Tras las huellas warákuy

Por: Andrés Cloud
La literatura oral andina está poblada de una gran diversidad de personajes nacidos del imaginario popular. Una veces en forma de mito y leyenda y en otras de cuento, pero siempre en función al entorno geográfico y el idiolecto del anónimo creador. En tal sentido, muy cercano a nosotros, son parte de esta nutrida galería de personajes, entre muchos otros, por ejemplo los apus, auquillos, jirkas o simplemente el cerro tutelar del pueblo o la comarca. Y ya en escenarios más lejanos tenemos por ejemplo a inkarrí, el muki, ekeko, ichikollgo, kashamatanka y tantos otros personajes de sexo masculino. Y ni qué decir de la vieja achkay, la runamula o la jarjacha por el lado femenino. En este contexto de oralismo, anonimato y animismo, se inscribe también el warákuy, escurridizo personaje cuya presencia está estrechamente vinculada con la lluvia, los ríos, lagos, lagunas, cochas y manantiales, es decir con el agua. Las formas que adopta son básicamente de animales, sobretodo de serpiente, pero también humana.
En las Notas para un diccionario de huanuqueñismos (1967) Javier Pulgar Vidal da varias versiones al respecto. “Ser mitológico que permanece vivo dentro de las rocas y bajo el suelo. Aprovecha de las grandes lluvias, durante la presentación de huaicos y avenidas, para salir de su medio habitual y baja cual si presidiera el huaico… Los campesinos creen que tiene forma de pato con cabeza de puma y cuerpo de serpiente”.
Su presencia en el libro y en la escritura, aquí y ahora, que sepamos, no es aún muy abundosa. Algunos casos al respecto. En 1986, en el libro artesanal Wayraviento. Cuentos y leyendas de tierra nativa, Víctor Domínguez Condezo, a través de la estampa Warakuy (sic) registra su presencia en las cochas y manantiales de Coquín (Ambo) en forma de sapo, culebra, lagartija, cabra, cerdo, burro o cualquier otro animal que “en veloz carrera encabeza derrumbes y huaicos”. Julio Trujillo Pazos en los apuntes monográficos Pachitea. Historia, usos y costumbres (1990) lo ubica en Chaglla (pampas de Naunán) en forma de una gigantesca serpiente depredadora procedente de la confluencia de los ríos Tomayrica y Chagragoto. Manuel Nieves Fabián, por su parte, en 1990, en el opúsculo Huaracuy (sic) da cuenta de su presencia en la laguna de Manca Pozo (Malconga, Amarilis) en forma de una enorme serpiente alada (hija del jirka y una mujer soltera) con cabeza mezcla de puma y ternera, capaz de convertirse en arcoíris para descender al río Huallaga. Esta leyenda, con ligerísimas variantes, es incorporada posteriormente en las reediciones ampliadas de Mitos y leyendas de Huánuco cuya primera edición se remonta a 1978. El 2013, en el volumen misceláneo Huánuco y su otra literatura, Gino Damas Espinoza, en el cuento Huaracuy (sic) lo identifica como un personaje mutante (diablo, culebra, gringo joven) que embaraza a una pastora que, nueve meses después, en vez de hijos, pare dos huevos de serpiente. Lo ubica en los predios de San Marcos, Umari, Pachitea.
Finalmente, la versión de Manuel Nieves es confirmada en algunos aspectos por Helí Leiva Echevarría a través del cuento El huarácuy de Manca Pozo, incluido en el libro La esfera mágica y otros cuentos (2016). En dicho relato el autor presenta al huarácuy como una “monstruosa serpiente alada con terrible cabeza de león, piel negra y ojos incandescentes”. Se trata, en este caso, de un monstruoso engendro dotado de poderes maléficos capaces de encantar y convertir a sus víctimas en serpiente blanca cuando pertenece al monstruo solo el cuerpo de ésta, pero negro cuando le pertenece en cuerpo y alma.
En este concierto de escenarios disímiles y versiones no siempre convergentes sobre el susodicho personaje, El huarácuy y otros cuentos de Muña. Narrativa oral (2017) de la autoría de Alvest Valdivia Ortiz, enriquece y privilegia el tema por dos motivos. De los veintiocho textos incluidos en el pequeño volumen, en la mitad de ellos la temática incide precisamente sobre las andanzas y maleficios del huarácuy, en tanto que en la otra mitad se literaturiza sobre otros personajes también propios de la creación popular, es decir aparecidos, brujos y brujas, condenados y gentiles ligados de algún modo a aparecidos, muertes, sortilegios y encantamientos: La bruja y la familia Lino, Los gentiles de Muña, El Becerro endemoniado, etc.
En tal sentido, la totalidad de warácuyes incluidos en el libro se ubican en escenarios y accidentes geográficos de un mismo territorio: la comunidad campesina de Muña, comprensión del distrito de Chaglla, provincia de Pachitea, departamento de Huánuco. Este hecho otorga unidad temática, coherencia y cierta autonomía a las historias que se narran en ellas. A modo de ejemplo, solo algunos de los títulos, con sus respectivas apariencias y metamorfosis del personaje ante los ojos humanos. El huarácuy de Santo Domingo y su presencia como “una joven mujer, bella, de cabellos largos, ojos celestes, senos pronunciados y caderas anchas”; El huarácuy de Huacachi, en la apariencia del marido de la dueña de casa; El huarácuy de Cochapampa (bebé y culebra negra); El huarácuy de Rinconada (avispa); El huarácuy de Ramada (arcoíris); de Monopampa (culebra negra); de Chamiza (sajino); de Warau (una medallita que brillaba al fondo del manatial); de Muñaucro (tierno caballo negro); de Muña: “Un día un joven de ojos celestes, alto y de piel blanca pasó por el caserío de Muña. Justina, una muchacha de quince años con tan solo verlo se enamoró del joven. Desde aquella tarde…”, etc.
Otro elemento común que unifica la trama de los relatos recurrentes sobre el tema, se percibe en el desenlace final de cada historia: la fecundación y preñez de la mujer (incluso del varón) por obra del warákuy, el alumbramiento de ésta después de más de nueve meses (por lo general serpientes) y la muerte de la gestante. Esto último confirma en algo la referencia que da Javier Pulgar Vidal al respecto en las aludidas Notas…: “Úsase también (el término) en forma burlona para referirse al niño por nacer que se pasó de tiempo. ¿Será huaracuy?”
Ayancocha, mayo 25 del 2017.