POR: Arlindo Luciano Guillermo
Cuando un escritor es leído en vida con furor, idolatrado por lectores y si después de muerto el culto sigue vigente y vigoroso, entonces ha logrado, con mérito propio, la inmortalidad. Es el caso de Julio Ramón Ribeyro. Nació hace 95 años, solo vivió 65. Dejó escritos novelas, cuentos (100 en total), ensayos (Prosas apátridas es la más original), teatro, etc. Mientras leía la poesía de Charles Bukowski y, simultáneamente, Ciento volando de catorce, los sonetos de Joaquín Sabina, El Comercio publica, el miércoles 4 de diciembre, la columna cultural titulada Julio Ramón Ribeyro: tras 30 años de su muerte nadie lo olvida de Carlos Batalla. Hace 30 años falleció ese cuentista que me hizo que llorar mientras leía “Los gallinazos sin plumas”, indignado por los abusos del abuelo don Santos y la alegría de saber que el cerdo Pascual hacía justicia a los hermanos Efraín y Enrique. Julio Ramón Ribeyro, escritor de mi adolescencia, de mi adultez y, seguramente, de mi vejez, sabía contar historias sencillas, próximas al lector. Mi primer libro de Ribeyro fue la antología de la editorial Peisa. ¿Cómo proscribir de la memoria a Julio Ramón? Es imposible. Sería negar que somos lectores memoriosos y agradecidos. Ribeyro siempre me hizo compañía en la soledad, la introspección, el deseo de luchar por vivir feliz; me hizo saber que no sería fabulador literario. La casucha de “Al pie del acantilado” se parecía a las covachas construidas en la ribera del río Huallaga. Yo hice un reportaje radial en Studio 5 cuando Ribeyro murió el 4 de diciembre de 1994.
Los cuentos de Ribeyro son empáticos con el lector; ejercen una atracción magnética, envuelven con el personaje marginal, fracasado, mediocre, con problemas para vivir cómodamente; no tienen pretensiones técnicas ni presumida erudición. Un cuento como “La casa de Asterión” o “El muerto” de Borges resultan complicados frente a “Al pie acantilado” o “Alienación”. Dice Alonso Cueto: “Sus personajes siguen contándonos sus vidas en voz baja. Es la voz de los inmortales”. Sus relatos están cerca del lector promedio o experto, ambos sienten el mismo impacto estético y sometimiento al poder de persuasivo de la historia literaria, accesibilidad a la intimidad de las creaturas y la ficción. Ribeyro, el flaco, fumador empedernido, prefirió la muerte y la escritura antes que renunciar al cigarrillo. La muerte canceló la vida física de Ribeyro, pero, a través de su legado literario, sigue vigente y memorable. Mientras haya un lector sensible y solidario con el drama ajeno, los cuentos de Ribeyro tendrán un idóneo interlocutor. Clásico del cuento hispanoamericano, como Rulfo o Cortázar, maestro del arte de crear historias cotidianas. Ejerció su vocación literaria con firmeza, consecuencia y abnegación, sin desear hacerse rico con sus libros como Vargas Llosa o Bryce Echenique. Fue coherente con su propio decálogo del cuento. Ribeyro no escribió relatos extensos como “El perseguidor” de Cortázar o “La muerte de Iván Ilich” de Tolstoi. Sus relatos breves son ejemplos de experticia narrativa. Ni Borges pudo escribir cuentos breves de gran concisión. Dice Carlos Batalla: “Narrador clásico, sólido y profundamente sensible, marcó un camino literario propio, alejado de los grandes focos del boom latinoamericano de los años sesenteros; es decir, lejos de las grandes ediciones, los reportajes espectaculares y los premios juveniles que consagraron a otros autores. Ribeyro siguió su idea de una literatura marcada por la autenticidad y la profundidad de la mirada literaria. Así, sus libros resonaron por su capacidad de tocar las fibras más profundas de sus seguidores”. (El Comercio. 4-12-2024)
En “Alienación” –“cuento edificante”-, Roberto López, “hijo de lavandera” y “pilotín de barco”, “quería parecerse cada vez menos a un zaguero de Alianza Lima y cada vez más a un rubio de Filadelfia”. “El profesor suplente” es la revelación de la mediocridad y frustración profesionales. Matías Palomino “no había vuelto a hojear un solo libro de estudios” ni se había graduado de abogado en la universidad, se resigna a vivir como un modesto cobrador. “El jefe” relata, con humor crítico, una noche de borrachera entre el ayudante de contador Eusebio Zapatero (Bito) y el apoderado Felipe Bueno (Pim) de la empresa Ferrolux S.A. “La juventud en la otra ribera” ocurre en París donde el doctor Plácido Huamán (50) y la joven Solange viven una relación amorosa fugaz, experiencias temerarias y desenlace fatal. El escenario “Silvio en el Rosedal” es Tarma. El rosedal polícromo tiene los signos del código Morse que ocultaba la sigla “RES”, que se convierte en obsesión por desentrañar el significado para Silvio Salvatore. “Al pie del acantilado” establece una lógica analogía entre la higuerilla y la gente del pueblo, ambos sobreviven a las más penosas adversidades. Los personajes (Leandro, Pepe, Toribio, Samuel, Delia) enfrenta la vida con heroicidad ante la pobreza, la soledad y la injusticia. La higuerilla (planta silvestre) es símbolo de sobrevivencia, resistencia y esperanza. En “Dirección equivocada”, el cobrador Ramón persigue a un deudor contumaz Fausto López, pero regresa frustrado, sin haber cumplido el encargo. “La insignia” es un cuento enigmático donde un coleccionista ingresa fortuitamente a una congregación misteriosa y no sabe por qué ocupar altos cargos jerárquicos. En “El banquete”, Fernando Pasamano pierde toda su fortuna por pretender favores políticos al presidente de la república: “una embajada en Europa y un ferrocarril”. “El polvo del saber” revela cómo una biblioteca de diez mil volúmenes, que pertenecían al bisabuelo del narrador, ha sido “corroído por el abandono, el tiempo, la incuria, la ingratitud, el desuso”; todo se había reducido a polvo. Esto es solo el 10% de los cuentos escritos por Ribeyro, que los leería mil incansablemente mil veces. La palabra del mudo es uno de los libros que ingresará conmigo al ataúd o al crematorio. La literatura es para mí, sin duda, antídoto ideal contra el aburrimiento.
Ribeyro es un escritor para la memoria histórica. Siempre mi retorno a los cuentos de Ribeyro está lleno de placer, deleite, frescura y experiencias imborrables. La palabra del mudo es lectura necesaria e imprescindible. Escribe Víctor Vich: “… toda la obra de Ribeyro se mueve a contrapunto entre la indignada denuncia de condiciones sociales injustas y la ansiosa búsqueda de respuestas a ciertas indagaciones filosóficas sobre la posibilidad de interpretar correctamente el mundo”. Julio Ramón en Prosas apátridas dice: “La existencia de un gran escritor es un milagro”. Se pregunta Carlos Batalla. ¿Por qué los lectores no lo olvidan? Quizás sencillamente porque Ribeyro supo retratar al hombre común, en sus circunstancias más reales; recreó sus encrucijadas, revivió sus conflictos, volvió nuestro sus pesares y alegrías, y porque él mismo, de alguna forma, quedó retratado en sus personajes. Otra respuesta podría ser que él supo captar lo nuestro y volverlo suyo: pobres o ricos, morales o inmorales, héroes o traidores, todo eso que somos se quedó grabado en su mundo representado”. Ribeyro es un ícono literario de culto.




