Chicho El Veterinario Del Fogon
Chicho El Veterinario Del Fogon

CHICHO, EL VETERINARIO DEL FOGÓN

Por Jacobo Ramirez Mays

En Las Pampas, donde los gallos despiertan con sus cantos hasta a los muertos y los perros saben más secretos que los vecinos, vive Chicho. Nadie lo llama por su nombre completo. El teniente gobernador, el párroco y hasta los más chiuchis del pueblo le dicen simplemente Chicho. A veces me dan ganas de invitarlo a subir a mi moto, pero sé que no resistiría. Y cuando lo tengo cerca, le rezo a todos los dioses habidos y por haber para que no me diga que le tire una jalada, porque ahí sí que no llegamos ni al puente. Es de correa ancha, porque la corta no creo que le dé.


Chicho pesa más que una ternera bien cebada. “Debe estar bordeando los ciento veinte, ciento treinta y si hablamos con sinceridad, ciento cincuenta también le quedan justos”, murmuran las vecinas, mientras lo ven pasar con sus bolsas llenas de limones, ajíes y el infaltable paquete de sazonador amarillo. Porque Chicho, además de veterinario, es cocinero por pasión y por necesidad, ya que su hambre es del tamaño de su sombra al mediodía.


Estudió medicina veterinaria en la Universidad Nacional Hermilio Valdizán, aunque en Las Pampas nadie lo ha visto curar un solo cuy. Lo único que sabe curar es resacas. «¿Cómo va a perseguir gallinas con esa panza?», bromea don W., en medio de risas y choques de vasos de cerveza. Pero la verdad es que los animales lo quieren. Los perros se le acercan sin miedo, como si reconocieran en él a un espíritu afín: noble, tragón y dormilón. Las vacas lo miran con respeto. Me contó una vecina que una vez ayudó a una perra que no podía parir. Bastó con que le sobara la panza mientras le cantaba un huaynito desafinado. «Tiene manos milagrosas», dijo el dueño.


Pero donde realmente se luce Chicho es en la cocina. No necesita recetas ni medidas; su sazón es pura intuición. Cuando cocina, su peso parece desaparecer y sus manos ligeras: cortan, mezclan, sazonan y su bica prueba y prueba. Se le ve feliz, como si cada cucharón fuera una declaración de amor, y cada chicharrón, un poema frito en manteca. Nadie hace mejor arroz chaufa que él, y cuando prepara su infame «caldo levanta muertos», una sopa espesa de mote, menudencia, ají y otro condimento que solo él conoce, hasta los borrachos más desahuciados de Las Pampas vuelven a la vida.


Chicho es bebedor de respeto. Su marca es la cerveza Cristal, aunque cuando se trata de beber no desprecia a ninguna. Tiene la técnica perfecta para destapar una botella contra la esquina de la mesa sin romper el vidrio ni derramar ni una gota. Y cuando habla, después de unas cuantas, lo hace como si recitara salmos: «El hombre no fue hecho para sufrir, compadre, fue hecho para comer, dormir y tomar tranquilo». Brinda siempre con una carcajada y un abrazo que deja olor a ajo y a cariño.


Su casa es un santuario de excesos: ollas enormes, cucharones de palo, cajas vacías de cerveza apiladas como libros sagrados, caja china, hornos de leña y eléctricos, una pequeña piscina a la que no se mete, no por vergüenza, sino para no rebalsar el agua, y un gran respeto por todos los que lo visitan.
Un vecino me contó que una vez lo vio tirado bajo un árbol después de una buena borrachera. Estaba con sus dos perros echados a su lado, todos bien dormidos. Al principio pensó que eran tres perros, porque roncaban al mismo ritmo, pero de pronto uno pegó un ronquido tan fuerte y se dio cuenta de que era Chicho.


Todos lo conocen. Y es que es difícil que pase desapercibido. Los viejos de este pueblo sabemos que Chicho es de los últimos buenos. Un gordo bonachón, hecho de panceta, fe, cerveza y cariño.
Y aunque la vida le va empujando los años como quien empuja un cerdo al corral, él sigue firme, sartén en mano, con su mandil manchado y su risa gruesa, dispuesto a curar un borrego, cocinar un caldo verde o escuchar a un amigo en silencio, mientras el cielo de Las Pampas se tiñe de ese azul tan limpio que hasta la grasa del mundo parece flotar.

Las Pampas, 12 de junio del 2025