La natación es ampliamente reconocida por sus múltiples beneficios, ofreciendo un ejercicio integral que fortalece el sistema cardiovascular al tiempo que minimiza el impacto en huesos y articulaciones. Este deporte, accesible para personas de diversas edades y condiciones físicas, se ha convertido en una opción popular para mantenerse activo y mejorar la salud general. Sin embargo, la higiene en las piscinas, tanto públicas como privadas, es un factor crucial para garantizar una experiencia segura y saludable.
Según la investigación publicada por El Comercio, aunque la natación ofrece innegables ventajas, es esencial estar al tanto de los posibles riesgos asociados con la calidad del agua en las piscinas y las medidas preventivas que se pueden adoptar.
Históricamente, las piscinas han evolucionado desde simples estanques de agua hasta complejas instalaciones equipadas con sistemas de filtración y desinfección. No obstante, incluso con la tecnología actual, la presencia de patógenos como el criptosporidio, resistente al cloro, plantea desafíos significativos. Este parásito, causante de infecciones gastrointestinales, puede persistir en el agua durante semanas, convirtiéndose en una amenaza para los nadadores. Los síntomas comunes incluyen diarrea, vómitos y dolor abdominal, afectando especialmente a niños pequeños, ancianos y personas con sistemas inmunológicos debilitados.
Además del criptosporidio, otras bacterias oportunistas como el estafilococo pueden proliferar en las piscinas, causando infecciones cutáneas. Los hongos, por su parte, encuentran en los vestuarios húmedos un ambiente propicio para su desarrollo, incrementando el riesgo de infecciones fúngicas. La otitis externa, conocida como oído de nadador, es otra afección común, causada por la retención de agua en el conducto auditivo.
Si bien menos frecuentes, las infecciones por inhalación también representan un riesgo potencial. La bacteria legionela, presente en el agua, puede causar la enfermedad del legionario, una forma grave de neumonía. A pesar de estos riesgos, los brotes de enfermedades infecciosas relacionadas con las piscinas son relativamente raros, gracias a la eficacia de la desinfección con cloro en la mayoría de los casos.
El cloro, utilizado como desinfectante desde principios del siglo XX, ha demostrado ser efectivo contra una amplia gama de patógenos. No obstante, su eficacia depende del mantenimiento adecuado de los niveles de pH y alcalinidad del agua. La presencia de amoníaco, procedente de la orina y el sudor, puede reaccionar con el cloro, formando cloraminas, sustancias irritantes que pueden causar problemas respiratorios y oculares. Por lo tanto, una correcta ventilación de las piscinas es fundamental para minimizar la exposición a estas sustancias.
Para minimizar los riesgos asociados con la natación, es crucial seguir ciertas precauciones. Ducharse antes de entrar a la piscina ayuda a eliminar la materia fecal y reduce la propagación de infecciones. Evitar tragar agua y alertar a los operadores de la piscina sobre cualquier incidente de contaminación son medidas adicionales importantes. Los propietarios de piscinas deben mantener los niveles de cloro y pH dentro de los rangos recomendados y limpiar regularmente las superficies.




