Por: Clider Luis Marchand Laureano
“¿Quién es el ignorante que mantiene que la poesía no es indispensable a los pueblos?”. Esta cruda y certera sentencia en boca del gran José Martí (La luz de José Martí, La República, domingo 7 de febrero de 1999, p. 34) describe la potencialidad y necesidad de la poesía –de la poesía y de los libros– y es que en medio de una sociedad con individuos cada vez más solitarios que reciben afecto solo de la luz brillante de sus monitores, se hace casi oxigenable la poesía y los libros, porque nunca en la historia de la humanidad como ahora el ser humano, a pesar del aplastamiento de la tecnología, se había sentido más solo.
El ser humano experimenta dos tipos de soledades: la soledad activa en la que la persona elige estar sola para experimentar una plenitud en su creación interior; los poetas, pintores y creativos saben de esto. Una segunda clase de soledad es la pasiva en la que la persona no elige estar sola sino que la dejan sola, esta es la soledad negativa, perjudicial, que te carcome como una gangrena emocional, ésta si no es tratada te conduce inevitablemente a una neurosis depresiva: los Arguedas, Caicedo, Hemingway y los Cobain, saben de esto. Porque uno puede estar rodeado de mucha gente y sentirse el ser más solitario o puede estar solo y estar más acompañado que muchos y eso nos lleva a la conclusión que estamos perdiendo nuestra capacidad de introspección y que nos llevará inexorablemente a algo parecido a la alexitimia. (La alexitimia se entiende como la incapacidad de expresar emociones). El mismo viejito cascarrabias de Marco Aurelio Denegri dice tan acertadamente: “Nunca ha habido tantos estímulos, tantos medios para combatir el aburrimiento como los hay ahora; pero igualmente nunca ha habido en la humanidad tanta pobreza de vida interior, nunca ha sido tan escasa la capacidad de ensimismarse, esto es, sumirse o recogerse en la propia intimidad desatendiéndose del mundo exterior” (ESMÓRGASBORD p. 29).
Aunque el mundo cada vez se vea como una película de ciencia ficción –digo en cuanto a la tecnología, porque en cuestión humana se parece más al cenozoico (gracias señor Darwin por darnos nuestra licencia animalesca)– los libros siempre serán, porque pocos, no muchos lamentablemente, aún escribirán y otros pocos, no muchos lamentablemente, preferirán tener en sus manos un libro para leerlo y no hacerlo de una insípida pantalla de un ordenador. Y los libros están literalmente relacionados con la vida porque en la antigua Roma, por ejemplo, si un adinerado quería comprar un libro iba al local y lo encargaba y tenía que volver después de algunos días, lapso en el cual los copistas escribían el pedido sobre la piel seca de terneros.
Finalmente, disculpen nuestro romanticismo pero nunca dejaremos de disfrutar de un buen libro y cada vez que podamos tomaremos uno en nuestras manos la acercaremos a nuestra nariz y pasaremos sus páginas solo por el placer de sentir el olor de sus hojas, a veces frescas, a veces otoñales, otras agostadas pero siempre fragantes porque los libros, y para decepción de los tecnólogos, nunca pasarán de moda.



