La ciudad está de luto. A los 87 años falleció don Eloy Flores Pérez, considerado uno de los corochanos más antiguos de Huánuco y figura esencial en la historia viva de la danza de Los Negritos. Su muerte, ocurrida en su vivienda de la calle Pedro Barroso, ha generado una honda tristeza entre vecinos, danzantes y promesantes que lo reconocían no solo como parte del elenco tradicional, sino como un símbolo de identidad.
Nacido el 9 de marzo de 1937 en el barrio de Huallayco, don Eloy fue, durante más de cinco décadas, parte central de la cuadrilla Nuestra Señora del Patrocinio Huallayco – 1.º de Enero, considerada la cofradía más antigua de Huánuco, fundada en 1909. Comenzó a danzar a los 16 años, inspirado por el fervor de su niñez y siguiendo los pasos de sus hermanos Eduardo y Víctor, quienes también dejaron huella en esta tradición popular.
Más que un danzante: un custodio de la tradición
Don Eloy no solo bailaba: también era un testigo y celoso guardián de la evolución —y en muchos casos distorsión— de las formas originales de la danza. Como bordador y conocedor del arte ritual, aprendió directamente de los hermanos Andrés y Esteban Illatopa, fundadores tanto de cofradías como del arte del bordado ceremonial en Huánuco.
Desde esa mirada crítica y comprometida, lamentaba con preocupación el rumbo que había tomado la festividad. “Antes, los corochanos eran solo dos, bien vestidos, con cintas solo en los hombros”, recordó en una entrevista realizada en 2020. “Ahora los hay por decenas, desordenados, y con barbas que parecen los enanos de Blancanieves”, dijo entonces, con franqueza y sin rodeos.
Una cofradía que encarnaba la historia
Durante años, la cofradía de Nuestra Señora del Patrocinio Huallayco fue considerada una de las más disciplinadas. Don Eloy rememoraba que antes la danza incluía 24 negritos distribuidos en dos filas, acompañados por un turco, una dama, los caporales que ejecutaban las mudanzas, guiadores y los dos corochanos. Las mudanzas —pasos coreográficos tradicionales— se ejecutaban con rigor, sin improvisaciones.
Él mismo criticaba la tendencia moderna a reemplazar estas formas con coreografías ajenas al contexto ritual. “Hoy se baila por costumbre o por moda, pero no por fe”, advertía. “Esta danza es una manifestación de devoción al Niño Jesús. Se ha perdido ese respeto.”
En sus relatos, evocaba con cariño las madrugadas de pan con café y caldo verde, los almuerzos de locro bicolor (de res y de gallina) y los viajes con su cuadrilla a ciudades como Lima, Tarma y Huancayo, donde participaron en concursos y festivales. “La música la ponían los Pillco Mozos, Benito Rivera o la banda de don Juan Rosales”, rememoró. Sus huaynos favoritos eran “Huanuqueñita pretenciosa” y “Cuando salí de mi tierra”.
Un legado sin vitrinas, pero con alma
Don Eloy se retiró hace más de una década, pero su legado perduró en las generaciones que lo escuchaban y lo respetaban. Era de esos vecinos cuya autoridad no venía de un cargo público, sino de la coherencia con la que vivió su devoción y su compromiso con la cultura local. Para él, el rol del corochano era claro: custodiar la disciplina, mantener el respeto y abrir camino con gracia y dignidad. “No es hacer payasadas”, advertía, “es representar un rol simbólico en la danza”.
En sus últimos años, compartía su preocupación por el desconocimiento de las nuevas generaciones respecto al verdadero sentido de esta expresión. “Debemos conservar esta tradición. Es nuestra historia”, decía. Para él, bailar no era entretenimiento: era una forma de rendir homenaje a la fe y de fortalecer los lazos comunitarios.
Huánuco despide a un hombre bueno
La muerte de don Eloy no solo marca la partida de un vecino querido. Es también el fin de un capítulo en la historia de una ciudad que ha visto transformarse —y a veces desdibujarse— sus tradiciones. Con él se va una época en la que la danza no era espectáculo, sino compromiso espiritual. Don Eloy no tuvo medallas ni homenajes grandilocuentes, pero tuvo lo más valioso: el respeto de su gente.
Dato:
Hoy, quienes lo conocieron, aseguran que seguirá danzando de forma invisible entre los corochanos. Y que cada vez que una cuadrilla cruce las calles al ritmo del tambor y la matraca, su alma estará ahí, corrigiendo con la mirada, vigilando el respeto, caminando a los costados. Descanse en paz don Eloy Flores Pérez. Corochano mayor. Memoria viva de un Huánuco que se resiste a olvidar su raíz.




