LA VIDA TE DA SORPRESAS
Por: Jacobo Ramírez Maiz
La calle está alborotada con personas de todas las edades. Se escucha el sonido de las bocinas de los autos, el monóxido que sale por los tubos de escape y las mentadas de madre entre un chofer y un transeúnte. Es el pan de cada día por estos lares. Pero hoy, la esquina tiene un detalle más: un par de ambulantes que están haciendo su agosto en febrero.
—¡Compre, caserita, sus calzoncitos para este 14 de febrero! —gritaba un individuo que, por su manera de hablar y los tatuajes mal hechos que cubrían sus brazos, daba la impresión de haber estado en la chirola algún tiempo—. ¡Compre, compre, caserita! ¡Con uno de estos, su noche de placer será como estar eternamente en el infierno, donde todos los placeres están permitidos!
Disminuí mis pasos para observar mejor la escena. Hombres y mujeres se aglomeraban, escogiendo prendas entre los cientos que estaban arrojadas sobre un plástico azul.
—¡Compre, compre, caserita, mire de lo que es capaz uno de estos! —dijo el vendedor, mientras una mujer gordita, que debía ser su acompañante, llevaba puesto un hilo dental sobre su licra, convirtiéndose en una especie de maniquí viviente—. ¡Compre, compre, caserita!
El vendedor continuaba su discurso:
—¡Estos calzones están elaborados a prueba de balas! ¡Ni el cañón de artillería más poderoso de Rusia o Estados Unidos los puede romper!
Para demostrarlo, jaló el hilo dental que llevaba su modelo. Con cada tirón, los glúteos de la mujer se desplazaban de un lado a otro, como testículos de un hombre sin calzoncillos.
Una señorita con el cabello teñido y facciones extranjeras —lo que mi madre llamaría una jacha gringa— tomó una prenda, la miró, pagó y se la llevó envuelta en una bolsa. La braga elegida era transparente, y me pregunté para qué la compraba así si ya no dejaba nada a la imaginación, teniendo en cuenta que en el ring de las cuatro perrillas lo que más manda es la imaginación, el deseo, la fantasía.
—¡Compre, compre, caserita, tres por diez y le servirán para tres momentos inolvidables! ¡Compre, compre, caserita, son de primera mano, nunca han sido usados! —repetía el vendedor, mientras su modelo daba pasos de un lado a otro y el hilo dental prácticamente había desaparecido entre sus carnes.
En ese momento, una pareja de ancianos se acercó al tumulto. Ella, maquillada con discreción, iba agarrada de la mano de un señor encanecido, de bigotes peculiares y con una gorrita de estilo cubano. Mi demonio interior me dijo: He ahí un verdadero héroe que debe de haber soportado más de un centenar de arremetidas, que ha estado recostado en incontables sábanas mojadas y que aún está ahí, dando la talla en el crepúsculo de su vejez.
El vendedor buscó el hilo dental dentro de las carnes de su modelo, lo jaló y exclamó:
—¡Con este calzoncito, este 14 de febrero pueden hacer calzón chino y disfrutar de una nueva experiencia!
El anciano, sonriendo, le dijo a su compañera:
—Mira lo fuerte que es. Te compraré uno para que te lo pongas y, con eso, te cuelgo en el tendedero para que se te seque más… algunas partes.
—¿Y qué tal si yo te compro unos para ponértelos y también colgarte? Así se te seca tu shicra, que friega y friega —contestó la ancianita, provocando risas entre algunos jóvenes y el sonrojo de algunas señoras.
—¡Lleve, mamita! ¡Lleve, caballero! ¡Con estas prendas se acordará de mí hasta en los momentos de placer! —dijo el ambulante, bajando un poco el tono de su voz.
La pareja de ancianos escogió media docena: una con bombachas, dos normales (según mi triste opinión acerca de estas prendas) y tres hilos dentales. El viejo pagó con un billete y, mientras esperaba su vuelto, le susurró a su compañera:
—Con estas prendas te haré recordar tu juventud, tu adultez y tu ancianidad, viejita linda.
—¡Calla, viejo huevo frito! —le respondió ella con picardía, mientras ambos se alejaban, arrastrando sus pasos entre la multitud de gente, carros y vendedores ambulantes.
Las Pampas, 13 de febrero del 2025




