Versos Circunstanciales
Versos Circunstanciales

VERSOS CIRCUNSTANCIALES

Por: Arlindo Luciano Guillermo

“¿Más allá de la muerte / mis versos vivirán? / De este poeta presumido / se olvidarán tan pronto / me vaya de aquí”. Esto escribió un poeta que conocí en los cafés y bares. Se emborrachaba hasta la inconsciencia, apedreaba a los perros, blasfemaba a la luna, se tiró diez veces al río y nunca se ahogó. Hasta que una tarde se acostó en su cama sin sábana y nunca despertó. Se diluyó en la memoria. Dicen los vecinos que, cuando lo sacaron en una bolsa negra, una mujer lloraba disimuladamente. Yo conservo un cuadernillo con poemas escritos a lápiz, con viñetas y títulos. El último dice: “Hasta aquí llegó / mi deseo de respirar / el aire de la comarca. / Ya no quiero estar en este mundo / ni en este pueblo de cielo azul”. Eduardo Ponce Cajas (1960-2010) vivió en algún barrio de la ciudad. Era delgado, de cabellos ondulados, bigotes copiosos, dientes desalineados; tenía unos 39 años cuando publicó sus primeros poemas en una revista literaria. “No sé por dónde / me conducen mis pasos. / Mi destino no tiene brújula”. Un día se atrevió a leer La tierra baldía. Antes de terminar el primer poema, lo fulminó; no era lector de poesía de alta exigencia estética ni verbal. “¿Abril? ¿Por qué no mayo o diciembre?” Arrojó el libro sobre el velador. El aprendiz de poeta recorrió conmigo las calles de Huánuco; nadie nos veía, éramos espectros que buscábamos ser felices leyendo poesía. Rimbaud era su dios, su paraíso, su demonio, su sombra. Él también sentó a la belleza en sus piernas, pero no la injurió; la acarició y la besó muchísimas veces.

La poesía es la palabra que dice más de lo que el lector cree, incluso mejor de lo que el poeta quiere decir. La poesía no dice verdades ni mentiras, solo sugiere, crea sospechas y sutilezas. La poesía procede del pensamiento, la vivencia y la actitud. La poesía, el género literario por excelencia, se concentra en la subjetividad, los demonios interiores, los fantasmas que asaltan la paz del espíritu, las gracias individuales. Jorge Luis Borges, en el “Poema de los dones”, incluido en El hacedor, escribe: “Nadie rebaje a lágrima o reproche / esta declaración de la maestría / de Dios, que con magnífica ironía / me dio a la vez los libros y la noche. / De esta ciudad de libros hizo dueños / a unos ojos sin luz, que solo pueden / leer en las bibliotecas de los sueños / los insensatos párrafos que ceden / las albas a su afán. En vano el día / les prodiga sus libros infinitos, / arduos como los arduos manuscritos / que perecieron en Alejandría”. Se refiere a su ceguera y la grandeza de su ejemplo: obsesivo lector. Vallejo en el LXV de Trilce habla de su madre, que había fallecido en Santiago de Chuco. Samuel Cárdich, en dos memorables poemas, “El hijo” y “La madre”, une sentimientos, perspectivas de la vida, unidos visiblemente por el afecto maternal y filial. Leer poesía es un reto. Así nomás no se ingresa a la soberanía de la palabra, del significado de la metáfora, del adjetivo idóneo y preciso, del lenguaje simbólico. En los 90, en la revista Quehacer, leí unos versos que me dejaron paralizado: “Soy / la muchacha mala de la historia, / la que fornicó con tres hombres / y le sacó cuernos a su marido, / soy la mujer / que la engañó cotidianamente / por un miserable plato de lentejas, / la que le quitó lentamente su ropaje de bondad / hasta convertirlo en una piedra / negra y estéril, / soy la mujer que lo castró / con infinitos gestos de ternura / y gemidos falsos en la cama. / soy / la muchacha mala de la historia”. Era la poeta María Emilia Cornejo, quien se suicidaría, como, en su oportunidad, Alejandra Pizarnik. Luego vino la lectura de Rocío Silva Santiesteban, Marita Troiano, Mariella Dreyfus, Marcela Robles, Laura Riesco. En la revista Moneda del BCR se publicó un fragmento de El laberinto de la soledad de Octavio Paz. Algunas líneas quedaron marcadas en mi trayectoria de lector. “Si nuestra muerte carece de sentido, tampoco lo tuvo nuestra vida. Por eso cuando alguien muere de muerte violenta, solemos decir: “se la buscó”. Y es cierto, cada quien tiene la muerte que se busca, la muerte que se hace. Muerte de cristiano o muerte de perro son maneras de morir que reflejan maneras de vivir. Si la muerte nos traiciona y morimos de mala manera, todos se lamentan: hay que morir como se vive. La muerte es intransferible, como la vida. Si no morimos como vivimos es porque realmente no fue nuestra la vida que vivimos: no nos pertenecía como no nos pertenece la mala suerte que nos mata. Dime cómo mueres y te diré quién eres”.

