Por: Arlindo Luciano Quillermo
Arturo José, ciudadano honorable y profesional competente, sintió que un certero aguijón atravesaba impune, de abajo hacia arriba, su corazón. Ligeramente se dobló para mitigar el dolor, pero este se agudizaba. En segundos, su biografía personal pasó delante de sus ojos. Se agarró fuertemente del pasamano de la escalera del tercer piso. El barredor del edificio lo vio y lo condujo al hall. Le dio agua. Arturo José sintió alivio, pero algo no andaba bien en su corazón. Había cumplido exactamente 47 años. Vivía cómodamente, en una “zona de confort” envidiable, con esposa y tres hijos.
Cinco días después, Arturo José ingresaba a la sala de operaciones del hospital de la ciudad. Por razones de trabajo, Elizabeth, su esposa, no podía estar al tanto de cómo estaba ni cómo terminaría Arturo José. Los niños tenían que ir a la escuela. Erik, el último hermano, se las ingenió para visitarlo, indagar por la salud cardíaca del hermano mayor, a quien quería mucho. Había hermetismo en la junta de médicos.
María tenía 78 años. Vivía de la generosidad de sus 4 hijos en un cuarto alquilado junto al esposo, 10 años mayor que ella. Solo necesitaban alimentación, un techo modesto y medicamentos ocasionales. Aún gozaban de buena salud.
Los amigos de Arturo José ni enterados estaban de la operación. Nadie lo llamaba. En el trabajo se limitaron a darle licencia sin goce de haber. Le dieron plazo para su reincorporación; de lo contrario se tenía que contratar a otro administrador para la empresa.
De noche a la mañana, Arturo José sentía que los pies se le enfriaban al extremo, parecían dos bloques de hielo, empezó a enflaquecer, tenía mucha fatiga, los ojos se le hundían. Un domingo Erik le llevó El Comercio. No estaba en la cama de hospitalización. Al averiguar el paradero de su hermano le dijeron que lo habían trasladado a UCI.
Elizabeth conversó con los médicos y le dijeron que necesitaba otra operación, más especializada y costosa. Los niños no sabían de la delicada salud de su padre. María sentía, como es natural, el pálpito maternal por el hijo en situación de alto riesgo. Fueron a la casa de Erik. Allí se enteraron de la verdad.
Ese mismo día fue al hospital. Encontró a su hijo sedado, recostado sobre una cama con sábanas blancas, junto a un respirador artificial. Lo cogió de la mano. “Hijo, aquí estoy. Nada te va a pasar. Yo te protegeré.” Cogió el viejo rosario de colores y se puso a rezar, con devoción, con los ojos cerrados. Seguramente le pediría a Dios Todopoderoso que no le arrebate a su hijo. Ella tendría primero que irse de este mundo y no él. “Señora, es hora de salir.” Pidió unos minutos más.
La segunda intervención quirúrgica salió bien. Al día siguiente, los usuarios del nosocomio vieron a una mujer canosa, con la piel arrugada, con el rosario en la mano rezando, moviendo los labios, con los ojos cerrados. Había amanecido ahí, en la banca de madera junto al jardín.
Esa mujer era la madre de Arturo José. Hace más de 40 años que lo había parido, una mañana del 30 de mayo, mientras todo Yungay desaparecía por el terremoto y el aluvión, la selección peruana de fútbol, por primera vez, jugaba en un mundial en Méjico y los militares gobernaban el Perú. No podía permitir que su primer hijo, el amado y preferido, se fuera antes que ella.
María estaba ahí esperando la buena noticia sobre su hijo. Recordaba cuando niño, Arturo José era impredecible, travieso, hiperactivo, siempre buscaba algo que leer, dibujar o convertir un trozo de papel en ingeniosas figurillas de pájaros, aviones, florecitas o cubos mágicos.
Por la tarde, una camilla se desplazaba lentamente por el largo corredor del hospital. Ella iba detrás, arrastrando sus pasos, pero siempre con su rosario. Ingresaba a la sala de hospitalización. Esperó que lo dejaran solo y entró. Lo miró fijamente a los ojos. “Estas vivo, hijo”. Le dio un beso en la frente, acariciaba su rostro, alisaba el cabello ensortijado. “Hijo, ves que no hay nadie, pero yo estoy aquí para acompañarte. Todos pueden abandonarte, pueden dejarte, pueden olvidarte, pero yo siempre voy a estar tu lado mientras viva.” María vivió unos años más. Arturo José se recuperó totalmente de la operación.



