LOS LIBELOS DE HILDEBRANDT

Arlindo Luciano Guillermo 
No tiene la mordacidad implacable de Alberto Hidalgo (Diario de mi sentimiento) ni la erudición de Borges (“El arte de la injuria”. En: Historia de la eternidad). Biografías falaces es catarsis política, “desahogo atrabiliario”, “un álbum de figuritas”, donde “los personajes falazmente retratados solo han cambiado de percha y apellido y la política peruana sigue siendo una novela policial interminable”. César Hildebrandt es un periodista de agallas, valiente como guerrero espartano, furibundo con sus argumentos incisivos y demoledores, dueño de un lenguaje pulcro, mordaz y metafórico, culto y enciclopédico. Hildebrandt es un estilo de escritura, una actitud frente ejercicio del periodismo de opinión, una responsabilidad con el entorno social que juzga y analiza con bisturí. Es Voltaire y Cicerón. Lo constatamos cuando leemos Hildebrandt en sus Trece. Él dice lo que otros callan, omiten o comentan a media voz. Hildebrandt es incomodísima piedra en los zapatos del poder político. Hildebrandt no es infalible ni propietario de la verdad; no en todo lo que dice, hace o escribe estamos de acuerdo, pero es posible coincidir. Es apreciado y odiado. Recientemente ha publicado Biografías falaces (Debate, 2024. 154 págs.). Está dividido en dos partes: “La década de Mekago Hentorito” (15; 1990-2000) y “Una democracia en destrucción” (30; 2001-2024); abarca 34 años de historia política. 

El libro no deja títere con cabeza. La falacia es “hábil mentira con apariencia de verdad”, que se cree a falta de agudeza y pensamiento crítico. Son “45 biografía falsas”. Hildebrandt da indicios para identificar al biografiado. El tono hilarante, irreverente, coprolálico, de ataque a la acción pública y personal del personaje, revela un diestro manejo de la sátira política, de la catilinaria mordaz, de críticas feroces. En “Unas cuantas palabras”, escribe: “Inventé estos textos de extramuros para no volverme loco. Ellos me sirvieron de desahogo atrabiliario en aquellos años en los que el Perú parecía amar el pantano y agradecer la mugre. Estos fueron la justicia a mano armada, la única revancha que podíamos darnos quienes sentíamos que habíamos perdido el futuro. Nos hicimos sicarios de buena fe y salimos, caricatura en ristre, al exterminio de quienes nos habían matado el país y se jactaban de ello. Lo hicimos sin ninguna aspiración literaria y sabiendo que lo nuestro sería pelea callejera y que las ferocidades serían la respuesta”.  El plural de los verbos de Hildebrandt representa el sentir y la frustración de multitudes de ciudadanos sobre la política y los gobernantes de turno. En ese tono también escribe, con diferencias lingüísticas e ideológicas, Aldo Mariátegui, nieto de José Carlos Mariátegui. Biografías falaces es una invitación a la carcajada, la indignación, el festejo carnavalesco, la caricatura feroz.

El libro tiene 4 ejes temáticos: personaje político biografiado, actuación pública de ese personaje, sátira despiadada y repleta de adjetivos y conexión de actores políticos. Cada biografía empieza con la reseña hilarante del lugar de nacimiento, vínculos familiares y toponimia que calza con el comportamiento controvertido del biografiado. “AlejoTorrente (Alejandro Toledo), que luego sería conocido como el “Inca Capacitado”, nació en Waco, la ciudad que lo inspiraría siempre. Waco, como se sabe, no está en Texas, sino en Chupachupa, al norte de Dosmás, en la margen derecha del turbulento río Zampado”. Cesitar Pezuña (César Acuña) “es tan ignorante que está convencido de que Mona Lisa y Chita son la misma cosa y de que César Vallejo escribió Los heraldos negros porque era aliancista”. Hildebrandt se enfrentó a la dictadura de Fujimori, huyó del Perú para salvar su vida. Mekago Hentorito es Alberto Fujimori, a quien Hildebrandt ataca políticamente sin piedad; Alan García, Alaneta Ganzúa; Konchinszky, Pedro Pablo Kuczynski; Ollanta Humala, Llanta “Cosito” Mulala; Dina Boluarte, Dina Volarte; Pedro Castillo, Pedro Palacio. De Dina Boluarte dice: “Lo que Montañón (Vladimir Cerrón) ignoraba y Palacio (Pedro Castillo) no podía saber es que Volarte ya había arreglado con la mafia del Congreso la sucesión tersa que alguien hubiera podido imaginar. De modo que, al día siguiente, disfrazada de submarino amarillo y más pérfida que nunca, Volarte elevó el arte de la traición a cimas ozónicas y se convirtió en la primera presidenta del país…”. ¿Cuánta verdad histórica existe en estas “biografías falaces” de César Hildebrandt? Sin duda que mucho, pero la bilis puede exagerar y distorsionar. La caricatura política tiene un referente concreto, los adjetivos reflejan actitudes nobles y abyectas, la ficción literaria no sale del sombrero de un mago.

César Hildebrandt tiene 76 años. Su trabajo periodístico siempre estuvo cerca de la política, la historia y el cuestionamiento a los excesos del poder. Cuando la bilis predomina en la escritura el resultado se desnaturaliza; se convierte en una muestra de intolerancia, los gestos democráticos empequeñecen, el calificativo somete al verbo contestatario. La palabra es una piedra de huelguista; la razón, un neumático que arde en la carretera. Biografías falaces es un libro fallido de César Hildebrandt; no me apena ni decepciona. CH es el más notable periodista político, sin medias tintas, dice lo que otros murmuran y dejan que la comparsa infame transite impune por las calles. Con Biografía falaces, César Hildebrandt libera sus “demonios políticos” y “frustraciones personales”. Leo Matices, editorial de Hildebrandt en sus Trece; he leído cuatro libros suyos: Cambio de palabras, Una piedra en el zapato, En sus trece y Confesiones de un inquisidor. César Hildebrandt es de los escasos ciudadanos políticos y periodistas de opinión que sobreviven en el Perú y el mundo, donde es más fácil acomodarse al poder y recibir sus prebendas; donde la conciencia es mercancía de supermercado. Mantenerse, como Hildebrandt, de pie y con las convicciones íntegras e insobornables, es tarea complicada y de abnegación, premisas para la antipatía y la exclusión del banquete democrático. Hildebrandt tiene sus incondicionales que lo apreciamos y leemos con lápiz y libreta de apuntes para entender y conectar mejor con la historia reciente del Perú. Biografías falaces está por debajo de la estatura de su autor. Hubiéramos esperado un libro exento de bilis, con sensatez y espíritu de tolerancia democrática. Es su libro; eso se respeta. Hildebrandt escribe: “… el país es un botín, la política es el arte del disimulo, el pueblo equivale a los aplausos grabados de algún plato. Son otros dejos y nuevas procacidades, pero el mensaje es el de siempre: estamos condenados a la fragmentación y al deterioro. Quisimos ser república, pero nos quedamos en el zaguán”. Si César Hildebrandt hubiera sido un dominico intolerante en la Edad Media, no habría escatimado esfuerzo para enviar a la hoguera a 45 “personajillos públicos” por haber actuado indecentemente en la política y depredado vilmente el Estado. La lectura de Biografía falaces ha incrementado mi léxico personal: logorrea, mamba, horchata, tatami, apoquinar, lepidóptero, lixiviar, majagua, “Demóstenes de las letrinas”, “monumentos vivientes de bosta pura”.