La defensa europea se encuentra en un punto de inflexión, marcado por la creciente presión de Estados Unidos para que los países del Viejo Continente asuman una mayor carga financiera en el seno de la OTAN. Este debate, que ha cobrado fuerza en los últimos años, pone de manifiesto las tensiones existentes en la relación transatlántica y plantea interrogantes sobre el futuro de la seguridad en Europa. La situación actual contrasta con el contexto de la Guerra Fría, donde la presencia militar estadounidense era vista como un garante de la estabilidad frente a la amenaza soviética.
Según la investigación publicada por El Comercio, la presión ejercida por Estados Unidos, personificada en la figura de Donald Trump, ha obligado a Europa a replantear su estrategia de inversión en defensa.
Históricamente, el modelo de Estado de Bienestar europeo se ha beneficiado de una relativa “despreocupación” por los gastos militares, gracias en gran medida al paraguas protector de la OTAN y al compromiso financiero de Estados Unidos. Esta situación, sin embargo, ha sido cuestionada repetidamente por Washington, que considera que Europa ha disfrutado de una “ventaja injusta” al poder destinar recursos a políticas sociales en detrimento de la inversión en defensa. Países como España, Alemania o Bélgica, han estado por debajo del objetivo del 2% del PIB establecido por la OTAN para gasto militar, generando críticas desde la otra orilla del Atlántico. La invasión de Ucrania por parte de Rusia en 2022 ha actuado como catalizador, acelerando el aumento de la inversión en defensa en varios países europeos.
El origen de esta peculiar relación se remonta a la posguerra, con la implementación del Plan Marshall y la creación de un nuevo orden económico mundial liderado por las ideas de John Maynard Keynes. Este nuevo paradigma buscaba evitar los errores del Tratado de Versalles, que tras la Primera Guerra Mundial impuso duras condiciones a Alemania, generando inestabilidad económica y social que allanó el camino al fascismo y a la Segunda Guerra Mundial. Keynes, consciente de la importancia de la estabilidad económica para la paz, propuso un modelo de intervención estatal en la economía, con políticas de pleno empleo y un sistema multilateral de comercio, sentando las bases del Estado de Bienestar en Europa.
El papel de Estados Unidos en la defensa europea se formalizó con la creación de la OTAN, un pacto militar que permitía a Washington justificar ante su electorado el desembolso de fondos en la defensa de Europa, argumentando la necesidad de contener la expansión del comunismo. Este “intercambio”, sin embargo, ha sido objeto de críticas crecientes en Estados Unidos, especialmente durante la administración Trump, que cuestionó la utilidad de la OTAN y la conveniencia de seguir financiando la defensa de países que, a su juicio, ya no eran pobres.
La presión estadounidense ha surtido efecto, y varios países europeos han comenzado a aumentar su gasto en defensa, impulsados también por el resurgimiento de la amenaza rusa. España, por ejemplo, se ha comprometido a alcanzar el objetivo del 2% del PIB en gasto militar para 2029. Este incremento en la inversión en defensa, sin embargo, plantea desafíos importantes para los gobiernos europeos, que deben equilibrar las necesidades de seguridad con las demandas sociales y las restricciones presupuestarias. La invasión rusa de Ucrania ha provocado un aumento significativo en el gasto militar en toda Europa, superando los 345.000 millones de euros en 2023.
A pesar de estos avances, persisten dudas sobre el compromiso de Estados Unidos con la defensa europea, especialmente ante el auge del aislacionismo y la creciente atención hacia la región de Asia-Pacífico. La posibilidad de que la OTAN se convierta en una organización ineficaz, similar a la ONU en su capacidad para prevenir conflictos, es un temor que planea sobre Europa. Sin embargo, la agresión rusa y la necesidad de mantener la estabilidad en el continente parecen garantizar, al menos por ahora, la continuidad de la alianza transatlántica. El gasto militar mundial alcanzó un récord de 2,2 billones de dólares en 2023, impulsado en gran medida por la guerra en Ucrania.
En definitiva, el futuro de la defensa europea pasa por una mayor asunción de responsabilidades por parte de los propios países europeos, sin renunciar a la colaboración con Estados Unidos en el marco de la OTAN. Este nuevo equilibrio, basado en el pragmatismo y la adaptación a las nuevas realidades geopolíticas, es esencial para garantizar la seguridad y la estabilidad en el continente. La producción de armas en Europa está aumentando para satisfacer la creciente demanda, pero aún enfrenta desafíos en términos de capacidad y eficiencia.




