es un manifiesto. Es arte moderno. Es mi estilo de vida. Y vaya que brilla, amigos lectores.