Eeuu Europa Guerra Comercial Carne
Eeuu Europa Guerra Comercial Carne

La carne de EE.UU.: Un punto álgido en la guerra comercial para Europa

La ganadería europea se encuentra en el centro de un posible conflicto comercial entre la Unión Europea y Estados Unidos. Las estrictas regulaciones europeas, que prohíben el uso de hormonas en la producción de carne, chocan con la postura de la administración estadounidense, que argumenta la superioridad de sus productos cárnicos, producidos bajo estándares diferentes. Esta diferencia de criterios podría desencadenar una guerra comercial de consecuencias significativas para ambos bloques.

Según la investigación publicada por The New York Times, la administración Trump aboga por un incremento en la importación de carne estadounidense a Europa, generando resistencia por parte de los productores y consumidores europeos.

Hendrik Dierendonck, carnicero belga de segunda generación, cuyo negocio familiar se ha consolidado gracias a la calidad de su carne local, ejemplifica la defensa de las tradiciones europeas en la cría de ganado. Dierendonck, reconocido en Bélgica por su compromiso con la carne de proximidad, insiste en que los consumidores europeos valoran la ausencia de hormonas y la alimentación natural del ganado, aspectos regulados por la Unión Europea. La normativa europea impone restricciones rigurosas a la producción de carne, incluyendo la prohibición del uso de hormonas de crecimiento, lo que resulta en un producto diferenciado que, según los productores europeos, responde a las preferencias del consumidor.

La disputa se centra en la percepción de calidad y seguridad alimentaria. Mientras que la administración estadounidense defiende que sus métodos de producción son seguros y eficientes, los funcionarios europeos argumentan que sus estándares, especialmente en lo que respecta a la salud y la seguridad alimentaria, son innegociables. Un portavoz de la Comisión Europea afirmó tajantemente que las normativas de la UE en materia de alimentos son “sacrosantas” y no forman parte de ninguna negociación comercial. Este desacuerdo se suma a otras exigencias estadounidenses, como el aumento de las compras europeas de gas y camiones americanos, la modificación de los impuestos al consumo y la flexibilización de las regulaciones digitales.

Aunque la Unión Europea se muestra dispuesta a realizar concesiones en otros ámbitos, como la eliminación de aranceles a los automóviles, la compra de más gas y el aumento de las adquisiciones militares, la apertura del mercado a la carne estadounidense producida con hormonas y al pollo tratado con ácido genera una fuerte oposición. Los negociadores europeos han indicado que existen límites infranqueables, incluyendo las prácticas agrícolas estadounidenses que consideran incompatibles con sus valores y estándares.

Esta controversia pone de manifiesto las diferencias estructurales entre la agricultura estadounidense y la europea. Mientras que Estados Unidos cuenta con grandes empresas agroindustriales, Europa mantiene una red más sólida de pequeñas explotaciones familiares. La Unión Europea destina una parte significativa de su presupuesto a apoyar a los agricultores y aplica aranceles y cuotas para limitar la competencia en sectores sensibles. Estos aranceles, que promedian el 11% para los productos agrícolas según estimaciones de la Organización Mundial del Comercio, podrían aumentar si las negociaciones comerciales fracasan.

Más allá de los aranceles, las estrictas normas sanitarias y de seguridad alimentaria de Europa actúan como una barrera no arancelaria que dificulta la entrada de muchos productos extranjeros. El uso de hormonas de crecimiento en la ganadería estadounidense, prohibido en Europa por posibles riesgos para la salud humana, es un ejemplo de ello. Para los agricultores europeos, la defensa de estos estándares no solo es una cuestión de seguridad alimentaria, sino también de justicia y de preservación de su modelo agrícola. Dominique Chargé, un ganadero francés y presidente de La Coopération Agricole, subraya la importancia de no aceptar importaciones que no cumplan con los estándares de producción europeos. Una encuesta de 2020 reveló que casi el 90% de los europeos consideraba que las importaciones agrícolas debían cumplir con los estándares ambientales y de bienestar animal de la UE.