EL TIEMPO DEL LECTOR

 Por Arlindo Luciano Guillermo

Todos leen, saben leer, pero pocos son lectores. La lectura es liberación, catarsis, consenso, rebeldía, refugio, instrucción, deleite, libertad, salvación, herejía, clandestinidad, oasis, destino, solidaridad, decisión, insumo para la inteligencia. El libro es la piedra para ahuyentar los ladridos de los perros y disipar las dudas existenciales. En la primaria, entendí que el libro tenía más utilidad que un juguete de Navidad; la lectura daba satisfacción, concentración, imaginación, aprendizaje, sabiduría, cultura. Hice de los libros mis compañeros inseparables, noviazgos fieles, hazañas felices. Hice de la lectura un ritual diario. En la secundaria, leí Paco Yunque de Vallejo. En el sexto grado, un compañero mío me dio un puntapié en el trasero –“Fuera, mierda”, me dijo-, me rompió dos cuadernos, echó al tacho mis lapiceros, rayó con plumón azul mi camisa blanca, me dio varios cocachos y me obligaba a invitarle mi refrigerio. Llegué indignado a la casa, no conté a nadie. Cogí mi libro escolar y leí sin parar. La lectura me hacía olvidar momentáneamente el maltrato, pero, a la vez, me envalentonaba para regresar alcolegio y enfrentar la realidad. Ya casi al culminar la secundaria, llegó a mis manos un par de cuentos de Los inocentes de Oswaldo Reinoso y comprendí que también se podía ser palomilla. Decidí ser un estudiante destacado, sin dejar la adolescencia pícara. En la universidad, tuve amigos y docentes escritores. Leer a Vallejo, Neruda, Vargas Llosa o García Márquez era ser un profesional efectivo e intelectual. Hablar implicaba ser elocuente, usar el lenguaje literario o metafórico sin ser poeta ni narrador.  

Mi oficio no rentado es ser lector. Apasionado, disciplinado, obstinado, compulsivo, activo e independiente podrían ser los adjetivos de mi dedicación a la lectura. No hay hábito de lectura sin disciplina ni inversión de tiempo. Un ciudadano que lee le da operatividad a su cerebro, movilización de cientos de palabras y significados, creación de figuras en la imaginación y acumulación de información para resolver problemas. El lector y el libro conforman una dupla extraordinaria de lealtad y entrega. Un libro persuasivo atrapa al lector. Entre ellos surge una sociedad íntima de reciprocidad: el libro da satisfacción; el lector, tiempo y apego. Los libros cuestan. Ser culto, ilustrado, académico competente o intelectual tiene un costo económico. Las discrepancias se esclarecen con la razón y el argumento. La lectura afina la razón, fortalece el argumento. El lector habitual, agudo y persistente ingresa al texto escrito para descubrir, lograr hallazgos y enfrentarse a las palabras. Hay versos tan simples como “El hermano ausente en la cena de Pascua” de Valdelomar, tan simbólico, conciso y hermético como “La niña de la lámpara azul” o tan impenetrables como algunos poemas de Trilce. Un editorial, una crónica, un reportaje o una columna periodística de Vargas Llosa, Leila Guerreiro o Mirko Lauer no demanda más que 10 minutos con ritmo mesurado. Un cuento de Borges no es tan sencillo de leer, pero “Sur”, “Emma Zunz” o “Elhombre de la esquina rosada” son tan amigables para el lector promedio.  

