Emilia

Por: Clider Luis Marchand Laurencio
Pido disculpas al lector debido a que hoy seré extremadamente autorreferencial.
La mañana del 17 de abril del 2016 una voz, quebrada por el dolor, me habló a través del teléfono y me dijo que nuestra madre había muerto; entonces mi memoria a largo plazo se activó y fue registrando cada segundo de ese momento surrealista que taladraba mis emociones. Me sentí el hombre más triste del planeta, era tal la melancolía que llegué a pensar que mi tristeza se haría corpórea frente a mí; pesadas lágrimas se asomaron por las comisuras de mis ojos y se estrellaban contra el piso de madera de mi habitación; mis pies, más torpes todavía, alcanzaron la sala para buscar un lugar donde sentarme e intentar procesar aquella devastación y alcanzar un poco de calma; no pude, a pesar de los dos brazos familiares que rodeaban mi cuello.
La descripción de mi dolor no es para causar conmoción en el estado de ánimo del lector, más bien es intentar la catarsis de la que hablaban los griegos y hasta tal vez la resiliencia (la psicología describe a la resiliencia como la capacidad de las personas de sobreponerse a periodos de dolor emocional y situaciones adversas)
Mi madre nació en Rimaycancha un lugar apacible a la orilla de un río de aguas diáfanas que se precipitan por un lecho de piedras pulidas muy cerca de donde nace el imponente río Mantaro, pasó su infancia y niñez rodeaba de ese bucólico paisaje que ofrece la serranía peruana; ya adolescente vino a Cerro de Pasco y años más tarde conocería a mi padre.
Estos últimos años se había alejado de Cerro de Pasco, de su frío inclemente y su aire pedregoso, e hizo de Ambo su hogar, un hogar que con su presencia convertía en el hogar de todos, familia, amigos y algún que otro peregrino; estoy seguro que muchas veces alojó ángeles (era una fiel creyente del Carpintero de Galilea), porque Dios sabía que sus ángeles podían llegar donde ella estaba.
Con ella aprendí que la vida en familia es nuestra primera escuela para el aprendizaje emocional; en familia aprendemos cómo sentirnos con respecto a nosotros mismos y cómo los demás reaccionarán a nuestros sentimientos. Con los años su cuerpo se fue haciendo más débil pero su aparente vulnerabilidad era engañosa ya que sus palabras seguían siendo esperanzadoras y su voluntad fuerte como el roble. Creo que de su ejemplo es que puedo tener voluntad ahora. Su sola presencia podía unir a nuestra familia como un cordón de triple doblez.
Baby Yar es uno de los monumentos más conmovedores de la Segunda Guerra Mundial, está ubicado en Ucrania. El monumento es un recordativo de las cien mil personas asesinadas por Hitler. En la cúspide del monumento se ve la figura de una madre, las manos de la mujer están cruelmente atadas a su espalda, su cuerpo está inclinado sobre un bebé acurrucado en su falda. Al mirar con detenimiento, se la ve luchando por inclinar su pecho desnudo para alimentar a su bebé en los momentos finales de su vida. Este monumento me recuerda el sacrificio que hacen las madres por sus hijos al igual que lo hizo mi madre para con nosotros.
Emilia, madre, es mayo y te recordamos más que nunca, extrañamos tu poco conocimiento teórico pero tu enorme sabiduría, sabiduría que hizo de nosotros buenas personas, hiciste un excelente trabajo. Te gustaban las plantas y disfrutabas mucho de los cantos, recordaremos tu disciplina, tu fortaleza, tus deseos de ayudar a los demás, tu amor por los tuyos pero sobre todo tu gran amor a nuestro Buen Dios. Seguiremos tu ejemplo.