La represión contra la comunidad L.G.B.T.Q. en Rusia ha escalado drásticamente, marcando un sombrío capítulo en la historia de los derechos humanos en el país. Este aumento de la hostilidad se produce en un contexto de creciente aislamiento internacional y un discurso nacionalista que busca reafirmar los valores tradicionales rusos frente a lo que el Kremlin percibe como influencias occidentales perniciosas. Las redadas policiales en locales nocturnos gay y las investigaciones selectivas contra individuos sospechosos de pertenecer a esta comunidad son solo la punta del iceberg de una campaña sistemática de intimidación y persecución.
Según la investigación publicada por The New York Times, el gobierno ruso ha intensificado su ofensiva contra los derechos de las personas L.G.B.T.Q., especialmente a partir del inicio del conflicto en Ucrania, utilizando la retórica de la defensa de los “valores tradicionales” como justificación.
El caso de Andrei Kotov, propietario de una agencia de viajes, ilustra la brutalidad de esta represión. Su empresa, que ofrecía paquetes turísticos dirigidos exclusivamente a hombres, atrajo la atención de las autoridades encargadas de hacer cumplir las nuevas leyes que restringen los derechos de la comunidad gay. Una noche de diciembre, su apartamento fue allanado por un grupo de agentes que lo ataron y agredieron, según su propio testimonio ante el tribunal.
Kotov denunció haber sido sometido a presiones y violencia física para que “confesara” que su agencia se dirigía al público gay, acusación que él negó. Los agentes, durante la agresión, le habrían advertido que “no habría más viajes para gays”. Este incidente revela el nivel de ensañamiento y la clara motivación homófoba detrás de estas acciones.
Semanas después de su detención, Andrei Kotov, de 48 años, fue encontrado muerto en su celda. Las autoridades penitenciarias informaron a su madre que se había quitado la vida con una cuchilla de afeitar, según declaró su abogada, Leysan Mannapova. Sin embargo, las circunstancias de su muerte no pudieron ser verificadas de manera independiente, y los funcionarios rusos no respondieron a las solicitudes de comentarios sobre el caso. La falta de transparencia y la negativa a investigar adecuadamente generan serias dudas sobre la versión oficial.
La muerte de Kotov se inscribe en un contexto de creciente intolerancia y hostilidad hacia la comunidad L.G.B.T.Q. en Rusia. La ley de 2013 que prohíbe la “propaganda gay” dirigida a menores, y sus posteriores endurecimientos, han creado un clima de miedo y discriminación. Además, en 2020, se enmendó la Constitución rusa para definir el matrimonio como la unión entre un hombre y una mujer, consolidando una postura conservadora en materia de derechos sexuales y de género. Estos hechos, sumados a la retórica belicista y nacionalista del gobierno, han creado un caldo de cultivo para la persecución y la violencia contra las personas L.G.B.T.Q.




