Por: Jacobo Ramirez Mayz
Esa noche, Simón entró en el lecho de Manuela Sáenz, se sentó en el borde de la cama, se quitó las botas con las que había recorrido muchos lugares del Perú, levantó la frazada y se acurrucó junto a ella. Ahí no tenía ni un gramo de dureza; era un humilde corderito en el matadero. Terminada la faena, agarró la almohada, puso sus manos sobre la nuca, miró el techo y esperó que Manuela le hiciera la misma pregunta que, desde hacía años, le venía haciendo:
—¿Dónde dejaste la pistola y la espada que te regalé?
Él estaba dispuesto a responderle, pues al día siguiente debía partir con destino a Colombia. Esperó la pregunta con los oídos bien afinados; sin embargo, Manuela, quizás presagiando que era la última noche que pasaban juntos, no quiso interrogarle. Entonces, el Libertador cerró los ojos y recordó la casa solitaria de Huácar, la cama donde había pasado algunas noches con hermosas mujeres. Manuela acarició sus cabellos y cubrió su cuerpo con una frazada, con la misma delicadeza con que una madre arropa a su recién nacido. Él siguió recordando el día en que la había visto por las calles de Huácar. La vio saliendo de la iglesia que tenía cinco balcones y a la que había ido a escuchar misa. Tenía la piel blanca como las nubes de verano, sus trenzas colgaban sobre sus hombros y su faldellín dejaba entrever parte de sus piernas. El Libertador suspiró profundamente. Aquella señorita que veía no tenía la rudeza ni el carácter de Manuela; era lo más sublime que sus ojos contemplaban. Llamó al soldado Benavides, quien era, por decirlo así, el que comprendía y conocía las grandes batallas que libraba el Libertador en el ring de las cuatro perillas.
—Creo que me han embrujado —le dijo con esa voz que suelen emplear los hombres cuando se enamoran.
Entendiendo el deseo de su jefe, Benavides se ofreció a averiguar de dónde procedía la dama. Al día siguiente, ambos partieron montados en hermosos caballos hacia Angasmarca. Cada curva que tomaban hacía que el corazón del Libertador latiera con más fuerza, como si se encontrara en un campo de batalla. Pensó que, si Manuela se enteraba de aquella aventura, sería el fin de él y de la independencia. Pero su experiencia le indicaba que no solo era capaz de conquistar pueblos, sino también corazones. Minutos después, encontró en María —que así se llamaba la bella angasmarquina— el mejor campo de batalla, donde luchó cuerpo a cuerpo. Terminado el pleito, se acurrucó junto a ella y le susurró al oído:
—Creo que me has embrujado.
Ella se sonrojó. Sintió amor por ese hombre a quien conocía por primera vez y presintió que no duraría para siempre. Para evitar que eso sucediera, le dijo:
—Llévame contigo y lucharé a tu lado.
Eran casi las mismas palabras que, en algún momento, Manuela Sáenz le había dicho. Para no quedarse en silencio, él respondió:
—Siempre estarás en mi corazón y te prometo que regresaré por ti.
Entonces, ella, desconfiando de la promesa y entendiendo que, en lo que respecta al amor, el Libertador no tenía palabra de hombre, replicó:
—Si no puedo ir contigo, déjame algo con lo que pueda recordarte toda la vida.
Bolívar desenfundó su pistola y, dándole un beso en los labios, se la entregó. En ese momento, juntaron sus labios y lidiaron, una vez más, bajo las frazadas. Se oyó un toc, toc en la puerta de madera, y la voz de Benavides le alertó que ya estaba amaneciendo y que, si no se apresuraba, no llegarían temprano adonde el ejército estaba listo para partir. Bolívar se vistió como pudo, dio un último beso en los labios de María —quien dormía abrazada a la pistola— y salió a toda prisa hacia Huácar. Al cruzar el puente, se percató de que había olvidado su espada junto a la cama de María, pero no quiso regresar a buscarla. Esa mañana partió con destino a Ayacucho y, nuevamente, le repitió a Benavides que esa mujer lo había hechizado. Se dio la vuelta en la cama donde Manuela Sáenz lo observaba, abrió los ojos y decidió no contarle nunca dónde había dejado su pistola y su espada. Agarró las manos de Manuela, atrajo su cabeza hacia la suya, la besó pensando que era a María a quien besaba y se durmió con una sonrisa en los labios.
Las Pampas, 27 de febrero de 2025