Hace algunos años, en el hospital público de la periferia, vi a una enfermera de ojos verdes, uniforme turquesa y zapatos negros. Le dije: “Tus ojos son tan profundos que en ellos pierdo la memoria”. Me miró, sonrió. Solo atiné a esperar mi turno para ingresar al psiquiatra. ¿Por qué no me dijo algo la muchacha? No lo sé. En otra ocasión, escribí: “Bella, / no te caben los ojos en la cara, / no te caben los ojos en la tierra. / Hay países, hay ríos / en tus ojos, / mi patria está en tus ojos, / yo camino por ellos, / ellos dan luz al mundo / por donde yo camino, / bella”. Incursioné en la poesía social y política: Roque Dalton, Manuel Scorza, Alejandro Rumualdo. “Canto coral a Túpac Amaru” lo repetía reiteradamente. “Masa” de Vallejo era un himno universal. José Watanabe, preciso de palabra, riguroso con el adjetivo, contemplativo y reflexivo: “Mi familia no tiene médico / ni sacerdote ni visita / y todos se tienden en la playa / saludables bajo el sol de verano. / Algunas yerbas nos curan los males del estómago / y la religión solo entra con las campanas alborotando los canarios. / Aquí todos se han muerto con una modestia conmovedora, / mi padre, por ejemplo, el lamentable Prometeo / silenciosamente picado por el cáncer más bravo que las águilas”. El mayor logro de la poesía es la sencillez y la concisión.

La poesía sin él sigue viva, se publican libros, hay recitales poéticos, la gente lee a viejos, clásicos y nuevos poetas. En el poema “Ganas de ser feliz”, escribe: “Hoy me desperté sonriendo / con ganas de tomar un café y unos panecillos de yema. / Hoy no es igual que ayer mi lamento. / Tengo ganas de ser un hombre completo, íntegro / sin prejuicio ni dogmas. / Quisiera, por un momento, / ser feliz para mí solo”. En el cementerio, alguien recitó uno de los poemas publicados en la revista literaria. “Mi cuerpo como el tuyo / es perecible. / Mientras haya vida / se mueve como objeto sensible / como una cometa en el aire. / Y un día sin memoria / emprenderé un largo viaje”. Yo, lector de poesía, tengo tatuado en mi pecho “palabras bellas” como las rosas que no necesitan maquillaje. Elijo a Nicanor Parra: “Cordero de dios que lavas los pecados del mundo / dame tu lana para hacerme un sweater. / Cordero de dios que lavas los pecados del mundo / déjanos fornicar tranquilamente: / no te inmiscuyas en ese momento sagrado”. En julio dejó de respirar para siempre. “Debajo del puente sembré una flor. / No sé si crecerá / o morirá”. Eduardo Ponce creyó que la poesía llenaba la barriga como el pan y los tubérculos. Fue un poeta maldito y feliz a su modo. “Soy una mesa con tres patas / un ojo que no ve / un brazo cercenado. / Si tengo una estaca incrustada en el pecho / a quién le interesa”.