Qian Xuesen es una figura central en la historia científica de China. Considerado el padre del programa espacial y de misiles del gigante asiático, su legado marcó un antes y un después para el desarrollo tecnológico del país. Paradójicamente, su camino hacia ese rol clave comenzó en Estados Unidos, donde estudió, trabajó y fue deportado en plena Guerra Fría, acusado de simpatizar con el comunismo.
Nacido en 1911, Qian destacó desde muy joven por su brillantez. Obtuvo una beca para estudiar en el Instituto Tecnológico de Massachusetts (MIT) y más tarde se trasladó al Instituto de Tecnología de California (Caltech), donde se integró a un grupo pionero en investigación de cohetes, conocido como el “Escuadrón Suicida”. Durante la Segunda Guerra Mundial, sus aportes fueron tan valiosos que se le otorgó acceso a investigaciones clasificadas del gobierno estadounidense.
Sin embargo, su carrera se truncó cuando, en el contexto del macartismo, fue acusado por el FBI de haber asistido a una reunión comunista en 1938. Aunque nunca se presentaron pruebas de espionaje, fue arrestado, perdió su autorización de seguridad y quedó cinco años bajo arresto domiciliario.
En 1955, el gobierno de Dwight Eisenhower lo deportó a China. Allí, Qian fue recibido como un héroe, aunque su integración al Partido Comunista no fue inmediata. A lo largo de los años, dirigió programas clave en defensa y espacio, y en 1970 supervisó el lanzamiento del primer satélite chino. Su conocimiento también ayudó a consolidar el arsenal nuclear del país.
La expulsión de Qian es considerada por algunos expertos como uno de los errores estratégicos más grandes de EE.UU., ya que su conocimiento, en lugar de fortalecer el desarrollo estadounidense, impulsó el avance científico de su entonces rival ideológico.
Qian sobrevivió a la Revolución Cultural y formó a nuevas generaciones de científicos. Murió en 2009, sin volver nunca a pisar Estados Unidos. Su historia resurgió en medio de nuevas tensiones entre Washington y Pekín, como un recordatorio del riesgo de cerrar las puertas a talentos extranjeros por motivos ideológicos.




