Europa endurece el discurso sobre gasto militar pero la unidad se resquebraja.

La defensa europea se encuentra en un momento crucial. Tras intensas presiones desde Washington, los líderes europeos han verbalizado un mayor compromiso con su propia seguridad y con el apoyo a Ucrania. Este nuevo énfasis se traduce en discursos firmes sobre la protección de fronteras y el respaldo al país en conflicto, incluso frente a una posible administración Trump que se percibe como exigente, incluso hostil. Este cambio coincide con un creciente debate interno sobre la necesidad de fortalecer la autonomía estratégica de la Unión Europea, una discusión impulsada por la guerra en Ucrania y las crecientes tensiones geopolíticas globales, incluyendo el aumento del gasto militar de China y la incertidumbre sobre el futuro del compromiso estadounidense con la OTAN.

Según la investigación publicada por The New York Times, existe una brecha significativa entre las palabras y los hechos. La unidad europea, especialmente en lo referente a la financiación de la defensa, se está resquebrajando debido a las limitaciones presupuestarias y al contexto de bajo crecimiento económico y alta deuda pública.

La resistencia a mutualizar la deuda para financiar la defensa es palpable, especialmente entre países como los Países Bajos, que tradicionalmente han mantenido una postura fiscal conservadora. Asimismo, mantener a Hungría alineada con la política común europea se presenta como un desafío cada vez mayor, dada su postura ambivalente respecto a la guerra en Ucrania y sus estrechos lazos con Rusia. La dependencia energética de algunos países europeos de Rusia, aunque disminuyendo, sigue siendo un factor que complica la toma de decisiones unánimes en política exterior y de defensa.

La presentación de un plan por parte de la Presidenta de la Comisión Europea, Ursula von der Leyen, para destinar miles de millones de euros al sector militar bajo el nombre de “ReArm Europe”, generó controversia. Países como Italia y España consideraron la propuesta demasiado agresiva en su concepción inicial. Esta reacción refleja una diversidad de perspectivas sobre cómo abordar la seguridad europea, desde quienes abogan por un rearme ambicioso hasta quienes priorizan la diplomacia y la cooperación con otros actores internacionales. La necesidad de consensuar una visión común sobre la política de defensa se evidencia como un reto fundamental.

Como consecuencia, el plan fue rebautizado como “Readiness 2030”. Este cambio de nombre sugiere un reconocimiento de la necesidad de un enfoque más gradual y consensuado, pero también implica que la implementación de medidas concretas podría extenderse en el tiempo. El horizonte temporal de 2030, posterior a las próximas elecciones presidenciales en Estados Unidos, evidencia una comprensión realista de que la consolidación de una mayor autonomía europea en materia de defensa es un proceso complejo que requiere tiempo, inversiones considerables, habilidad política y, crucialmente, la cooperación con Estados Unidos.

En conclusión, la iniciativa “Readiness 2030” representa un reconocimiento tácito de las dificultades inherentes a la construcción de una defensa europea autónoma. La necesidad de equilibrar las demandas de Washington con las prioridades nacionales, las divergencias en materia fiscal y las diferentes visiones sobre la seguridad europea son obstáculos significativos. El éxito de esta iniciativa dependerá de la capacidad de los líderes europeos para superar estas divisiones y construir un consenso sólido en torno a una estrategia de defensa común y sostenible.