En el capítulo I de la célebre novela de Miguel de Cervantes, el hidalgo Quijote de La Mancha “se daba a leer libros de caballerías con tanta afición y gusto que olvidó casi por completo el ejercicio de la caza y aun la administración de su hacienda”. La lectura puede abstraer al lector de la realidad. El Quijote y su interés por la lectura es ficción literaria. El obsesivo manchego “vendió muchas fanegas de tierra de labor para comprar libros de caballerías que leer, y así, llevó a su casa todos los que pudo encontrar”. Un lector compra libros, aunque deje otras necesidades y prioridades. Por el exceso de leer, “perdía el pobre caballero el juicio, y se desvelaba. (…) se enfrascó tanto en su lectura, que leyendo se le pasaban las noches en blanco y los días en sombra; y así, del poco dormir y del mucho leer, se le secó el cerebro de tal manera, que acabó perdiendo el juicio. Se le llenó la fantasía de todo aquello que leía en los libros, lo mismo de encantamientos que de pendencias, batallas, desafíos, heridas, requiebros, amores, tormentas y disparates imposibles; y se le asentó de tal modo en la imaginación que era verdad todo aquel enredo de soñadas invenciones que leía, que para él no había en el mundo otra historia más verdadera”. Un día salió de la casa convertido en un ridículo y obsoleto caballero medieval. ¿Produce locura la lectura? ¿Es una adicción nociva? La lectura no es dañina para la salud física ni mental. Los libros tienen poderosa influencia en el lector. Pueden ejercer imitación o enajenación, magisterio o fanatismo. Un libro es un compañero leal, más que aquel con quien compartimos intimidades y tertulias. Un libro sin un lector es un cadáver; una biblioteca sin lectores, un cementerio. Leer libros es una travesía por los mares de Simbad, el retorno de Odiseo desde Troya a Ítaca, la huida de Jean Valjean con Marius por las alcantarillas de París. Yo mil veces preferiría ser lector lejos del estruendo, el tedio y la frivolidad. Mi vida personal y profesional está impregnada de libros, lectura, historia y ficciones. Yo leo por convicción, necesidady oficio. La lectura es la lámpara de Aladino, un hechizo, una manera de vivir feliz.    Tengo una relación de lealtad, respeto, protección y gratitud con el libro. Ser lector es una decisión trascendental en la vida personal y profesional. Hoy nadie se sustrae de las RR. SS, donde se leen textos escritos cuestionables. Es urgente educar ciudadanos lectores, cuyo perfil se concentre en la autonomía de decisiones, oratoria para los argumentos y desenmascarar falacias, ejercicio del pensamiento crítico y la práctica de la tolerancia. El lector no es extraterrestre, dios ni dueño de la verdad. No hay mejor placer que comprar el libro preferido, leerlo con interés y afecto. En las cuevas prehistóricas, la gente contaba oralmente historias. En la Edad Media, un grupo de monjes, en los monasterios, hacían copias de libros clásicos. La imprenta, en el siglo XV, creó uno de los artefactos más extraordinarios para la humanidad: el libro; aparecieron los lectores. Con la presencia inobjetable de la IA, seguimos leyendo, siguen editándose libros. Si alguien ha decretado el deceso o desaparición del libro se equivocó. El libro y los lectores están vigentes. Mis padres no fueron lectores. Tuve “amistades interesadas” con aquellos que tenían biblioteca. Cuando conocí a Roel Tarazona, me regaló cuatro libros: Siete ensayos de interpretación de la realidad peruana, El príncipe, El hombre mediocre y El extranjero. Se sumaron a mi escuálida colección de libros. “El Charango tiene más libros. Ya lo vas a conocer”, dijo. El lector ciudadano es la memoria de la sociedad; los libros constituyen el perfecto antídoto contra la amnesia individual e histórica. Sin la Biblia, el Bhagavad Gita o el Corán, no existirían las grandes religiones del planeta. Qué sería de mi vida sin los libros: una perpetua rutina, un impulso instintivo de sobrevivencia, una actitud indiferente frente a las circunstancias. La lectura y los libros están revestidos de sabiduría y testimonio de un tiempo. Ni el más feroz totalitarismo -el nazismo o el estalinismo, por ejemplo- ni la más neandertal barbarie han desaparecido los libros. Se podrá encarcelar al ciudadano, pero jamás al lector.