La búsqueda incesante del **cuerpo ideal**, alimentada por dietas milagrosas, ha generado una epidemia de frustración y un ciclo restrictivo perjudicial para la salud. Esta tendencia, lejos de ofrecer soluciones duraderas, suele conducir a consecuencias físicas y psicológicas significativas. Un estudio reciente de la Organización Mundial de la Salud (OMS) revela que los trastornos de la conducta alimentaria (TCA) han aumentado un 40% en los últimos cinco años, afectando principalmente a jóvenes y adolescentes. Este dato subraya la necesidad urgente de replantear los enfoques tradicionales de la nutrición y el bienestar.
Según la investigación publicada por El Comercio, la alimentación intuitiva emerge como una alternativa prometedora, invitando a las personas a reconectar con su cuerpo y a desarrollar una relación más saludable con la comida.
Las dietas restrictivas, a menudo presentadas como la clave para alcanzar la figura deseada, chocan frontalmente con nuestra biología, como explica Diana Nieto, nutricionista y docente de la Universidad Científica del Sur. Estas dietas activan mecanismos de defensa en el cerebro, aumentando el hambre y disminuyendo el gasto calórico, generando una atracción irresistible por alimentos ricos en calorías. La paradoja reside en que la prohibición de ciertos alimentos intensifica los antojos, propiciando atracones y la recuperación del peso perdido, a menudo superando el inicial. Diversos estudios han demostrado que más del 90% de las personas que siguen dietas recuperan el peso en un plazo de dos a cinco años. La restricción crónica, además, puede alterar la microbiota intestinal, incrementando el riesgo de desarrollar TCA.
Desde la neurociencia, Vania Marquina Ghezzi, psicóloga especialista en psicología nutricional, explica que el control rígido sobre la alimentación activa la hormona del apetito, la grelina, pudiendo derivar en atracones y pérdida de control. El impacto se extiende al ámbito psicológico, generando ansiedad, pensamientos obsesivos, aislamiento social y una sensación de fracaso al romper la dieta. Este control excesivo sobreactiva los circuitos de autocontrol y recompensa en el cerebro, provocando un “efecto rebote” tanto conductual como emocional.
La alimentación intuitiva, por otro lado, promueve la reconexión con las señales internas de hambre y saciedad, restaurando la confianza corporal y fomentando una relación más amable y sostenible con la comida. A diferencia de las dietas tradicionales, que se basan en reglas externas, este enfoque invita a sintonizar con la sabiduría corporal para guiar las decisiones alimentarias desde el interior. Implica escuchar y respetar al cuerpo sin imponerle restricciones rígidas, devolviéndole un papel central en el acto de alimentarse. Mariela Quispe Bardales, docente de la Universidad San Ignacio de Loyola, destaca que la alimentación intuitiva permite recuperar la confianza con la comida, dejando de lado los mensajes externos limitantes y el estrés asociado a las dietas.
Entre los beneficios fisiológicos de la alimentación intuitiva se encuentran el equilibrio hormonal natural, la mejora del metabolismo, la estabilidad del peso corporal, la normalización de las funciones digestivas y energéticas, y un impacto positivo en marcadores clínicos como la sensibilidad a la insulina, los niveles de colesterol y triglicéridos, la función tiroidea y la presión arterial. En el plano psicológico y emocional, reduce la ansiedad y la culpa al comer, mejora la imagen corporal, aumenta el disfrute y la satisfacción, reduce el comer emocional impulsivo y previene los TCA.




