La tragedia azota Birmania central tras un devastador terremoto. Las cifras oficiales, proporcionadas este sábado por los líderes militares del país, superan ya los 1,600 fallecidos, mientras los equipos de rescate se enfrentan a una carrera contrarreloj en la búsqueda de supervivientes. Este desastre natural agrava la ya precaria situación humanitaria de una nación inmersa en una cruenta guerra civil.
Según la investigación publicada por The New York Times, el potente seísmo, que sacudió la región cercana a Mandalay, la segunda ciudad más grande de Birmania, el pasado viernes, ha provocado escenas de devastación. Los voluntarios de emergencia peinan incansablemente los restos de edificios residenciales, monasterios y mezquitas, tratando de encontrar a personas con vida entre los escombros.
La tarea de rescate se complica por la infraestructura dañada, con cables eléctricos caídos y carreteras intransitables. A pesar de las dificultades, los equipos continúan trabajando bajo la atenta mirada de las autoridades militares, cuyo régimen ha sido objeto de críticas internacionales por su carácter represivo.
Un voluntario identificado como Thaw Zin, presente en la zona de un condominio destruido, expresó la angustia y la determinación de los rescatistas: “Creemos que al menos un centenar de personas siguen atrapadas. Estamos haciendo todo lo posible con los recursos disponibles”. Esta declaración refleja la desesperada situación que se vive en el terreno, donde la falta de equipamiento adecuado dificulta enormemente las labores de búsqueda.
La junta militar birmana, que tomó el poder en 2021 tras derrocar a un gobierno electo, ha implementado medidas restrictivas sobre la información que sale del país. Esto genera preocupación sobre la transparencia en la gestión de la crisis y la veracidad de las cifras oficiales. Sin embargo, las estimaciones preliminares del Servicio Geológico de Estados Unidos (USGS) sugieren que el número de víctimas podría superar las 10,000.
Este terremoto plantea serias dudas sobre la capacidad del gobierno militar para mantenerse en el poder. La crisis se suma a la ya existente guerra civil, que ha debilitado aún más la estabilidad del país. Según datos de la ONU, cerca de 20 millones de personas, de una población total de aproximadamente 54 millones, ya carecían de alimentos y refugio adecuados antes del terremoto. La ayuda humanitaria internacional se vuelve ahora más crucial que nunca para hacer frente a esta catástrofe.
El reciente desastre sísmico en Myanmar se suma a una serie de retos que enfrenta el país, incluyendo un desplazamiento interno significativo (estimado en más de un millón de personas por ACNUR) y una inflación galopante que dificulta el acceso a bienes básicos para la población.



