Huánuco: Pobreza estructural, exclusión olvidada

La reciente radiografía del INEI sobre la pobreza en Huánuco no es solo un informe técnico: es un retrato social de abandono, desconexión y desigualdad acumulada. Con más del 39% de su población en situación de pobreza monetaria y hasta un 12.8% en pobreza extrema, la región confirma un drama que se repite cada año sin que cambien los fundamentos estructurales que lo generan. La pobreza aquí no es coyuntural ni accidental: es una condición sostenida por décadas de omisión institucional y marginación territorial.
El modelo económico que rige buena parte del Perú deja fuera a regiones como Huánuco. La mayoría de las familias pobres habita zonas rurales sin caminos transitables, sin acceso a servicios básicos ni condiciones mínimas para desarrollarse productivamente. Allí, el autoconsumo reemplaza al mercado, y el valor de los activos —como viviendas o herramientas— apenas figura en las estadísticas. No hay integración económica posible cuando las distancias físicas y digitales son tan profundas.
Uno de los factores más graves y persistentes es el bajo nivel educativo de la población rural. Un promedio de 6.2 años de estudio entre personas pobres significa que buena parte no ha culminado siquiera la educación primaria. Esta brecha, comparada con los 10.5 años promedio de los no pobres, marca una línea casi infranqueable entre quienes pueden aspirar a oportunidades laborales formales y quienes quedan atrapados en la informalidad y la subsistencia.
A esto se suma la barrera lingüística. En provincias como Dos de Mayo, Yarowilca o Huamalíes, donde buena parte de la población tiene como lengua materna el quechua, el acceso a servicios públicos se ve condicionado por la falta de políticas interculturales reales. La exclusión empieza en el idioma y se profundiza en cada interacción institucional fallida.
Más del 40% de los hogares pobres accede al agua de fuentes no seguras y cerca del 30% carece de desagüe. Las viviendas —muchas con pisos de tierra y techos de calamina— no solo simbolizan pobreza, sino que configuran entornos de riesgo permanente para la salud. Esta precariedad estructural revela el fracaso de años de inversión pública fragmentada, sin planificación ni seguimiento eficiente.
A ello se suma la desconexión territorial. En Huánuco rural, el desarrollo está atrapado entre ríos sin puentes, caminos sin asfalto y comunidades sin internet. No hay movilidad posible si el territorio sigue funcionando como una isla.
La exclusión en esta región tiene nombre, geografía y rostro. Y mientras se mantenga en silencio, seguirá siendo una deuda que el país aún no está dispuesto a saldar.